“Llega el presidente Boric con la escritora Marcela Serrano, mojados porque al presidente se le ocurrió venir caminando. El presidente no quiere molestar y quiere volver a su asiento, pero cuando por fin Carrère llega, este le da calurosamente la mano y le propone nacionalizarse chileno para votar por él. Lo que quedaba de reserva y distancia en Carrère se lo llevó la lluvia”.
Carrère se viste siempre más o menos igual. Vestirse sería demasiado decir. Se pone ropa encima de color verde oliva, o caqui, o marrón. Nunca camisa, siempre polera, una especie de chaqueta también informal y un abrigo que se compró en Buenos Aires cuando se dio cuenta de que la prometida primavera latinoamericana no sería tal.
Llueve ese lunes de octubre en Santiago. Llegó ayer domingo de Buenos Aires y rechazó cualquier invitación a comer o a visitar la ciudad de Santiago. Está agotado. Viene de Brasil, Uruguay y Argentina, con ruedas de prensa extenuantes y charlas para más de quinientas personas. Mil cuatrocientas en Buenos Aires, donde habló con Leila Guerriero de su último libro, Koljós: la historia de su madre, que es la de su padre, que es la suya, que es la de su tía, que es la de Georgia, Rusia, Ucrania, Nabokov, el abuelo colaborador, mayo del 68 visto desde la infancia y un piloto de avión afgano. Un libro que resume muchos libros, pero que es también el de esa niñez feliz en que, jugando con un concepto del colectivismo estalinista, todos los hermanos Carrère se acostaban en la cama de su madre. Una mujer en ese instante, una compañera de juego en ese instante, que luego será una respetada experta en la Unión Soviética, académica francesa y secretaria perpetua de esa academia.
El lunes 5 de octubre, a las 10:00, Carrère aparece en el lobby vestido como se visten los niños o los soldados. Quizás más los soldados que los niños. Es alto, no demasiado, pero lo suficiente. Es delgado; su silueta debe ser la misma que cuando tenía 30 años. En su cara morena le cruzan una serie de arrugas que son la única señal del paso del tiempo. Un tiempo que incluyó abundantes depresiones, peligros físicos y morales de todo tipo, pero que una sonrisa más que ligeramente infantil ilumina. Es un hombre serio, profesional, tímido, pero con algo en los largos mechones de pelo liso blanco que se rebelan de su cabellera, y algo en esa sonrisa estrábica que viene de esa infancia feliz alrededor de la que todos sus libros, varias veces terribles pero casi nunca desesperados, giran.
Está listo para la primera entrevista con Daniel Mansuy para T13. Mansuy habla un francés más que concienzudo y ha preparado con cuidado preguntas consistentes e ilustradas. Carrère, con las luces, se ilumina. Amable, instruido, responde todo, felicita por las preguntas. A veces incluso, cosa que los periodistas agradecemos particularmente, se queda callado en medio de la respuesta para pensar mejor qué va a decir, señal inequívoca de que hemos conseguido llegar a la fibra de algo que le importa. La entrevista termina; firma todos los libros, sonríe y pide ir a su pieza a encontrarse con su abrigo antes de salir hacia CNN.
El camino hacia el canal es largo. Intento amenizarlo explicándole la ciudad, mi vida, la historia de Chile, cualquier cosa. Responde con monosílabos. No es antipático, pero sí distante. Los traumas de mi infancia en Francia vuelven a mí y, en vez de abandonar el intento de seducir al inseducible, redoblo el esfuerzo inútil. “Este es el Mapocho, nuestro río que no es un río, que es un afluente de un río”. “Estas son las carreteras que construimos cuando fuimos ricos”. “Estos son los tribunales y al lado está la cárcel”. Le cuento cómo mi abuela conoció al príncipe Youssoupoff, el asesino de Rasputín (y amante del Marqués de Cuevas, el gran coreógrafo chileno). Y cómo, cuando iba a renovar sus papeles en París, todos los rusos blancos, de los que habla Carrère en su libro, la abrazaban llamándola Sonia, Tatiana, Natacha, pensando que era una de ellos. Dice sí, dice no.
Llegamos al canal. Paula Escobar nos recibe con un desayuno abundante. Carrère decide que este será su almuerzo. También pide no ser maquillado. Pero ha vuelto a ser amable, paciente, gentil. Un poco más que en la entrevista anterior, porque hay mujeres guapas e inteligentes en el pequeño salón en que desayunamos. En la entrevista responde sobre el estado de la guerra entre Rusia y Ucrania. Sobre la desesperación en el frente, sobre el entusiasmo de los ucranianos por no ser olvidados. No pone restricción a ninguna pregunta; sonríe, con esa sonrisa ligera pero un poco adolorida de aquel a quien quizás en algún minuto le costó hacerlo.
