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Marco Enríquez-Ominami: “Que la alternativa sean expresidentes demuestra que la izquierda no tiene renovación ni contenido”

En medio de la presentación de su libro sobre comunicación política, el excandidato presidencial critica la falta de propuestas de su sector. “Si se pusiera una urna hoy, volvería a ganar Kast”, sostiene.

Todo en la biblioteca de Marco Enríquez-Ominami grita Marco Enríquez-Ominami. Los libros en la estantería, que varias veces han servido de fondo en los videos de sus redes sociales, continúan con el lomo hacia adentro. Hay una cebra de tamaño real, que fabricaron estudiantes de la Universidad de Chile, con una banda presidencial, libros de cine y de DC Cómics, y de tanto en tanto se escuchan los pasos de sus perros, dos quiltros que vienen a verificar que todo esté en orden.

En la entrada de su casa, donde recibe a EL DÍNAMO, está el podio que utilizó en la campaña presidencial, para bromear con sus invitados. Sin embargo, los tiempos de candidato parecen lejanos, al menos en el corto plazo. “Estoy dedicado a promover mi libro. Estoy fuera de la conversación y de las reuniones políticas. Mi resultado fue un veredicto muy fuerte”, sostiene.

Marco Enríquez-Ominami acaba de publicar Espejo para príncipes: una guía de comunicación política para asesores, candidatos y votantes junto a Daniel Flores, antropólogo político y doctor en Humanidades. El libro explora la transformaciones estructurales de la política en la era digital. En la portada, Nicolás Maquiavelo maquilla a un candidato con la banda presidencial que, por su pelo negro, podría asemejarse a Gabriel Boric, Franco Parisi o al propio ME-O de hace una década. “Trabajamos como locos en la portada, pero no hubo un mensaje de subliminal de que fuera yo. Podría haber sido, pero no”, menciona.

En esta conversación, ME-O dispara contra la falta de propuestas en su sector, desmenuza el fracaso constituyente y explica cómo las redes sociales impusieron el “dividendo de su mentiroso”. “Que la alternativa de la izquierda sean expresidentes demuestra que la izquierda no tiene renovación ni contenido”, advierte. Por eso, pese a los bajos índices de popularidad que posee el Gobierno, piensa que “si hubiese elecciones de nuevo, ganaría Kast porque todavía no se ve una reflexión crítica de lo que se hizo”.

— En su libro plantea que gobernar y comunicar dejaron de ser aspectos distintos. ¿Cuándo sitúa ese cambio y cuáles son las transformaciones estructurales de las que habla?

— En la comunicación política la batalla es la percepción. Muchas veces las elecciones quedan resueltas antes de la votación debido al ambiente, la atmósfera. Es muy difícil cambiar la preocupación de la sociedad en medio de una campaña. Ejemplo aplicado: en el 2025 era la seguridad, en el 2026 la economía. Pasaron 11 meses.

La izquierda fue imbatible o tuvo más talento que la derecha cuando se trató de la publicidad en los 90 y el 2000. Pero una vez que las redes sociales se instalaron en el debate público, a la izquierda le costó mucho más entender al algoritmo. Y también es cierto que los dueños del algoritmo son todos adversarios de la izquierda. Mark Zuckerberg, Elon Musk, no son básicamente gente que crea en las reformas tributarias.

La política siempre es más que la comunicación. Y el libro es un manual de bolsillo de 160 páginas, para leerlo en un viaje, que ironiza en su portada sobre la falta de formación de nuestros dirigentes, con Maquiavelo maquillando a un candidato. Echo de menos que a los líderes se les prepare como se hacía antiguamente. Y ojo, que no hablo de formación académica. Lula no tiene título académico y sacó a 40 millones de personas de la pobreza.

— ¿Cómo operan hoy los algoritmos en las campañas?

— Sería una exageración asumir que los algoritmos deciden las elecciones, pero para llegar al elector hay que saber domesticar al algoritmo. Existe una dudosa neutralidad en las plataformas que deciden cuánto alcance le otorgan al debate político.

A esto se suma el “dividendo del mentiroso”. Las fake news siempre han existido. Piensa en el Medioevo y las brujas. Pero lo singular de hoy es la masividad y la velocidad. Cuando hay más mentiras que verdades, el objetivo del mentiroso ya no es que le crean a él, sino que no se le crea a nadie. Eso genera un ambiente de desconfianza absoluta y fatiga democrática.

— ¿Esa fatiga deriva en una postura pasiva por parte de la ciudadanía?

— Es el balde de agua fría que vivimos en el mundo: estamos perdiendo elecciones sistemáticamente. El péndulo no está funcionando.

No creo que la derecha tenga mejores proyectos o lo haga mejor, sino que nosotros lo estamos haciendo mal. Si se pusiera una urna hoy, volvería a ganar Kast. Mi problema no es que Kast lo haga mejor ahora que ayer; creo que lo hizo mal antes y lo hace mal ahora, pero nosotros no estamos logrando participar de la conversación respecto a la justicia social, la autoridad y el orden, que son las grandes demandas.

— ¿Cómo analiza esta dinámica en América Latina?

— Lo de Brasil con Lula expresa muy bien lo del continente: confusión, fatiga democrática y dificultad para instalar la agenda.

