Maturana: dejar la competencia neoliberal y abrirnos a la cooperación como forma de vida

Dejar la competencia neoliberal y abrirnos a la cooperación y la solidaridad como forma de vida humana es lo más revolucionario de estos tiempos, trascienden a izquierdas y derechas, es también un acto de indignación y de desconformidad ante las injusticias producidas de esta forma hegemónica y deshumanizante de vivir, tal como lo hemos vivido brutalmente hoy.

Por José Miguel Olave Centro de Estudios Saberes Docentes U. de Chile › Actualizado: 23:23 hrs
"Hay una oportunidad para repensar la educación y enriquecer nuestra democracia, justo en medio de las elecciones de constituyentes, que sólo fueron posibles por la manifestación de nuestro malestar. AGENCIA UNO/ARCHIVO
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La pregunta que nos deja Maturana es simple: ¿Qué es la vida? Y, en particular, ¿qué es la vida humana? Esta no es una pregunta nueva, la novedad es poder plantearla y tratar de responderla en nuestros tiempos. Lo primero es aceptar que la vida biológica, la vida desnuda como lo plantean algunos filósofos contemporáneos, no es condición de humanidad, es decir, el solo respirar o comer, o ir a trabajar y volver cansado de aconteceres no nos hace humanos, entonces qué es la vida humana es una pregunta por la ontología de nuestros tiempos.

En “Historia de nuestro vivir cotidiano” de Maturana (2019), con su simplicidad, responde que sólo nos hacemos humanos “en tanto coordinamos nuestros sentires, haceres y emociones, en el lenguaje”. El lenguajear es la forma en que nos abrimos al mundo y contamos lo que nos pasa cuando hacemos la comida y no nos alcanza para llegar a fin de mes, cuando comentamos que el trabajo está difícil, o que tenemos miedo de enfermarnos. El lenguajear es una actividad reflexiva sobre lo que nos pasa, en otras palabras comentar con sus hijos, con su pareja o con sus amigos aquello que nos acontece, es aquello que nos hace humanos, por tanto el no ejercer este lenguajear como acto de creación de mundos, es reducir la vida a su condición desnuda.

Esta simple idea está fundada en que la biología de nuestros cuerpos se sostiene en la cultura, en lo que llamaría Maturana una matriz cultural que es heredada, y nótese que no menciona evolutiva, ya que reconoce su condición histórica y territorial. En palabras para Emilio, todo lo que hacemos lo hacemos en coherencia a las formas de vida en la cual pertenecemos, en un sistema ecológico, histórico y cultural. Es decir, mis machismos son parte de esa matriz cultural, por ello, también nos planeta Maturana, que tenemos el derecho humano de disentir, de no estar de acuerdo en cómo estamos viviendo. Quizás esta es una pregunta que ya otros autores se han hecho en favor de la vida humana y que hoy en estos tiempos de crisis-fractura nos llevan a cuestionarnos cómo hemos llegado a vivir del modo en que lo estamos haciendo y cómo podemos tener una vida buena entre nosotros. Es aquí en su última obra junto a Ximena Dávila, la Revolución Reflexiva (2021), donde encontraremos un llamado de urgente humanidad para pensarnos a nosotros mismos.

Esta crisis-fractura de estos tiempos, está marcada por el hastío sobre la competencia, las hegemonías, las cocinas políticas excluyentes, que se traspasan al interior de la familia y de nuestras amistades, incluso en las escuelas, cuenta Maturana (2021): “Cuando a un niño le va bien en una prueba y llega contento a su casa a contarle a sus padres, lo que puede comunicar es un puntaje que a su vez determina su lugar entre sus pares, si le fue bien, sus padres inmediatamente querrán saber si fue el mejor de la clase”(28).

Dejar la competencia neoliberal y abrirnos a la cooperación y la solidaridad como forma de vida humana es lo más revolucionario de estos tiempos, trascienden a izquierdas y derechas, es también un acto de indignación y de desconformidad ante las injusticias producidas de esta forma hegemónica y deshumanizante de vivir, tal como lo hemos vivido brutalmente hoy en Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú y en Chile, especialmente desde el 18 de octubre de 2019. Vemos como las ciudadanías se han manifestado contra las formas neoliberales de vida: “Incluso la meritocracia hace referencia a estar por encima de los otros es merecer más que otros, generando negación, dolor y mutua falta de respeto. Esta distorsión en nuestro vivir nos impide ver los que es evidente: que siempre, en todo lo que hacemos, es posible aprender de los demás, tanto como ellos de nosotros, y que siempre podemos colaborar.” (Maturana; Dávila, 2021:31)

El no estar de acuerdo a estas formas de vivir, es un juicio de responsabilidad, es una acto de nuestra condición humana (Arentd, 2003), por ello no sorprende que Maturana y sus obras sean muy difundidos entre los y las profesoras, quienes han levantado un discurso de fractura respecto al modelo educativo de Chile. Pues este discurso emergente desplaza al modelo profesional racional técnico que se ha impuesto hegemónicamente, especialmente desde los años noventa, es decir, nuevamente no son treinta pesos, sino que treinta años de gubernamentalidad neoliberal, de conducir al sistema educativo motivado por incentivos basados en la competencia, la individualización y la segregación. Todo lo que hoy muestra el Ministerio de Educación y también el Consejo Nacional de Educación es una obstinación frente a las pruebas estandarizadas y una obsesión sobreideologizada por la “comparabilidad”.

Esta inflexibilidad será para mí también su fractura, ya que hoy las escuelas en el contexto de crisis sanitaria, han tenido que repensar su pedagogía, significar el currículum y trabajar como profesionales mediados por la reflexión conjunta, ya que, como todos sabemos, no han recibido ninguna ayuda y han tenido que trabajar colaborativamente para sostener nuestros sistemas educativos. Se han enfrentado a mirar las disciplinas escolares; las matemáticas, las ciencias, las humanidades y las artes, para ponerlas a disposición de sus estudiantes como saberes que pueden ayudarnos a enfrentar esta compleja realidad y desde allí, salir juntos. Esta forma lenguajera de educación, esto es lo que han llamado como una educación socioemocional, centrada en la pregunta ¿cómo nos estamos sintiendo?, ¿cómo podemos imaginar una salida? Es así como la colaboración entre estudiantes funciona, mientras los apoderados y maestros colaboran en las ollas comunes, que ya se han hecho más comunes de lo que las autoridades podían registrar en sus datos de fichas sociales ultra focalizadas. Esas actividades pedagógicas, son las que el Simce y las evaluaciones docentes no podrán capturar, ya que lo importante es invisible a las mediciones estandarizadas.

Maturana para Emilio, es una oportunidad para repensar la educación, nuestra sociedad y enriquecer nuestra democracia, justo en medio de las elecciones de constituyentes, que sólo fueron posibles por la manifestación de nuestro malestar. Es también un desafío para el proceso que viene, de aceptar los disensos, de plantearnos por un buen vivir, de poner la capacidad humana para reflexionar y colaborar a disposición de nuestras familias y amistades, en las escuelas con nuestros estudiantes, de significar nuestra sociedad y lenguajear nuevamente, como un acto de creación de mundos distintos, diversos y respetuosos de nuestra dignidad humana.