Yo, al mismo tiempo, respondo cientos de WhatsApp de amigas, enemigas, conocidas y desconocidas que quieren entradas que se agotaron a los 15 minutos de haber sido puestas a la venta. Todos lo quieren, lo conocen, lo necesitan. En general mujeres, aunque casi todos sus libros hablan de hombres. Quizás ese sea su misterio: Carrère habla de él, de san Pablo, de Limonov, de Romand, de su padre, de hombres inconclusos, de guerreros, de soldados, de suicidas, de gente a la que le pasan cosas. Pocos escritores, y escritoras, hablan de eso. Y pocos lo hacen desnudos, o vestidos con una polera verde oliva.
Se acaba la entrevista en CNN. Como había prometido, junta en una servilleta los sándwiches que quedan, un jugo de durazno y una botella de agua para comer solo en su pieza de hotel. Se despide de Paula, de su hija, también Paula, de todos los ejecutivos del canal con los que se encuentra. Nos subimos a la van con los mismos silencios casi incómodos y la misma sensación de que, como en el colegio francés, me van a poner solo para no contaminar a mi compañero de banco con mi desorden mental. Lo dejamos en el hotel Olá, en la calle Holanda, con su servilleta llena de sándwiches. Se ve contento; no feliz, pero contento. Le digo que al frente de su hotel están los mejores helados de Santiago, los Oggi. Siento que mi insistencia en ese dato culinario está de más.
Mi cabeza, que se parece en eso a la suya, empieza a jugarme malas pasadas y se me ocurre que me odia, que quiere que cualquiera lo entreviste menos yo. No hay ninguna señal que lo indique, pero empiezo a convencerme de que no soy nadie, menos que nadie. ¿Qué hago aquí, quién soy? Trato de buscar razones para existir.
Las sillas infinitas
Carrère da también una charla de Fintual para los ahorristas francófonos, con Cristián Warnken de presentador. Me llegan recados de amigas: que es simpático, divertido, que se fue de juerga con Benjamín Labatut. Yo me retuerzo en la cama pensando qué hice mal, qué dije, qué no estuvo a la altura. Sole Pino, una de mis amigas más queridas, me dice que me encontró charming; lo mismo la Patricia Rivadeneira.
Al otro día hay almuerzo en la facultad, donde el misterio se va a aclarar. Pero en la mañana la decana me avisa que no hay almuerzo, que Carrère quiere almorzar algo rápido con Mauricio Electorat, a quien conoce desde París y con quien comparte varios amigos en común. Muchos invitados quieren probar vino, comidas nacionales, visitar Valparaíso, ir al desierto o a las Torres del Paine; es la razón por la que van tan lejos. Él no. Siguen los WhatsApp pidiendo entradas, que haga de chofer, que le pase libros para firmar. Las sillas infinitas se van instalando en el hall de la biblioteca Nicanor Parra. Ochocientos sentados, calculan; doscientos de pie, más los que lo oirán en el auditorio de abajo.
Quizás la lluvia espante a algunos. Carrère, pienso, tiene una prosa clara, diáfana, una prosa que maneja con perfecto rigor, haciendo de ella más o menos lo que quiere, pero no es un artista que busca ser popular. Sus libros exigen conocimientos, paciencia, curiosidad. Algunos te enfrentan a verdaderas paradojas morales y a momentos de horror ajeno, como en El adversario, o propio, como en Yoga. No es un escritor que dice lo que la gente quiere oír. Pero ahí están las sillas grises, una detrás de otra, esperando el evento.
Para distraerme veo un reportaje sobre la mafia albanesa. Sé que dio más entrevistas en la mañana en la casa central y que no estaba de tan buen humor como ayer. Leo un ensayo delicioso que escribió sobre Balzac, a quien enseño este semestre en la universidad. Estoy de acuerdo con él: Balzac es maravilloso por todos sus excesos, como un amigo que mete la pata, que dice genialidades y tonteras, pero que no esconde nada. Flaubert es insoportable porque quiere ser perfecto.
Son las seis; me traslado al VIP, en el segundo piso de la biblioteca. Café, sándwich que no toco. Carrère viene atrasado: Mauricio, que lo fue a buscar, está atrapado en los infinitos tacos a los que la lluvia obliga. Llega el embajador de Francia, Cyrille Rogeau, encantador como siempre, y su equipo cultural. Pasan varias autoridades universitarias, entre ellos Patricio Walker, flamante presidente del directorio. Los libros que quieren ser firmados se acumulan sobre la mesa. Miro por el ventanal. La lluvia no ha espantado a los asistentes. Sigo respondiendo WhatsApp de gente que quiere entrar. Yo quiero salir.
