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La intensidad de la política

No es insólito que los izquierdistas y derechistas se inclinen por el autoritarismo y justifiquen las dictaduras (la de Castro o la de Pinochet, por ejemplo). Por el contrario, los tibios y amarillentos se inclinan por la democracia liberal y, pese a sus imperfecciones, la avalan, la bancan y la valoran.

En los últimos meses resucitó la díada izquierda/derecha y en su versión más clásica: la del siglo pasado. Los candidatos a la presidencia de la república —exceptuando, y sólo parcialmente, a Beatriz Sánchez— reciclaron propuestas que exhalaban aromas rancios, aromas que aún huelen a siglo veinte.

Pese a su inesperado rebrote, a veces, tengo el pálpito que la vieja díada es miope —o, por lo menos, incompleta—, porque sólo da cuenta de los contenidos del quehacer político, pero no de la intensidad de la política. Tras ella subyace, en mi opinión, otra polaridad, a saber: el binomio fanatismo/escepticismo. A través de este último se pueden entrever algunos aspectos del quehacer político que son invisibilizados por la vieja díada.

Comenzaré con una distinción aparentemente sutil. Es la siguiente: no es lo mismo ser de izquierda que ser izquierdista; análogamente no es lo mismo ser de derecha que ser derechista. En el día a día, no resulta difícil distinguir ambos tipos humanos; ni a ellos, ni a sus discursos, ni a sus conductas, ni a las consecuencias de sus actos. Veamos los contrapuntos entre ambos.

Primer contrapunto. Los izquierdistas y derechistas estiman que su concepción de la justicia, del bien y del orden (mundano o trasmundano) es la única correcta. Ellos hablan en nombre de un orden moral superior. Por eso, reclaman exclusividad para él. Más aún: se arrogan el monopolio de la verdad y de la rectitud moral. Baste, a modo de ejemplo, recordar dos jaculatorias. “Por la verdad, por la verdad… por la moral, por la moral”, vociferaba un líder izquierdista. Un intelectual derechista alzaba su voz en nombre de “la verdad, la objetividad y el derecho natural”.

¿Qué suelen hacer tanto los izquierdistas como los derechistas con aquellos que no comparten su verdad? ¿Toleran la disidencia? ¿Qué les espera a aquellos que están en el error?

En cambio, para quienes son de izquierda o de derecha su visión del mundo es tan sólo una entre tantas otras. Ellos son pluralistas. O como se les dice despectivamente: amarillentos y tibios. Ellos carecen de convicciones absolutas, rehúyen a los fanáticos y al fanatismo. Sus detractores suelen decir que ellos están a pasos del nihilismo pasivo y que, en el mejor de los casos, profesan un exasperante escepticismo.

Segundo contrapunto. Los izquierdistas y derechistas son intolerantes. En cambio, los pluralistas y amarillentos suelen ser tolerantes. Aquéllos son dogmáticos e intransigentes; éstos relativistas y flexibles. Unos son consecuentes; los otros blandengues.

Por eso, no es insólito que los izquierdistas y derechistas se inclinen por el autoritarismo y justifiquen las dictaduras (la de Castro o la de Pinochet, por ejemplo). Por el contrario, los tibios y amarillentos se inclinan por la democracia liberal y, pese a sus imperfecciones, la avalan, la bancan y la valoran.

Tercer contrapunto. Bien se podría decir, metafóricamente, que los fanáticos prometen el paraíso en la tierra, pero acaban instaurando un infierno, pese a que persiguen el fin opuesto. No en vano suele decirse que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Los escépticos saben que es imposible alcanzar el cielo —pese a que no lo desdeñan como horizonte— e intuyen que al mal se ingresa por la puerta del paraíso artificial, del utopismo, del idealismo. Ante ello, los tibios prefieren mirar de reojo al cielo para evitar caer de bruces en el infierno.

Bien se podría decir, a grandes rasgos, que tanto los derechistas como los izquierdistas son autoritarios y graves; asimismo propenden a ser absolutistas y monocromáticos. Por el contrario, quienes son de derecha o izquierda suelen ser flexibles y lúdicos y, además, tienden a deleitarse con las miradas poliédricas y las realidades variopintas. Los primeros ponen la vida al servicio de una idea absoluta, bajo la cual jadean y quieren que los demás jadeen; subordinan toda la existencia a un valor supremo que le otorga sentido a sus vidas; de ese valor se derivan unos principios intransables frente a los cuales la vida, paradójicamente, se deprecia y pierde dignidad (tal actitud cuaja en expresiones como las siguientes: “Viva la muerte” o “Socialismo o muerte”). Los segundos entienden que las ideas están al servicio de la vida; conciben a los valores como puntos de vistas; como cristalizaciones vitales que se articulan temporalmente en plexos normativos impregnados de historicidad. Dado que existe una multitud de perspectivas, no hay (para ellos) ningún criterio de certeza absoluta que permita dirimir, de manera incontrovertible, cuál de esas perspectivas es la correcta. Por eso son pluralistas y relativistas; son, en definitiva, políticos, en el más excelso sentido de la palabra.

Así, el fanatismo incita a los autoritarios a renegar de la incertidumbre, generalmente, mediante un discurso que tiene un empaque racionalista, no obstante, tras él se oculta un febril “fideísmo” de variada índole. Inversamente, la actitud escéptica permite a los flexibles aceptar, sin mayores angustias, la incertidumbre que es inherente a la libertad y, claramente, prefiere lo razonable en desmedro de lo racional.

Conjeturo, por último, que la polaridad fanatismo/escepticismo remite, a su vez, a otra que es más radical, como lo es aquella que distingue entre quienes son gnósticos y quienes son agnósticos en política. Es decir, entre quienes están en posesión de una verdad absoluta y entre quienes descreen de ella y, por tal motivo, sólo tienen opinión. Así, sólo en una partícula, en el prefijo “a”, radica finalmente la diferencia entre estas dos maneras de hacer política y, por consiguiente, de relacionarnos de manera tolerante o intolerante con los demás.

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