A comienzos de los años sesenta, José Donoso visitó junto a sus amigos Jorge Swinburn y Paulina Del Río una extraña casa a punto de ser demolida en Recoleta. Así se cuenta, al menos, en el recuerdo de quienes rodeaban a Donoso por esos años. La habitaban solo ancianas que tampoco recordaban cómo ni por qué habían llegado ahí. Los muros, los patios, la forma misma de la casa resultaban el fruto de un lento capricho unido a algo parecido a la necesidad. La casa se quedó en un rincón de la memoria de José Donoso, que estaba obsesionado por escribir una novela de la que sabía a ciencia cierta solo el título: El obsceno pájaro de la noche. El título venía de Henry James, pero la energía de escribirlo le surgió de otra escena. Conversando en la calle con Fernando Rivas, una de las lenguas más viperinas de Santiago, vio en un lujoso auto a un niño deforme conducido por un chofer en uniforme. Fue en 1957, según el propio Donoso relataría después en Claves de un delirio.
El pelambre despiadado de Fernando Rivas, su manera de bajarle los pantalones a la sociedad chilena, se mezcló con esta extraña imagen de un niño deforme y privilegiado, y se le ocurrió que tenía que escribir la historia de este niño que, pensó, vivía entre otros monstruos en una casa en que lo monstruoso es lo normal y lo normal es monstruoso.
Para llegar a unir las dos imágenes —la de la casa llena de bacinicas donde vivían mujeres ancianas en algo que parecía un convento y no lo era, y la imagen del niño deforme en su auto con chofer— pasaron ocho años más. Solo un ataque de paranoia debido a una alergia a la morfina le permitió a Donoso buscar una continuidad entre ambos mundos y escribir la que quizás es la única novela chilena que es Chile, que podría explicarlo si todos los demás informes sobre el país —encuestas, diagnósticos, planes de gobierno— se perdieran.
Es imposible resumir aquí la trama de la novela, que involucra a un mudo que es escritor y pájaro, y a una anciana que, como las otras ancianas del convento, esconde en papeles que va doblando cuidadosamente uñas, escupos o restos de pelo. Una de las obsesiones de la novela la une con otro autor, Joaquín Edwards Bello, que quizás antes entendió esa asombrosa pesadilla llamada Chile, una pesadilla que a veces es un sueño. Las viejas del convento de Donoso tienen como proyecto hacer un invunche. Este es un ser mitológico que algunos atribuyen a los mapuches y otros a los chilotes, aunque es esta última la tradición canónica, ligada al mito de la Recta Provincia. En cualquiera de estas dos mitologías se trata de coser todos los agujeros del recién nacido —ojos, boca, nariz, ano— y doblarle una pierna para cosérsela en la espalda. La criatura resultante de esta operación sería un ser sagrado que puede salvar a la tribu de todos los males. Esto que puede parecer remoto y exagerado no lo es tanto cuando recordamos que, según se reportó entonces, para el terremoto de 1960 un niño mapuche fue sacrificado por su tribu de manera más o menos similar.
Joaquín Edwards Bello desarrollará en muchos de sus artículos la teoría del invunchismo nacional. Para él, había en la facultad de destrozar edificios clásicos con añadidos inverosímiles una muestra visible de ese invunchismo, que no era privilegio de las clases más desfavorecidas sino una manera de ver el mundo en que la belleza resultaba siempre una ofensa. En su novela El Roto, un prostíbulo en la Estación Central es el lugar de esa metamorfosis, donde los cuerpos y las almas van deformándose en una sola mezcla de deseo y desprecio. El intento de un buen samaritano de salvar a Esmeraldo, el niño que habita el prostíbulo —criado entre las faldas de las prostitutas, cobijado por los fríos rieles de la estación—, termina con la vida del redentor porque en el fondo no entiende la lógica del niño: su bondad es una forma de desprecio. En La chica del Crillón aplica el mismo escalpelo a la clase alta, mostrándonos una prodigiosa escena donde a una joven de apellido aristocrático pero arruinada se le informa, delante de todos, que tiene mal olor, que huele a sudor, lo que la obliga a abandonar el baile humillada.
Pensé en todas estas novelas, y en algunas más (Patas de perro, de Droguett, Casa grande, de Orrego Luco), cuando me mostraron cómo se quemaba la torre de Enel y el metro el 18 de octubre de 2019. Los meses siguientes solo aumentaron estos recuerdos. El llamado Jardín de la Resistencia, que se instaló en la entrada de lo que fue el Metro Baquedano —esa plaza hundida intervenida con flores, pasto, afiches, fotografías y rayados alusivos a las manifestaciones—, la manera en que se reacomodó el espacio de la plaza, los escudos y la vestimenta de los insurgentes, todo revelaba una manera de reaccionar a la belleza, es decir el mundo que subyace a todos nuestros intentos de ser el país modelo, la pequeña Bélgica o Suiza, la Inglaterra de Latinoamérica. No es que esos intentos sean falsos y el invunche verdadero: es que ninguno existe sin el otro. Uno es el otro. Plaza Italia y el barrio Lastarria, antes de octubre, se llenaron de restaurantes de fusión o casi, de cines, de locales gentiles donde gente de distintas clases compartía gustos y aficiones. Pero, igual que el Mudito Humberto Peñaloza, protagonista de “El obsceno pájaro de la noche”, aguantaba en la sombra las humillaciones a las que el orden y la paz lo sometían, el barrio esperaba para estallar en otra belleza que tenía como corazón un par de iglesias en llamas.
