El silencio de Trump

Lo que debería parecer obvio como parte de cualquier cambio de gobierno, es decir, una transferencia del poder, la palabra y del espacio mediático, se puede convertir en un silencio incómodo si no se consigue sustituir la música del mandatario pasado por un estilo efectivo y nuevas palabras.

Por Modesto Gayo Académico de la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales › Actualizado: 17:52 hrs
Foto Agencia Uno.
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Tras la expulsión de Donald Trump de la Casa Blanca, después de la suspensión de sus tuits, sin el atril áureo de la presidencia y ausentes los periodistas con micrófonos multicolores esperando la hora de la perorata bananera del “todopoderoso en la Tierra”, después de la desaparición de escena de su esposa modelo y su tumultuosa familia, ha quedado un silencio, un dulce olor a reposo, entre las múltiples hogueras de rescoldos que todavía humean.

El “Mr. President” vocinglero, el chinchinero de la política norteamericana y global, el hombre rico de los casinos decadentes de New Jersey, desperdició la posibilidad de ser reelegido legítimamente, y su desaparición del circo de las encuestas y los conflictos mundiales hará deleitación de la atención que generaba, difícil de obtener de otro modo. ¡Qué mejor que una foto con un agarrón de manos del rubio estadounidense y Kim Jong-un!

Bajo la lógica del juego gringo, bueno gringo malo, todavía no sabemos lo que implicará mantener callado a tan jugado representante del lenguaje políticamente incorrecto, al soez portavoz del pueblo de las causas perdidas de la economía de los servicios digitales. A pesar de lo paradójico que pueda parecer, Trump se convirtió en internauta el mismo día que decidió llenar el país de papeletas con su candidatura al republicanismo post-“Yes, we can”.

Se convirtió en tuitero cuando se dio cuenta de que el suave piar del pájaro azul podría dar voz a muchos de los que desconocían unos Estados Unidos que los dejaban atrás, a pesar de la gloria pasada de la colonización y la independencia, historias constitutivas de su tradición constitucional y política. ¿Quién les prestará atención ahora que su autoproclamado rey se evapora entre una miríada de acusaciones y juicios?

Parece hilarante que el mensaje de hacer América otra vez grande, su “making America great again”, haya terminado en un “Black lives matter” y una forma de rebelión antidemocrática en el Congreso, ubicado en el corazón de Washington D.C. Bullicio hasta el final, música de country obsoleta, KKK y muchas referencias al amor en sus últimas palabras a seguidores atónitos o atontados por tanta fiesta mediática, sin comprender qué significaba su subida a un avión que pronto se desvanecía en la distancia.

Lo que debería parecer obvio como suceso parte de cualquier cambio de gobierno en una democracia verdadera, es decir, una transferencia del poder y la palabra, del espacio mediático y la decisión de política pública grande y de letra chica, despidiendo al gobierno previo, se puede convertir en un silencio incómodo si no se consigue sustituir la música del mandatario pasado por un estilo efectivo, nuevas palabras que deben tener la profundidad para llenar el vacío que, sin duda, Trump generará. 

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