La re-evolución 2021

Aquel que salga de la mediocridad y se dé cuenta que estos años son de transición a una democracia más sólida y moderna, es el que finalmente podrá gobernar una revolución interminable. Esa es la re-evolución.

Por Guillermo Bilancio Consultor en Alta Dirección y profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez  › Actualizado: 18:14 hrs
Foto Agencia Uno.
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La carrera presidencial 2021 en Chile, debiera ser una de las más relevantes desde el retorno a la democracia. Esta afirmación se pone en duda cuando estamos frente a la banalización, la improvisación y la ambigüedad de propuestas, en la falta de profundidad en los relatos y en una competencia cuyos protagonistas parecen carecer del perfil de un estadista, a menos que esté surgiendo alguno y no nos estemos dando cuenta.

Y planteo la idea de un estadista como primera necesidad, ya que el futuro presidente será el presidente de la nueva Constitución, el que deberá asegurar gobernabilidad para sostener la democracia, en momentos de discusión acerca de lo que es democracia no sólo en Chile, sino en el mundo. Y no es de “vieja política” pensar en un estadista con lenguaje político persuasivo, para hacer frente al desafío de poner en marcha un país que está en un punto de inflexión.

Aquellos que plantean “la nueva política”, son los que suponen que las condiciones están dadas y sólo proponen la resolución de problemas inmediatos, cuando en realidad estamos frente a un conflicto superior que va más allá de un período presidencial.

Esos que hablan de la nueva política aparecen posicionados casi como “administrativos”, confundiendo la “acción” de un “político de terreno” con enunciar promesas dudosas producto de dudosas convicciones. Sin propósito de país, las soluciones siempre son vacías. Y para tener el propósito será necesario resolver el conflicto de intereses encontrados en la sociedad.

Ninguno de los aspirantes a la presidencia, al menos hasta hoy, parece haber comprendido que la claridad es más importante que la velocidad, especialmente para ver y comprender las infinitas demandas de la gente, que seguramente no serán cumplidas en cuatro años.

Es que los participantes en esta carrera, salvo alguna excepción, son adictos a la sobrepromesa que definitivamente erosiona la atención de la gente. Es que hay políticos -la mayoría de ellos- que no entienden que el exceso de oferta es inversamente proporcional a la capacidad de acceder al poder.

Además, esta carrera presidencial exige darse cuenta del momento de Chile, de la región y del mundo, un momento que hace de la transitoriedad lo normal. En el caso de Chile, como también en el de algunos de los países de la región, se exige, especialmente, entender el concepto de “evolucionismo revolucionario”, lo que hace casi 40 años que la clase dirigente no comprende.

¿Por qué evolucionismo revolucionario? Sabemos que una revolución tiene dos características: el acto y el proceso. El acto es ese instante impredecible del estallido, que no sabemos cuándo ni dónde se producirá, ni quienes serán parte de una mayoría silenciosa insatisfecha por el desgaste y el desgobierno, por injusticias, por la falta de legitimidad en el poder, por la incapacidad de brindar posibilidades de desarrollo, o simplemente por falta de empatía para interpretar las demandas. Estos sucesos no se producen de un día para el otro, sino que se constituyen como parte de un proceso de desasosiego social silencioso y acumulativo. Desconocerlo es de principiantes. Y querer resolverlo con medidas de supervivencia, también.

Se necesitan cimientos y ser el presidente de una nueva Constitución exige tener las cualidades para construir los cimientos de lo que viene, y para eso contar con la capacidad de negociación para persuadir y alcanzar niveles de convivencia entre las diferentes visiones de la realidad que representan los extremos dogmáticos.

Esos cimientos están dados por la democracia, que es el único medio conocido para progresar social e individualmente. Esos cimientos deben ser indiscutibles, y no ser parte de un discurso sin intención. Esto, porque para cambiar hay que evolucionar, y para eso se necesita intención y convicción con los pilares de una sociedad que busca progresar en libertad.

Y esa convicción parte de conceptos que este proceso revolucionario continuo requiere. Si no entendemos la relevancia de lo público en la salud, la educación y la seguridad, si no reconocemos la relevancia del Estado como un espacio presente y, si no nos damos cuenta de que el desarrollo empresarial es el motor del crecimiento con innovación, será difícil construir cimientos para edificar lo que llevará mucho más que un período.

No hay ni nueva ni vieja política. Hay políticos nuevos o viejos. No hay izquierda ni derecha útiles para este propósito. Hay una necesidad de compatibilizar la democracia social con la democracia liberal. Eso no quiere decir que el nuevo presidente sea “de centro”, ya que el centro es la nada misma, sino que desde sus intenciones debe ser el gran integrador, un integrador político por sobre el administrador de ofertas.

Aquel que salga de la mediocridad y se dé cuenta que estos años son de transición a una democracia más sólida y moderna, es el que finalmente podrá gobernar una revolución interminable. Esa es la re-evolución. 

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