Llega el presidente Boric con la escritora Marcela Serrano, mojados porque al presidente se le ocurrió venir caminando. El presidente no quiere molestar y quiere volver a su asiento, pero cuando por fin Carrère llega, este le da calurosamente la mano y le propone nacionalizarse chileno para votar por él. Lo que quedaba de reserva y distancia en Carrère se lo llevó la lluvia. Firma con gentileza infinita todos los libros que le proponen firmar. Veo disolverse mi paranoia al mismo tiempo que intento recuperar mi francés.
Bajamos. Las cabezas de los asistentes llenan el hall hasta el fin. Hace frío, me dice Carrère. Los nervios no me dejan sentir nada más que nervios. Recuerdo lo que la Patricia Rivadeneira, que estuvo en el encuentro de Fintual de ayer, me dijo: que no se había hablado de todo lo que ella sintió que le gustaba hablar. Las mujeres, el sicoanálisis, El Reino, su prodigioso recorrido sobre el nacimiento del cristianismo en paralelo con la muerte de su propia fe.
Farfullo en francés la primera pregunta. No es muy clara ni muy simple, pero Carrère tiene la amabilidad de llevarla a su terreno. Habla en frases bien construidas, bien pensadas, pero no se alarga en monólogos interminables, lo que es para el entrevistador una tarea. No es de esos entrevistados ideales a los que hay que ponerles play y luego stop. Tampoco es monosilábico a la César Aira. No: es consistente, sabe lo que dice, piensa un poco entre las preguntas. Le divierte ser entrevistado, sabe hacerlo de un modo profesional. La conversación fluye y se traba y vuelve a fluir. El público reacciona unos segundos después, cuando la muy profesional traductora simultánea les traduce nuestras palabras. Tiene frío, y Pepe Auth le presta una chaqueta de cuero. Ahí la conversación se anima y hablamos de un siquiatra lacaniano que lo atendía, que escribía mal, y al que por eso tuvo que dejar de acudir.
En el chat de la transmisión: “¿Aún no empieza?”. “Falta parafina”. “¿Quién le prestó el abrigo?”. “Esa chaqueta ya es reliquia”. “¿La chaqueta será rifada en la Teletón?”. “Perdonen la ignorancia, pero ¿quién es?”. “¿Es periodista deportivo o de farándula?”. “¿Qué libros escribe Manolo Carrera?”. “Autoayuda principalmente”. “Y de inversión en criptomonedas”.
Gabriel Alemparte, exDC y panelista de Sin Filtros, libra en el chat su propia guerra. “Habiéndolos leído todos…”. “Tío Gumucio, no nos deje en el Aplaplac. Apriete los botones”. “Gumucio no se leyó Koljós, se nota muchísimo”. “Poquita lectura, Gumucio… fome”. “Ya, esa pregunta sobre Limonov y San Pablo está buena”. Le responden: “Ojalá a la próxima te llamen a ti para entrevistar”. “No pesquen al Alemparte, esta es la oportunidad que tiene para decir que sabe francés y que se ha leído a todo Carrère”. “Cosa que a nadie le importa”. “Te amo, Emmanueeeeel”.
Después de una hora, el homenaje a Roberto Bolaño y la entrevista se acaban. Vuelta al VIP, las firmas. Le pregunto si estuvo bien; me confirma que sí. Impertinente lo justo. Algunas firmas más. Paciente. Se va a las 5:30 de la mañana a México, a lo mismo: teatros llenos, hoteles, entrevistas para diarios, revistas. Monterrey, lo mismo, y luego una semana de vacaciones, y después de vuelta a Roma, donde vive. Esto es un poco sin sentido, estar tres días en un lugar e irse, piensa ahora. Quizás no lo vuelva a hacer.
Volvemos en auto con Mauricio Electorat; el diluvio es total. En el asiento del copiloto, Carrère es menos silencioso que ayer. Le hablo de Balzac, de su artículo, y de los que son partidarios de Flaubert contra los que son partidarios de Balzac. Y, claro, los que preferimos la tercera vía: Stendhal. Pero él agrega a Victor Hugo: genial, tremendo, desastroso, demagogo, sublime. Mauricio me deja en mi casa, a dos cuadras de su hotel. “Nos vemos”. Adiós. La llave, la casa, mi hija Carlota, que está terminando Los 400 golpes.