Nuevamente nos enfrentamos al dilema de “la última cama”

A comienzos de esta semana, había casi tres mil personas en la UCI, de las cuales poco más de dos mil quinientos estaban conectadas a ventilación mecánica, según las cifras oficiales. Es decir, ya estamos ante el dilema de la última cama, aunque en promedio aún queda una holgura mínima.

Por Marcelo Trivelli Ex intendente de Santiago. Presidente de la Fundación Semilla › Actualizado: 17:44 hrs
Sala del Hospital Base San José de Osorno (Agencia UNO/Archivo).
Sala del Hospital Base San José de Osorno (Agencia UNO/Archivo).
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El exceso de confianza basado en las disminuciones de contagios y contagiados de COVID-19 durante el último trimestre de 2020, sumado a los más de siete millones de vacunas administradas de las cuales cuatro millones de personas ya recibieron la segunda dosis, al agotamiento a las medidas restrictivas, la gran cantidad de permisos, la normalización de las muertes miradas sólo como estadísticas y los malos ejemplos de políticos, uniformados, jueces por nombrar algunos, nos llevaron a relajar las medidas de cuidado y por ello nuevamente enfrentamos el dilema de “la última cama”.

A comienzos de esta semana, había casi tres mil personas en unidades de cuidados intensivos (UCI), de las cuales poco más de dos mil quinientos estaban conectadas a ventilación mecánica, según las cifras oficiales publicadas. Es decir, ya estamos ante el dilema de la última cama, aunque en promedio aún queda una holgura mínima.

Como siempre, son las personas excluidas quienes se enfrentan a la trágica realidad de no tener acceso a la última cama. Aldo Lucarelli, de 76 años, se contagió con COVID-19 y lleva siete días en el hospital Adriana Cousiño de Quintero; recinto de baja complejidad donde recibe oxígeno, pero sin ninguna posibilidad de ventilación mecánica invasiva. Aldo está recibiendo un tratamiento con antibióticos, corticoides y medicamentos para la diabetes e hipertensión, enfermedades base que están controladas.

El 1° de abril le informaron a su hija que su padre “no estaba en buenas condiciones de salud y que su deterioro podría ser rápido”. También que por su edad y las enfermedades asociadas era poco probable un cupo en la UCI porque se estaba dando prioridad a personas menores de 60 años”.

Puchuncaví Quintero es una de las cinco zonas de sacrificio de Chile. Está contaminado su aire, sus aguas y su tierra producto de las emisiones, derrames y disposición de residuos industriales por decenas de años. Quienes han vivido en esta zona tienen una condición de salud deteriorada respecto de otros chilenos, y hoy se le está negando el acceso a una cama UCI a los adultos mayores con enfermedades de base producto de esa situación. En otras palabras, se está aplicando un criterio que deja gente fuera de la UCI en un hospital de mayor complejidad.

Al hospital de Quintero, al igual que en muchos hospitales de Chile, no llegan los medios de comunicación masiva para ver la realidad que se vive, ni sus habitantes tienen gran influencia en redes sociales para mostrarla. Los medios y los y las “influencers” no se cuestionan si en esos hospitales se vive el drama de “la última cama”, porque no hay camas UCI. Pero esas comunidades lo están viviendo día a día porque se enfrentan a un sistema que les niega el acceso a una cama UCI en un hospital de mayor complejidad.

El dilema de “la última cama” tiene una dimensión sanitaria, ética, moral y política y, por ello, es más conveniente negar el acceso a una cama UCI mediante criterios de aparente objetividad que reconocer que nuevamente nos enfrentamos al dilema de “la última cama”. 

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