El Chile que queremos

El desencuentro político y/o social nos ha acompañado y lo seguirá haciendo, ya que pareciera ser propiamente humano. Sin embargo, resulta esperable - y depende de nosotros - que tras observar la ampliación de la conciencia o juicio moral podamos optar por una mayor empatía y solidaridad con la dignidad de las personas, y así encontrar una ventana de oportunidades para construir el Chile que queremos.

Por Jaime Abedrapo Director Escuela de Gobierno USS
Hay que comprender que tras el proceso político que vivimos se requiere otorgar un nuevo sentido para la política por medio de la descentralización del poder político y económico. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Hay que comprender que tras el proceso político que vivimos se requiere otorgar un nuevo sentido para la política por medio de la descentralización del poder político y económico. AGENCIA UNO/ARCHIVO
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Los fundamentos de la modernidad están cuestionados y, con ello, la invitación es a repensar el camino hacia el Chile que queremos. Al respecto, la política debe crear las condiciones para ello, como ha sido el primer paso a través de la Convención Constituyente, el cual debe ser acompañado de esfuerzos centrados en el diálogo propositivo, como lo reconocerá todo demócrata. En tal sentido, resulta contradictorio al reencuentro de la nación el fomento o justificación de la violencia.

Dicha estrategia sería la mejor para dividir, polarizar e imposibilitar una trasformación que busque una armonía social. La violencia como estrategia ahondará la relación amigo – enemigo e imposibilitará reconocernos como parte de un todo, es decir, que por propia voluntad se adscriba al nosotros. De alguna manera, sería reeditar alguna de las directrices de la modernidad, que en su apuesta materialista e inmanente consiguió una morfología en la distribución del poder que no reconoció la diversidad, que estrechó o instrumentalizó el reconociendo de la dignidad humana, y que finalmente abrió los caminos al desencuentro total por medio de ideologías irreconciliables que trajeron violencia política y dolor a los pueblos, y que aún lo siguen haciendo.

Posiblemente no existan caminos que eviten del todo el dolor. Además, el desencuentro político y/o social nos ha acompañado y lo seguirá haciendo, ya que pareciera ser propiamente humano. Sin embargo, resulta esperable – y depende de nosotros – que tras observar la ampliación de la conciencia o juicio moral podamos optar por una mayor empatía y solidaridad con la dignidad de las personas, y así encontrar una ventana de oportunidades para construir el Chile que queremos.

La justificación de la violencia como estrategia política no construirá un camino para nuestro país, pese a que algunos líderes políticos lo avalen como herederos de la modernidad y sus ideologías, sino que construye muros divisorios y odiosidad entre las personas. Por lo tanto, la ampliación de la participación y la propia inclusión no tienen como fundamento el denostar al prójimo, ni tampoco la lógica de vencedor y vencido, como recurrentemente observamos en la modernidad que llega a su ocaso.

En el cambio de época que nos encontramos valen las acciones de encuentro y diálogo con una invitación y promoción de reformas y transformación en materia de morfología del poder, es decir, comprender que tras el proceso político que vivimos se requiere otorgar un nuevo sentido y propósito para la política por medio de la descentralización del poder político y económico, para así corresponsabilizarnos en nuestro futuro común, y no precisamente la irresponsabilidad y el irrespeto, imposición y destrucción que la violencia trae consigo.