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¿Cómo estás tú, mamá?

La sobrecarga en la crianza atraviesa distintos niveles de ingreso. Tener recursos facilita soluciones, pero no garantiza apoyo emocional ni una distribución justa del cuidado. Hemos celebrado demasiado a la madre que “puede con todo”, sin preguntarnos a cuánto le cuesta o a qué costo.

Una madre puede estar rodeada de gente y criar profundamente sola. Ser quien recuerda las vacunas, recibe el llamado del colegio, organiza los horarios y contiene el llanto al final del día. Pero ¿quién la contiene a ella?

La sobrecarga en la crianza atraviesa distintos niveles de ingreso. Tener recursos facilita soluciones, pero no garantiza apoyo emocional ni una distribución justa del cuidado. Hemos celebrado demasiado a la madre que “puede con todo”, sin preguntarnos a cuánto le cuesta o a qué costo.

Cuando se cría en pobreza, esa sobrecarga tiene consecuencias especialmente duras. Pensemos en una madre que vuelve de trabajar después de dos horas de traslado, debe preparar comida, lavar ropa y resolver cómo llegará a fin de mes. O en quien rechaza un empleo porque no tiene con quién dejar a sus hijos. En un hogar monoparental sin redes, una enfermedad puede poner en riesgo los ingresos de toda la familia.

¿Con cuánto tiempo y energía cuenta esa madre para leer un cuento, jugar o acompañar con calma una frustración? El cariño está, pero las condiciones para acompañar el aprendizaje pueden estar profundamente limitadas.

La Agenda de Primera Infancia del Observatorio Niñez de Fundación Colunga muestra que, entre las personas cuidadoras con tensión alta, un 52% no realiza semanalmente actividades recreativas o de estimulación en el hogar, frente a un 33% entre quienes no presentan esa tensión. El dato no establece causalidad, pero nos obliga a mirar las condiciones de quienes cuidan cuando hablamos de oportunidades para los niños.

Durante diez años, en Fundación Familias Primero hemos trabajado con madres, padres y cuidadores por sus hijos, acompañando a más de 15 mil familias. No podemos aspirar a desarrollar al máximo los talentos de los niños sin involucrar a sus padres. Y para que esa participación sea posible, la madre necesita ser vista, acompañada y guiada, con herramientas y vínculos que la sostengan. Pedirle que estimule más a su hijo, sin mirar su realidad, puede convertirse en una exigencia adicional.

La corresponsabilidad debe traducirse en acciones, como por ejemplo, que los padres asuman también el cuidado cotidiano, los empleadores faciliten la conciliación y las instituciones ofrezcan apoyos accesibles. También familias, amigos y vecinos dispuestos a cuidar una tarde o acompañar ante una emergencia. Así se reconstruye el tejido social: con vínculos que nos permiten contar con otros y asumir que el bienestar de una familia también nos concierne.

¿Cómo estás tú, mamá? La pregunta importa, y lo que hagamos después de escuchar la respuesta importa todavía más.

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¿Cómo estás tú, mamá?

La sobrecarga en la crianza atraviesa distintos niveles de ingreso. Tener recursos facilita soluciones, pero no garantiza apoyo emocional ni una distribución justa del cuidado. Hemos celebrado demasiado a la madre que “puede con todo”, sin preguntarnos a cuánto le cuesta o a qué costo.

Anne Traub