Secciones
Entrevistas M

Carolina Delpiano: una cabeza múltiple

Los que la conocen le dicen “Da Vinci” porque todo lo creativo lo hace bien. Y bonito. Tiene un don, sin duda, lo que le ha permitido ser presentadora de televisión, fotógrafa, entrevistadora, escritora de libros infantiles, diseñadora de interiores (de restaurantes y hoteles), de revistas (ella inventó, entre otras cosas, la imagen de la Zona de Contacto) y ahora de una particular línea de ropa. Aquí conversa con nuestro columnista —su amigo Rafael— para intentar definir, si es que fuera posible, en qué están hoy sus múltiples intereses. “Supongo que todos somos neurodivergentes; pero yo parece que mucho más. Me aburro cuando no hay novedad, me gusta el movimiento”, asegura convencida.

Rafael Gumucio: —¿Cómo llegaste a la costura?
Carolina Delpiano: “Siempre he cosido y siempre me ha gustado la ropa. Un poco secretamente es lo que más me gusta en el mundo, la ropa y los libros. Los libros están súper caros, ¿no? Sobre todo para mí que compro muchos libros de arte o de cosas raras. Muchos libros de niños —no solo porque me gusta, sino porque he escrito libros infantiles y porque me gustan las ilustraciones—, y encuentro libros rarísimos. Ahora prácticamente no entro a las librerías, solo compro en ferias libres, ventas de garage, en Franklin. Lo que más me encantan son los libros de fotografía, pero busco los de fines de los 50 y 60, todavía en blanco y negro, casi sin ilustración a color: nunca más se ha vuelto a imprimir fotografía como en esa época, una calidad de negro y blanco que parece de plata”.

—¿Cómo pasamos de la foto a la ropa?
“Porque tengo muchos libros de diseño de vestuario, y porque como te dije la otra pasión, aparte de los libros, es la ropa. Hubo algún minuto en la vida en que yo prefería, antes de comprar la obra de un artista emergente, comprar un vestido de Comme de Garcons al mismo precio, la obra me parecía muchísimo menos interesante que el vestido y lo colgaba en la pared como un cuadro. Yo siempre he pensado la ropa mucho más como un objeto de arte. Me gustaría, si tuviera espacio, tener una galería llena de vestidos colgados. El otro día fui a la venta de ropa del Teatro Municipal, a sapear, no iba hace 20 años porque le temo a esa venta, podría salir con un camión. Lo que me gusta ahí es la ropa de los que hacen de obreros o de campesinos en las óperas: una ropa hecha de arpillera, o de lino grueso, medio mal cosido, con una paleta de colores sucia, que es la más bonita”.

—¿Te gusta la ropa fea?
“Sí, pero no es fea, yo encuentro que es la más bonita. Es una pasión de familia: nací y me crié en Franklin. Mi papá y mi mamá lo único que pensaban los fines de semana era ir al persa, todos juntos, al cachureo y las antigüedades. Llegábamos con muebles o galerías de ventanas de madera de demolición a la casa, se compraba el removedor de pintura y nos pasábamos la jornada raspando muebles con todos mis hermanos. Mi mamá cosía. Ahí aprendí a coser, en realidad”.

—¿Y cómo llegaste a hacer ropa para vender?
“Siempre he sido un poco coleccionista de hallazgos textiles, y hace como un año estaba botando unas tote bag —esas bolsas con las que todos, sobre todo las mujeres, tenemos una relación muy emocional, porque nos traen recuerdos, son de buena calidad y tienen diseños cuidados— y las encontré tan lindas que las transformé en una pollera. Ahí pensé que era una muy buena idea y de esa primera vez vinieron luego muchos pedidos. Luego me inscribí en una feria de diseñadores y esa primera mañana vendí todas las polleras que había llevado. Todas. Después entré en una vorágine muy fascinante, porque siempre ando buscando buenas lanas. Lo que me gusta de la ropa antigua, de la que uno encuentra en una venta vintage o en las tiendas de segunda mano, es que uno se topa con textiles desaparecidos que ya no están en el comercio. He encontrado prendas absolutamente insólitas: 100% cachemira de las mejores industrias textiles italianas, intactas, sin uso. A Chile, siendo tercer mundo, le llegan containers de prendas de muy buena calidad. También me regalan corbatas y ropa del abuelo o del papá que ya no se usan o que ya nadie quiere en la familia”.

