Corría 1982 cuando Isabel Aninat abrió las puertas de su primera galería. Los museos estaban bajo control y la mayor parte de la escena artística nacional estaba en la clandestinidad o el exilio.
A pesar de las restricciones, por sus puertas pasaron obras de José Balmes, Guillermo Núñez y Juan Downey, entre otros nombres que hoy son parte de lo más importante del arte chileno. Han pasado más de 40 años y con su galería consolidada como una de las más respetadas del país, Isabel Aninat conversó con MUJERES D, sobre los orígenes de este proyecto, el lugar de las mujeres en el mundo del arte, sus artistas favoritos y lo que le gustaría dejar como legado.
Usted fundó su galería en el 82, en plena dictadura, exhibiendo a artistas exiliados como Balmes, Núñez y Downey. ¿Qué la llevó a meterse en el mundo del arte en un momento tan difícil para el país?
Justamente porque era difícil. Sentí que los artistas, y el arte mismo, estaban muy huérfanos. Un arte que no fuera decorativo, que dijera lo que estaba pasando. Me pareció casi una obligación.
Creo que en ese momento la galería se convirtió en un lugar de encuentro. Y pensé que lo más importante era eso, más que hacer exposiciones de vitrina: siempre observando algo simbólico.
Para mí las galerías no son solo un lugar de venta, sino de encuentro, de crear cultura. Las ventas son muy importantes, de eso viven los artistas también, pero lo que siempre me ha interesado es esa parte de encuentro social.

Ya son casi 45 años en este ámbito ¿Cómo describiría hoy su relación personal con el arte? ¿Cambió la forma en que mira una obra?
Hoy soy mucho más exigente. Antes me entusiasmaba muy rápido con muchas cosas; ahora me entusiasmo con muy pocas. El cedazo se ha ido haciendo cada vez más fino.
Pero en lo esencial, no ha cambiado: sigo sintiendo que esto no es sólo un trabajo, es casi una obligación y que en general la gente, incluidos muchos empresarios, no dimensionan la importancia del arte en la vida.
El arte no es solo para los artistas: ellos van a ser artistas de todos modos y los coleccionistas van a comprar igual. La que se enriquece con el arte es la gente que no lo entiende tanto. Ese es el trabajo real.
El mercado de las galerías y el coleccionismo se ha asociado tradicionalmente al mundo masculino. ¿Cómo vivió usted, como mujer, abrirse camino en este rubro?
En Chile en realidad el mundo de las galerías ha sido mayoritariamente femenino, al revés de lo que pasa afuera. Hice una vez un estudio informal, para una charla a un grupo de mujeres de Harvard y mi teoría, aunque suene ingenua, es que en Chile el arte siempre se sintió como algo “simpático”, casi decorativo, y por eso no era un problema que lo manejaran mujeres. Cuando el arte empezó a mostrarse como un medio económico real, ahí aparecieron más hombres.
No fue difícil entrar por ser mujer; fue difícil entrar por el financiamiento. Yo nunca he tenido plata propia; todo lo que tengo es gracias a la Galería Isabel Aninat. Hoy falta esa conciencia de lo importante que es apoyar el arte y la cultura. Un país no progresa sin cultura; no es un tema puramente económico.
Usted ha comparado la relación galerista-artista con un matrimonio de exclusividad y compromisos mutuos. ¿Cómo elige a los artistas con los que arma esa sociedad?
Primero conociéndolos bien, estudiando su obra. Antes toleraba más los caracteres insoportables; ahora menos, porque en un matrimonio no te puedes separar tan fácil.
Me interesan los artistas que proponen algo, los que me hacen cuestionarme, los que me hacen mirar una obra y sentir que me inquietó, que me abrió un mundo, que me removió algo. Esos son, generalmente, los más difíciles de vender. Pero es un desafío, y es justamente lo que busco en el arte.
Yo sabría perfectamente cómo hacerme rica, qué vender, qué le gusta a la gente que no sabe de arte. Pero prefiero apostar por otra cosa.

De todos los artistas chilenos con los que ha trabajado en estas cuatro décadas, ¿cuáles son sus favoritos y por qué le siguen removiendo algo?
Me interesan mucho los artistas de la época en que empecé —José Balmes y Gracia Barrios, por ejemplo, que eran muy amigos entre ellos—. Balmes me interesaba por su fuerza; hoy siento que Gracia tiene una sensibilidad que me llega incluso más. Los artistas muertos me interesan cada vez más. Y también los jóvenes: en distintas etapas, distinta gente. Ahora, por ejemplo, estoy llevando a ARCO a una pintora joven, muy buena y ya conocida en Chile, pero que nadie ha sacado todavía para afuera. Eso es lo que me interesa: sacar a los artistas al extranjero.
Si pudiera exponer hoy a cualquier artista, vivo o fallecido, chileno o extranjero, sin restricciones, ¿a quién elegiría?
Como sueño de vida, iría hasta la Edad Media: me encanta Giotto, me encantaría Rembrandt. De los latinoamericanos jóvenes, me gustaría Ana Mendieta. En general mi gusto pasa por quien me propone cosas, quien reclama mi atención, más que las modas o las tendencias.
La obsesión por llevar el arte chileno al mundo
Su galería fue la primera chilena en llegar a Art Basel, e insiste en que el país debe exportar más a sus artistas. ¿Qué le falta a Chile para posicionarse internacionalmente en el arte contemporáneo?
Salir afuera. Todo mi dinero lo meto en ir a ferias, pero una o dos galerías no alcanzan para mostrar un país entero; es muy difícil. Esa es una tarea que le corresponde al Estado junto con lo privado: incluso el coleccionista privado que tiene obra de un artista debería apoyarlo más, porque eso le da más valor a su propia colección.
Mirando hacia adelante, usted ha dicho que hay que abrir la galería a cosas que no le son propias. ¿Cómo imagina el futuro de este espacio y qué le gustaría que fuera su legado?
Creo que mi legado ya está, aunque todavía no lo he dejado del todo; seguramente se lo dejaré a mi hija Javiera. Del futuro del espacio: me encantaría abrir más la galería hacia lugares públicos, hacer exposiciones fuera de estas paredes. Hay muchas iglesias que están vacías y podrían acoger muestras. Llevar el arte a la gente, abrir los muros.
Mirando hacia atrás: ¿Quién es hoy Isabel Aninat y qué quiere dejar de legado?
Lo que me parece importante que se entienda es que no se trata de lo que tú facturas, sino de lo que tú influyes en la sociedad. Estamos demasiado preocupados de facturar y no de influir, de hacer entender quiénes somos.
Tengo demasiadas cosas por renovar, pero lo que más me preocupa ahora es llevar el arte afuera, para que se conozca: tenemos muy buenos artistas y mucho que decir al mundo.
Si miro para atrás pienso que hice todo lo que pude y hoy aún siento que quedan energías para seguir soñando que puedo hacer un poco más. Porque para mí el arte no es un trabajo sino una forma de vida.