Hay una frase que escucho con frecuencia cuando acompaño a mujeres en procesos de transición laboral: “Tengo experiencia, pero no sé cómo mostrarla”. En el actual mercado laboral chileno, esa frase merece especial atención. La tasa de desempleo llegó a 9,6% en el trimestre junio-agosto y la desocupación femenina alcanzó 10,3%, mientras la participación laboral de las mujeres se ubicó en 53%, muy por debajo del 70,3% registrado entre los hombres. En un escenario como este, donde las oportunidades son más competitivas, tener una trayectoria sólida sigue siendo fundamental, pero ya no necesariamente alcanza.
Eso no significa que la experiencia haya perdido valor. Significa que hoy debemos ser capaces de convertirla en una propuesta profesional que el mercado pueda entender con rapidez. Una profesional puede haber liderado equipos, aumentado ingresos, reducido costos, desarrollado nuevos negocios o enfrentado momentos complejos dentro de una organización, pero si esa experiencia aparece únicamente como una lista de funciones en un currículum, buena parte de su valor queda invisible. El desafío está en traducir lo que hemos hecho en resultados, capacidades y problemas que sabemos resolver.
Por eso LinkedIn tiene hoy un papel mucho más relevante que el de una simple vitrina laboral. Un buen perfil debería permitir entender en pocos segundos quién es esa profesional, cuál es su experiencia, qué resultados ha conseguido y hacia dónde quiere avanzar. No debería ser una copia del currículum, sino una narrativa coherente de la trayectoria. Esto es especialmente importante en posiciones ejecutivas, donde muchas oportunidades no necesariamente se publican y donde la visibilidad profesional puede determinar quién aparece en el radar de un headhunter o de una empresa.
Por lo mismo, cuando una persona comienza una búsqueda laboral, mi recomendación es no partir enviando currículums de manera masiva. Primero hay que definir el posicionamiento profesional y después salir al mercado. ¿Qué cargo estoy buscando? ¿En qué industrias tiene sentido mi experiencia? ¿Qué problemas sé resolver? ¿Qué resultados puedo demostrar? ¿Qué palabras utilizaría un headhunter para encontrar a alguien con mi perfil? Tener claridad sobre esas preguntas permite que la búsqueda sea mucho más estratégica y evita caer en la lógica de postular a todo esperando que algo resulte.
En el caso de las mujeres, además, existe una dimensión cultural que tampoco podemos desconocer. Muchas hemos sido educadas para demostrar competencia antes que para comunicarla. Esperamos que nuestros resultados hablen por sí solos y que alguien más reconozca nuestro aporte. El problema es que, en un mercado laboral competitivo, los resultados no siempre hablan solos. Una profesional que ha construido una carrera sólida también necesita ser capaz de contar esa trayectoria, explicar sus logros y hacer evidente el valor que puede aportar. No se trata de exagerar ni de construir un personaje, sino de aprender a comunicar de manera clara lo que efectivamente hemos hecho.
Esta necesidad se vuelve todavía más relevante cuando observamos las condiciones generales de inserción laboral femenina. En el trimestre junio-agosto, la informalidad entre las mujeres llegó a 28,3%, frente al 24,8% de los hombres. Cuando las mujeres enfrentan mayores dificultades para acceder a empleos formales, también debemos preocuparnos de fortalecer las herramientas que les permitan competir en mejores condiciones, desarrollar redes profesionales y negociar a partir de evidencia. Una mujer que conoce sus resultados, puede cuantificarlos y entiende el valor que aporta llega a una conversación salarial con argumentos muy distintos a quien simplemente espera que la organización determine cuánto vale su experiencia.
En ese sentido, “creerse el cuento” no significa sentirse superior ni sobredimensionar una trayectoria. Significa dejar de subestimarla. Es poder decir con claridad qué sé hacer, qué resultados he conseguido y qué valor puedo aportar en un nuevo desafío. La marca personal se construye justamente desde ahí: no inventando una personalidad profesional, sino haciendo visible y coherente la que ya existe.
Por eso, la empleabilidad no debería comenzar cuando llega un despido ni cuando llevamos varios meses buscando trabajo. Se construye mucho antes, mientras todavía estamos trabajando, a través de la reputación, las redes, la actualización de conocimientos y la capacidad de comunicar nuestra experiencia. La red profesional se construye cuando no necesitamos pedir ayuda y la visibilidad se trabaja antes de necesitar una nueva oportunidad.
Las cifras muestran que estamos frente a un mercado laboral más exigente, especialmente para las mujeres. Frente a eso, esconder la trayectoria o esperar que otros descubran nuestro valor no es una estrategia. Tener experiencia importa, pero también importa saber comunicarla, hacerla visible y entender cómo puede responder a las necesidades de un mercado que cambió. Porque las oportunidades pueden no estar a la vista, pero para acceder a ellas primero tenemos que estar en el radar.