Delirios de poder

En un país tan rico, como diverso, perverso y desigual, sucedió que un hombre cuya voluntad de poder es delirio, su pasión es fanatismo y su determinación es autoritarismo, fue presidente. Trump es el culpable de darle el golpe de nocaut al país que hizo de la democracia su buque insignia.

Foto Agencia Uno.
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Por Guillermo Bilancio Consultor en Alta Dirección y profesor de la Universidad Adolfo Ibañez 

La grandeza no es un atributo que abunde en los supuestos “líderes” mundiales que hoy conducen los destinos de los países que influyen en el rumbo del quienes habitamos este planeta. Esta afirmación que hace un tiempo hubiese sido un supuesto, hoy es comprobable, al menos por quienes tenemos una parte de la percepción de la realidad.

Desde finales del siglo XIX, los constructores de los sistemas en los que vivimos, nos enseñaron a apoyarnos en pilares que no han podido soportar incursiones violentas e impredecibles, producto de acciones individuales que rompen con la inercia de la tradición, del inexorable cambio tecnológico, del progreso económico y social, de la sustentabilidad y hasta de la eterna discusión acerca de cómo resolver el flagelo de la desigualdad, que es en definitiva el factor determinante de la aparición de oportunistas disfrazados de falsos profetas. Algunos, los llamarán populistas, para mi gusto personal; “falsos profetas”.

El siglo XX tuvo ejemplos claros que quebraron los sistemas, como Hitler o Stalin, y otros de menor relevancia que demostraron a los diseñadores de modelos que los seres humanos pueden tener la ductilidad para mover lo que supuestamente está establecido.

Y para esto, se requieren tres capacidades: voluntad de poder, pasión o fanatismo y fuerte determinación para la ejecución de sus intenciones. Hasta finales del siglo pasado, parecía que el país más influyente, poderoso e imperial de los últimos doscientos años, era el único que no había puesto en riesgo sus dos pilares fundamentales: la democracia y la libertad. Más allá de las diferencias entre republicanos y demócratas, y de algunas situaciones confusas que salieron a la luz en cuentagotas (asesinatos, poder mafioso, espionaje, persecuciones étnicas e ideológicas), los preceptos de país libre y democrático seguían indemnes.

Pero en un país tan rico, como diverso, perverso y desigual, sucedió que un hombre cuya voluntad de poder es delirio, su pasión es fanatismo y su determinación es autoritarismo, fue presidente. Y como todo falso profeta, no acepta nada que tenga que ver con su fracaso personal, no hay derrota para evaluar y, por lo tanto no hay aprendizaje, por ende, el falso profeta es tan ignorante como violento.

Trump es el culpable de darle el golpe de nocaut al país que hizo de la democracia su buque insignia, aunque esa democracia no se vea reflejada en un espacio de convivencia. Porque la inequidad social es la que llevó a un personaje como Homero Simpson (El reflejo del hombre ordinario americano), a elegir un falso profeta que lo saque del abismo, sin pensar en que se estaba profundizando un abismo mayor: la intolerancia y la violencia de grupos a los que la integración social les importa poco.

¿Se puede hablar de democracia y libertad en un país tan próspero en recursos materiales y tecnológicos, como tan pobre en términos de racismo, de elitismo, de inequidad económica, de una sociedad salvaje en la que sólo sirve la supervivencia del más apto, o el más violento? Queda demostrado que, en un país en el que casi la mitad de los votantes eligió a Trump para ser reelecto, la democracia y la libertad no representan los conceptos que aprendimos. Tal vez porque con esa democracia no todos conviven pacíficamente, no todos pueden comer, no todos se educan y no todos se curan.

El asalto frenético y fanático al Capitolio es el acto de fanatismo que ha dejado al descubierto las fisuras de una gastada superpotencia que ahora deberá intervenirse a sí misma, haciendo foco en las profundas debilidades materiales y emocionales de una sociedad quebrada, de la que Trump se aprovechó con su locura de poder eterno, sus verdades absolutas y disparatadas, y su potencial para comprar voluntades. Tal vez, Trump sea el Nerón del siglo XXI, incendiando en un día lo que se construyó en casi tres siglos.

Surge ahora la pregunta: ¿Quién salvará al mundo “libre”? Lo único que podemos asegurar hoy es que, el país que es cuna del marketing va a necesitar un reposicionamiento. Y es urgente. Y tal vez a partir de este fin de ciclo se requiera de un nuevo concepto de lo que significa la democracia y la libertad. Ahí estará el trabajo de marketing.

Por nuestra parte y desde nuestro lugar en el mundo, preocupémonos por entender las realidades que nos tocan vivir y aprendamos de esta lección, en la que derecha e izquierda son lo mismo en manos de delirantes, por lo tanto, evitemos las fantasías de los falsos profetas. Pensemos. 

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