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El agua también tiene rostro de mujer

En Kenia he conocido a mujeres y niñas que caminan varios kilómetros cada día para llenar bidones que luego cargan de regreso a sus hogares. Detrás de cada viaje hay mucho más que agua.

FREEPIK.

Hay dos formas de entender el valor del agua. Una es abrir una llave y verla salir. La otra es caminar varios kilómetros para conseguirla. Para la mayoría de nosotros, la primera es tan cotidiana que olvidamos el privilegio que representa. Pero durante los últimos años, trabajando junto a comunidades en Kenia y también en distintas zonas de Chile, he conocido a mujeres cuya vida gira en torno a una pregunta mucho más básica: ¿habrá agua mañana?

En Chile solemos creer que el acceso al agua potable es un problema resuelto. Sin embargo, basta con alejarse algunos kilómetros de las grandes ciudades para descubrir una realidad muy distinta. Miles de familias aún dependen de camiones aljibe, sistemas precarios de abastecimiento o fuentes de agua cuya disponibilidad disminuye año tras año. Aunque muchas veces permanece invisible, la crisis hídrica ya forma parte del día a día de miles de personas.

El cambio climático ha profundizado una escasez que parecía impensada hace algunas décadas, pero el agua sigue ocupando un lugar secundario en la conversación pública, eclipsada por otras urgencias que, aunque legítimas, no pueden hacernos olvidar una verdad esencial: sin agua no hay salud, no hay educación, no hay desarrollo y, en definitiva, no hay calidad de vida.

Sin embargo, existe una dimensión de esta crisis de la que hablamos mucho menos: su impacto sobre las mujeres.

En Kenia, donde WATERisLIFE desarrolla proyectos de acceso a agua potable, he conocido a mujeres y niñas que caminan varios kilómetros cada día para llenar bidones que luego cargan de regreso a sus hogares. Detrás de cada viaje hay mucho más que agua. Hay horas que no pueden dedicar a estudiar, trabajar, emprender o simplemente descansar. La falta de acceso al agua les roba tiempo, oportunidades y, muchas veces, la posibilidad de construir un futuro diferente.

Es fácil pensar que esa realidad pertenece únicamente a África. Pero sería un error.

Las distancias son distintas y los desafíos también. En Chile, pocas mujeres recorren kilómetros con un bidón sobre la cabeza. Sin embargo, siguen siendo mayoritariamente ellas quienes sostienen las tareas de cuidado y quienes reorganizan la vida familiar cuando el agua escasea o simplemente no llega. Son ellas las que administran un recurso insuficiente, ajustan presupuestos, modifican rutinas y enfrentan las consecuencias sanitarias, económicas y emocionales que genera esa incertidumbre.

Por eso, la desigualdad hídrica también tiene un componente de género. Hablar de agua potable no significa hablar únicamente de tuberías, infraestructura o grandes inversiones. Significa hablar de equidad, de salud pública, de educación y de oportunidades. Porque cuando una comunidad accede por fin a agua segura, quienes primero recuperan tiempo suelen ser las mujeres. Y ese tiempo cambia vidas: permite estudiar, trabajar, emprender, cuidar mejor a sus familias y participar activamente en sus comunidades. El agua no solo transforma territorios; también devuelve autonomía.

Chile enfrenta un escenario climático cada vez más desafiante. No podemos seguir esperando a que la escasez se convierta en una emergencia permanente para actuar. Necesitamos fortalecer nuestros sistemas de abastecimiento, proteger las fuentes de agua, impulsar soluciones innovadoras y descentralizadas —como la captación de aguas lluvia donde sea viable— y acelerar proyectos que permitan llevar agua segura a las comunidades que aún esperan. Pero, sobre todo, necesitamos empezar a mirar el agua como una prioridad país y no solo como un problema que aparece cuando deja de llover.

Tal vez el verdadero privilegio no sea abrir una llave. Tal vez sea no tener que preguntarse nunca de dónde vendrá el agua mañana.

Mientras esa incertidumbre siga marcando la vida de miles de familias, hablar de agua seguirá siendo también hablar de igualdad, oportunidades y dignidad. Porque cuando el agua falta, nunca falta igual para todos. Y, demasiadas veces, son las mujeres quienes cargan primero con sus consecuencias.

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