El debate de seguridad está en el centro, y ahí la derecha se maneja mejor porque es simplificadora y nosotros somos complejos. El muro de Trump o la zanja de Kast explica mejor lo que ellos quieren hacer. Nos proponemos mucha prevención, punición, rehabilitación y reinserción. Dicen que hay que echar a todos los venezolanos irregulares, ¿pero qué hacemos si el venezolano tiene una mujer chilena o un hijo chileno? ¿Echamos al padre?

Ante problemas complejos como la migración irregular o el aborto, las respuestas simplificadas de la derecha ganan la discusión en redes sociales. Es una cancha en la que la derecha juega mejor.

— Tras estos siete meses de Gobierno, ¿cómo percibe a la izquierda chilena?

— Extraviada. Igual que hace siete meses. Si hubiese elecciones de nuevo, ganaría Kast porque todavía no se ve una reflexión crítica de lo que se hizo.

Vamos a quedar como la generación que tuvo dos procesos constituyentes, cinco plebiscitos y dos asambleas rechazadas. El resultado de ese ciclo fue terminar con la Constitución de Pinochet legitimada en sus peores aspectos: Estado subsidiario, Estado unitario y los grandes temas. Lo loco es que la centroizquierda, que es gran responsable de este fracaso, evita el tema y le entregó el relato del estallido social a la derecha.

— Hay un debate al respecto en la izquierda. Se señala que el fracaso constitucional respondió más a la conducción política de figuras como Jaime Bassa que al fraude de Rojas Vade. ¿Coincide?

— Coincido. Rojas Vade es una deriva inaceptable, pero el problema de fondo fue una Convención que omitió las AFP desde el primer día. El primer voto fue por la liberación de los presos políticos, reduciendo el estallido a la violencia policial cuando la marcha principal era contra las AFP.

Terminamos con una Constituyente identitaria que no abordó la desigualdad. En eso la derecha se aprovecha con atajos. Anunciar una zanja o eliminar programas sociales como “Yo Elijo mi PC” argumentando malos resultados en las pruebas PISA son atajos autoritarios y simplificaciones preocupantes.

— Hay quienes, como Ignacio Briones, sugieren que la ciudadanía también debe asumir cierta responsabilidad por las opciones electorales que respaldó, como la Lista del Pueblo. ¿Qué opina?

— La élite que capitalizó el malestar mediante la Lista del Pueblo lo hizo por una regla electoral que cambió. Su gran orgullo era gritar que marchaban sin partidos políticos, y eso es su responsabilidad.

Los dirigentes sociales tienen que dar explicaciones. Está demostrado en la historia que los avances ocurren cuando hay un matrimonio entre líderes políticos y sociales. Cuando el dirigente social rechaza la política, sale perdiendo, porque los partidos son los que manejan el calendario electoral. Los movimientos sociales también son responsables del fracaso constituyente por purismo y por concurrir al acuerdo por omisión.

— Frente al resurgimiento de liderazgos como Michelle Bachelet o Gabriel Boric en el debate opositor, ¿cómo evalúa el panorama?

— Son candidatos que ganaron elecciones, eso es factual. Pero que la alternativa sean expresidentes demuestra que la izquierda no tiene renovación ni contenido. ¿Cuál es la propuesta? ¿Apostar únicamente a que Kast o la derecha se derrumben?

— Usted plantea sentirse en un escenario de profunda orfandad política. ¿A qué responde esa sensación?

— Soy huérfano político desde que nací, no siento filiación. Tengo una ruptura profunda tanto con la derecha como con la centroizquierda. Creo que he tenido una gran crítica hacia los partidos, no hacia todos, porque son hipernecesarios, sino hacia la lógica de los dirigentes. Y lo respeto, pero no está en mi lógica.

Lo ocurrido con la reforma previsional en el gobierno anterior carece de explicación racional: celebraron con bailes una reforma que no tocó el problema principal, que es la apuesta de casino con el dinero de los trabajadores. Si la mayoría de mi sector festejó eso como un triunfo, la orfandad es total.

— Tras las elecciones interpretaste que Chile cerró el paréntesis democrático que intentó abrir durante 35 años. Con estos meses transcurridos, ¿reafirmas esa convicción?

—Mi resultado fue un veredicto muy fuerte. Dicho esto, sí creo que el hecho de que el gobierno lo encabece gente que reivindica el Estado autoritario y un pasado oscuro demuestra que están equivocadísimos. Creen que terminando con programas sociales como “Yo Elijo mi PC” resuelven las cosas. Esos son atajos irracionales. Sí creo que se cierra un paréntesis que fue democrático, con todos sus defectos. Fueron deshonestos y poco valientes, pero había vocación democrática. Aquí lo que tienes es una vocación autoritaria y una simplificación preocupante del debate público. Hacen una zanja o le quitan los computadores a los niños porque dicen que no hay plata.

— Bajo esa perspectiva, ¿cómo ve la capacidad de la oposición para articular una alternativa?

—El Gobierno sabe que en el mundo del descreimiento nada tiene impacto. Las AFP perdieron 7.000 millones de dólares, no hay plan de seguridad, la economía se enfrió y da lo mismo. Se volvió todo una insoportable levedad del ser. Y cuando uno les dice a los políticos y al mundo social —dígase la oposición— por qué no hacemos una gran unidad en torno a una causa de justicia social, de crecimiento económico y de empleo, empiezan las contradicciones.

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