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Currículum y la perspectiva de género en el sentido de la educación chilena

El aula es un espacio de constante desarrollo que nos permite mirar la forma en la cual nos encontramos desarrollando nuestro quehacer pedagógico. Sin embargo, ¿qué esperamos de nuestras niñas y mujeres en la educación? ¿Cómo fuimos educadas en nuestros espacios escolares?

En nuestro sistema cultural, hay una serie de comprensiones y discursos sobre el género y feminismo, y por ello la forma y explicación del por qué las niñas ocupan un lugar en las esferas privadas de la vida. La propia institución educacional, la religión, la ciencia e inclusive el “sentido común” han naturalizado una serie de prácticas y percepciones que dan cuenta de los lugares que mujeres y hombres debemos ocupar en el mundo.

En este mes de conmemoración y visibilización de las mujeres y niñas, hablar de educación, nos invita a mirar la formación de las estudiantes de nuestro país. No sólo desde lo oculto que existe en el aula, es decir, desde el comportamiento y mirada que la escuela espera de una niña, sino también, la forma en la cual interactuamos con la infancia en esta relación docente-estudiante, enseñanza – aprendizaje y en todos los niveles de educación.

El aula es un espacio de constante desarrollo que nos permite mirar la forma en la cual nos encontramos desarrollando nuestro quehacer pedagógico. Sin embargo, ¿qué esperamos de nuestras niñas y mujeres en la educación? ¿Cómo fuimos educadas en nuestros espacios escolares?

Las niñas desde una mirada estructural son educadas para el desarrollo de cuidados y permanentemente condenadas a las expectativas en la esfera privada. Se nos educa para esperar, para estar ausentes e invisibles, donde es el silencio el valor femenino impuesto y considerado como elementos esperados para una señorita. Históricamente las mujeres hemos sido condenadas a bajas expectativas y subestimadas como quienes no logramos construir conocimiento, por tanto, la acción de invisibilizarnos ha sido para el sistema predominante una herramienta histórica que se ha instalado en los espacios de poder.

Ahora bien, ¿cómo nos ocupamos de estas violencias naturalizadas en el contexto escolar? En el aula necesitamos, en palabras de bell hooks, desarrollar pensamiento crítico en nuestras niñas, que logren en primer lugar descubrir el quién, el qué, el cuándo, el dónde y el cómo de las cosas. Que exista dentro del aula la participación mutua, el movimiento de las ideas, su intercambio recíproco, es lo que forja un vínculo significativo de trabajo entre quienes estamos en el aula. Necesitamos escuchar a las niñas, a las infancias, y el currículum es quien nos da la carta de ruta para ello. Pero no solo desde lo contenidista, sino también la forma crítica que podemos tener y que podemos generar en nuestras estudiantes. Un currículum con perspectiva de género.

Entendemos que el currículum escolar transmite los modelos de masculinidad y feminidad, que propician la jerarquización en función de diversos elementos como la clase social y el momento histórico en la cual estamos, pero, aun así, el modelo masculino sigue estando presente como superior. Desde la mirada adulto centrista y androcéntrica, el currículum ha sido construido en la historia colectiva y que sin duda necesitamos transformar. Necesitamos mirar la forma en la cual educamos, qué y cómo estamos desplegando nuestra forma de relacionarnos en el aula, porque es ahí donde podremos avanzar un paso más en una educación integral, crítica y no sexista en el aula. Una educación situada, que nos permita mirar y comprender qué enseñamos cuando enseñamos, desde dónde hablamos cuando hablamos, mirar nuestras formas de observar y comprender el mundo. Son estos elementos los que nos permiten transformar, avanzar y comprender una educación para nuestras niñas, no como meras receptoras de contenidos, no como eternas cuidadoras del sistema, sino como niñas críticas, curiosas y creadoras de una educación libre de estereotipos y violencia.

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