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Chile y Bolivia ante la opción de una nueva etapa

La reciente visita del presidente José Antonio Kast a Bolivia pasará a los anales de la diplomacia suramericana como un hito de trascendencia históric

La reciente visita del presidente José Antonio Kast a Bolivia pasará a los anales de la diplomacia suramericana como un hito de trascendencia histórica. Observar a los militares de ese país rendir honores a un presidente chileno y entonar nuestro himno nacional, hizo recobrar la fe en que un mundo mejor es posible. Durante décadas, las relaciones entre Santiago y La Paz permanecieron cautivas de una retórica de desencuentro, encapsuladas en litigios internacionales y en un distanciamiento que castigaba el bienestar de nuestras poblaciones. El despliegue del mandatario chileno constituye la constatación de que la realidad geográfica, los desafíos económicos compartidos y las urgencias en seguridad del siglo XXI, imponen superar el inmovilismo y dar paso a un pragmatismo constructivo, maduro y volcado decididamente hacia el futuro.

No es un hecho menor que este encuentro se haya materializado en un clima de alta receptividad, respeto mutuo y sincero deseo de entendimiento. Romper la inercia de la desconfianza acumulada requería audacia política y de liderazgos reales. El evento demuestra que cuando prima la voluntad de construir sobre los puntos de convergencia en lugar de atrincherarse en las divergencias históricas, la diplomacia recupera su vocación transformadora. Chile y Bolivia comparten más de ochocientos kilómetros de frontera continua; una contigüidad territorial que no es opcional, sino una condición estructural que nos exige actuar como lo que verdaderamente somos: socios naturales llamados a entenderse.

Las proyecciones que emanan de esta cumbre bilateral abren un horizonte de oportunidades sin precedentes. La agenda abordada demuestra que la cooperación mutua no es un concepto abstracto, sino una necesidad urgente articulada en torno a materias de altísimo impacto recíproco. En infraestructura logística y comercio exterior, la optimización del libre tránsito, la modernización de la red vial interoceánica y la facilitación operativa en los puertos de Arica e Iquique no solo consolidan a Chile como la ventana de Bolivia hacia el Pacífico, sino que potencian nuestro rol como articulador logístico global y dinamizan las economías locales de ambas naciones.

En el ámbito de recursos estratégicos y desarrollo productivo, las complementariedades son claras y promisorias. La transición energética global posiciona a nuestra región en un lugar clave al albergar las reservas de litio más importantes del planeta. Una visión colaborativa entre Chile y Bolivia en materia de innovación tecnológica, agregación de valor, transferencia de conocimientos y sostenibilidad ambiental en la industria del litio convertirá a este bloque en un actor determinante de la economía verde. De igual modo, la integración energética —aprovechando la capacidad de generación, las energías renovables y las interconexiones de gas y electricidad— fortalecerá la seguridad de nuestras matrices productivas.
No menos relevante es la respuesta conjunta ante los acuciantes desafíos de seguridad fronteriza, crimen organizado transnacional e inmigración irregular. Ninguno de nuestros Estados posee la capacidad de resolver por sí solo fenómenos complejos que ignoran los límites soberanos, como el narcotráfico, el contrabando, la trata y el tráfico ilícito de migrantes. La firma de acuerdos operativos de inteligencia, el patrullaje coordinado y la agilización de la reconducción fronteriza representan avances sustantivos que brindarán mayor tranquilidad y orden a las comunidades del norte chileno y del occidente boliviano.
Ahora bien, todo lo anterior, no impidió que el presidente Paz, en el marco de la visita, aprovechara la oportunidad para recordarnos, con total respeto y cordialidad, que su país no ha renunciado a las pretensiones marítimas, que por lo demás, en el caso de la nación altiplanica, brotan de la propia constitución.

Este paso decisivo que se ha dado ha sido posible gracias a la especial afinidad, visión de Estado y buena voluntad demostrada por ambos presidentes., José Antonio Kast y Rodrigo Paz, secundados por sus respectivas cancillerías, quienes, superando prejuicios y presiones de sectores internos inclinados al repliegue, supieron priorizar los intereses superiores de sus naciones. La cercanía y el diálogo directo entablado entre las jefaturas de Estado permitieron desarmar tensiones acumuladas y estructurar una hoja de ruta concreta orientada a resultados tangibles para los ciudadanos. Las palabras de ambos jefes de Estado fueron elocuentes. Se habló de no continuar dándonos la espalda y de mirar juntos el futuro.
Sin embargo, es precisamente aquí donde se sitúa el mayor imperativo estratégico para la política exterior de ambas naciones: resulta necesario sentar las bases para que este clima de entendimiento perdure más allá de los gobiernos de turno. Las relaciones bilaterales no pueden depender de la sintonía personal de los gobernantes ni quedar sujetas a coyunturas electorales. Es indispensable dotar a esta nueva etapa de una arquitectura sólida, fundamentada en acuerdos técnicos, comisiones mixtas permanentes y un diálogo fluido entre ministerios, Fuerzas Armadas y sectores productivos, que nos permitan evaluar un restablecimiento de las relaciones diplomáticas, interrumpidas desde 1978, dentro de un plazo razonable y prudente. Sin embargo, no hay que ponerse ansiosos. Lo peor sería acelerar artificialmente algo que debe madurar a fuego lento para que sea sostenible y sólido.

Convertir este hito inicial en una política de Estado es la única garantía de que los frutos de esta aproximación se consoliden. El presidente Kast ha dado un paso de coraje diplomático, interrumpiendo 71 años sin que algo así ocurriera, lo que honra la tradición de una política exterior sensata y con mirada de futuro. Corresponde ahora a las cancillerías y a las fuerzas políticas de ambos países cuidar este espacio de diálogo, nutrirlo con acuerdos duraderos y garantizar que la vecindad entre Chile y Bolivia sea, definitivamente, un motor de prosperidad, seguridad y desarrollo compartido para las próximas generaciones.

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