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El poder no se comparte por inercia

Durante los próximos años, las empresas deberán avanzar progresivamente hacia una representación donde ningún sexo supere determinados porcentajes, pero una ley, por sí sola, no transforma una cultura.

Solemos hablar de los avances de las mujeres en el mundo empresarial porque hay más ejecutivas liderando equipos, logrando mejores posiciones y ocupando espacios en los directorios. Y aunque eso es real, los últimos datos nos recuerdan que el progreso no está garantizado, porque mientras no existan cambios estructurales, ese progreso puede retroceder.

El estudio Transparencia ASG, auditoría y más allá, elaborado por Forvis Mazars a partir de las memorias integradas de 326 empresas chilenas, entrega una señal preocupante. La participación femenina en directorios cayó de 19% en 2024 a 17% en 2025, rompiendo una tendencia de crecimiento que se había iniciado en 2022, cuando había un 13%. La situación también se repitió entre las empresas del IPSA, donde la presencia de mujeres bajó de 23% a 21%. Pero quizás hay un dato aún más revelador, y es que mientras las mujeres perdieron participación en los espacios donde se toman las decisiones estratégicas, la brecha salarial en la alta gerencia volvió a crecer. Es decir, por cada $100 que recibió un hombre en estos cargos, una mujer recibió $79, con una brecha de 21% y seis puntos superior a la registrada el año anterior.

Estamos hablando de mujeres que han llegado a las posiciones de mayor responsabilidad dentro de las organizaciones y que, aun así, continúan enfrentando diferencias significativas en sus remuneraciones.

Esto debería llevarnos a una conversación mucho más profunda, porque el desafío no consiste solamente en que más mujeres lleguen a los directorios o a la alta gerencia, sino en entender por qué, incluso cuando llegan, su participación y valoración siguen siendo tan vulnerables.

Muchas veces hablamos de diversidad como si fuera un destino inevitable. Como si bastara con el paso del tiempo para que las nuevas generaciones corrijan las brechas del pasado, pero la evidencia demuestra que no funciona así, porque el poder no se comparte por inercia.

Los espacios de decisión siguen funcionando, en muchos casos, a partir de redes, criterios y dinámicas que históricamente han dejado fuera a una parte importante del talento disponible. Y mientras no revisemos cómo seleccionamos a quienes integran un directorio, cómo promovemos el liderazgo y cómo valoramos económicamente las responsabilidades, será difícil hablar de un cambio real.

La nueva Ley N°21.757, vigente desde este año, establece una composición más equilibrada para los directorios de las sociedades anónimas abiertas y especiales fiscalizadas por la CMF. Es una señal importante. Durante los próximos años, las empresas deberán avanzar progresivamente hacia una representación donde ningún sexo supere determinados porcentajes, pero una ley, por sí sola, no transforma una cultura.

El verdadero desafío será evitar que la incorporación de mujeres se convierta en el cumplimiento de una cifra. Una silla en un directorio no puede ser simplemente una respuesta a una exigencia normativa.

Tiene que ser el reconocimiento de que existen profesionales con experiencia, conocimiento y miradas capaces de enriquecer las decisiones empresariales, y aquí también tenemos una responsabilidad las propias mujeres. Debemos prepararnos, construir redes, compartir conocimiento y, sobre todo, dejar de esperar a cumplir el cien por ciento de los requisitos para dar un paso adelante.

Pero no podemos cargar toda la responsabilidad sobre ellas. Las empresas deben revisar sus procesos de búsqueda, ampliar sus redes y preguntarse si realmente están accediendo a todo el talento disponible o simplemente siguen buscando en los mismos círculos.

Los números de 2025 son una advertencia. Chile necesita más mujeres en los espacios donde se decide el futuro de las empresas. Pero, sobre todo, requiere de organizaciones dispuestas a entender que la diversidad no es una concesión ni una moda. Es una decisión estratégica, porque cuando el talento se desperdicia, pierde una mujer, pierde la empresa y, finalmente, pierde el país.

En este sentido, el reto ya no es demostrar que las mujeres están preparadas para ocupar estos espacios, porque eso está más que demostrado. La tarea pendiente está en preguntarnos si quienes hoy concentran el poder están realmente dispuestos a compartirlo.

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