Entre las figuras que el estallido rescataba estaba, por cierto, Gabriela Mistral, y Pedro Lemebel, pero también Nicanor y Violeta Parra. Esto no impidió que las hordas incendiaran su museo tres veces en apenas tres semanas —el 7, el 28 y el 29 de febrero de 2020—, hasta consumirlo por completo. Si hay un Chile oscuro, un Chile oculto, un Chile vudú, a este lo recorrió como nadie Violeta Parra. Su propia figura tiene algo de machi, de bruja y de diosa. Su talento para invocar espíritus es único, como su capacidad para entender en qué consiste la música de Stravinsky sin leer una partitura suya, o la poesía de Rimbaud sin haberlo leído. Una intuición de arcilla negra conectada con todas las palabras dichas y no dichas, con todos los adelantados que, asustados, murieron entre los caciques sobre una tierra que nada logra mantener quieta.
No estaba entre los símbolos del estallido, pero podría haber estado, el primer español que tuvo hijos mestizos, el primero que se hizo un lugar en este país no por conquista sino por naufragio y vergüenza. Hablo de Gonzalo Calvo de Barrientos, el Desorejado. Le faltaba una oreja: se la había hecho cortar Francisco Pizarro como castigo por un robo. Huyendo hacia el sur, en 1533 fue acogido por Michimalonco, curaca del valle del Aconcagua. Sería llamado, con el tiempo, “el patriarca del mestizaje”. O más bien hablo de su compañero de correrías, Antón Cerrada, que según cuenta el propio Edwards Bello en Mitópolis vivía en Conchalí junto a sus hijos mestizos —el barrio que hoy lleva ese nombre—, mientras Calvo de Barrientos, desorejado y sin descendencia conocida, seguía su camino hacia el sur.
La primera mujer no indígena que llegó a Chile era negra, algo que la historiografía chilena suele pasar por alto. Se llamaba Malgarida, aunque algunas crónicas la llaman Margarita. Era la amante, después de ser la esclava, de Diego de Almagro, quien la liberó cuando fue sentenciado a muerte en el Cuzco. No sabemos qué pensó, qué vio o no vio de esta desastrosa empresa que terminó con decenas de caciques quemados vivos cual antorchas para iluminar el camino de regreso de Diego de Almagro al Cuzco, donde él y sus huestes recibieron el sobrenombre de los “rotos de Chile”. En la guerra civil que Almagro inventó para recuperar algo de la tierra, el honor y el dinero perdidos en Chile, perdió la cabeza: le aplicaron garrote vil en su celda, y ya muerto su cuerpo fue arrastrado a la plaza principal del Cuzco, donde el verdugo le cortó la cabeza ante todos, como escarmiento público. Malgarida reunió su cuerpo con su cabeza y fundó una capellanía dentro del convento de la Merced del Cuzco, donde hizo enterrar juntos a padre e hijo —porque en la misma iglesia reunió también la cabeza del hijo de Almagro, el Mozo, con su cuerpo, y lo acostó cerca de su padre—. Se reservó un lugar entre los dos y ahí se acostó a morir.
De ahí venimos. Somos hijos de Inés de Suárez, que no tuvo hijos, la amante de Pedro de Valdivia; y de Marina Ortiz de Gaete, la esposa de Pedro de Valdivia, que se casó con él en 1527 siendo apenas una adolescente y tampoco tuvo hijos en los diez años que vivieron juntos, ni después. Pero también de Malgarida, que sí tuvo hijos pero no pudo criar, porque como esclava que era se los quitaron al nacer; y de Antón Cerrada, viviendo sus últimos años conocidos en Conchalí rodeado de los hijos mestizos que sí tuvo, mientras su compañero desorejado seguía solo hacia el sur. Esa filiación negra y mestiza explica quizás algunas cosas que no queremos explicar de quiénes somos y no somos. Como también nos explican esas dos madres estériles de las que casi todos provenimos. Eso, y ese sobrenombre “los rotos de Chile”, que persiguió como una maldición a los que tuvieron la mala idea de penetrar los bosques de flechas más al sur. Para qué hablar de los que luego llegarían a la tierra del invunche, la Recta Provincia, sociedad secreta que se dividió esta tierra a través de ritos secretos que hasta el día de hoy nadie puede penetrar.
No todo lo explica esa filiación con la magia y el desprecio, la Recta Provincia, ese nombre que evoca dos obsesiones chilenas, la rectitud y la provincia, pero que esconde una junta de magos que dominan la realidad que nadie ve. Todo eso convive, por cierto, con nuestra manía por las leyes, nuestra pasión por las reuniones de comité, nuestro liberalismo conservador, nuestra Escuela Normal y nuestra Universidad de Chile. Todo eso somos: Andrés Bello y su gramática, Andrés Bello y su Código Civil somos nosotros; pero en una cuadra perdida, en un barrio olvidado, la Casa de Ejercicios Espirituales de la Chimba, el recinto en que Donoso escondió a sus reclusas, domina las partes de la realidad que llamamos sueños. No deja de ser urgente saber que estos vecinos dominan parte del barrio.
Puedo coincidir con el gobierno actual que muchas tesis de humanidades, muchas novelas o poemas parecen superfluos e innecesarios. Somos, y eso es parte de nosotros, como el Invunche, un poco Jeremy Button, ese fueguino que recogieron Darwin y Fitzroy y amaba usar chaquetas con muchos botones que lo hacían ver europeo. No lo era y cuando lo devolvieron con su gente, la chaqueta se convirtió en un insulto y un obstáculo. Somos europeos también de esa manera, de los botones para fuera, pero saberlo es esencial a la hora de intentar reformas de mercado de capital, del código laboral o el código minero. Leer El Roto y leer El obsceno pájaro de la noche no es opcional si quieres trabajar para Chile, cambiarlo o solo gobernarlo. Hijos de mujeres que no tuvieron hijos, somos la memoria de lo que hemos sido, pero también el sueño y la pesadilla de lo que pudimos ser.