—¿Y de dónde nace esa idea de hacer ropa de mujer a partir de ropa de hombre reciclada?
“Porque tenía hartas cosas de vestir masculino y porque la ropa de hombre siempre es mucho mejor confeccionada que la de mujer. Siempre, salvo que estemos hablando de Prada. La ropa de mujer es mucho más desechable, se va cambiando temporada a temporada. Probablemente nos conformamos con un estampado encantador, con la última tendencia. En cambio, el vestir masculino es un vestir eterno, no está tan influido por la tendencia. La ropa de hombre es una tristeza, entonces su única posibilidad de felicidad está en la calidad, en la suavidad, por lo que las sastrerías tienen un diseño de una sofisticación y elaboración de altísimo calibre. Es ropa que no está hecha desde los sueños, desde la fantasía, como está hecha la ropa de mujer, sino desde el oficio, desde una necesidad real: no hay un bolsillo en una prenda masculina que no tenga una ubicación precisa, para la moneda, para la billetera, para el reloj. Además, todo está hecho a mano”.

—Tú reciclas esa ropa y le bordas objetos de oficina.
“Sí, inventé una colección que se llama The Office, riéndome de la serie —que no he visto mucho, porque no es para mí como Los Simpsons—, pero también riéndome de esa cosa tan rara que es para nosotros, los no-oficinistas, la oficina: la fotocopiadora, la secretaria, todas las oficinas que están en nuestro imaginario desde el Jappening con Ja a Mad Men. La única vez que trabajé en una oficina fue en El Mercurio, muy chica, mi primer trabajo, pero era tan adolescente y tan outsider de ese mundo que lo visitaba como podría haberlo visitado un extraterrestre. La cosa es que inventar una colección de ropa que tuviera un relato, un rescate textil e histórico, una selección de calidades, era en el fondo una historia que contar: encontré unos poemas de Benedetti sobre la oficina, que son magníficos y que probablemente hablan de la corchetera, el clip, la planta, la taza, pero también de la letra chica y del no dude en llamar. Ahí se me apareció algo muy entretenido, muy fascinante, seguramente también porque necesito cambiar cada cierto tiempo”.

—Yo te he conocido diseñadora gráfica, fotógrafa, presentadora de televisión, entrevistadora, encargada de diseñar hoteles. ¿Por qué tantas cosas distintas?
“Supongo que todos somos neurodivergentes; pero yo mucho más. Me aburro cuando no hay novedad, porque me gusta el movimiento. A mí lo que me gusta es inventar las cosas, mucho más que hacerlas. Llevo casi dos décadas dedicada al diseño y la experiencia de interiores, y lo que me interesa es diseñar más que realizar. La ropa me lo permite, igual que callejear: lo que más me gusta en el mundo es pasarme todo el día en el centro caminando, perderme en una feria. Como fotógrafa, por ejemplo, cuando me puse a hacer fotografías de animales muertos yo veía belleza ahí, mucha belleza y mucha ternura. Si alguien encontraba un pájaro muerto en la calle yo feliz me subía al auto con él, pensando cómo iba a hacer esa foto en la tarde, googleba qué especie era, buscaba flores y plantas. A otras personas les daba mucho asco, pero a mí nada. Igual me di cuenta de que esas fotografías de cosas fuertes terminaron llevándome a otro tipo de muerte, algo que me asustó y ya no he vuelto a hacer esas fotos”.

—Nos conocimos en la televisión donde marcaste época. Gato x Liebre, Plan Zeta, pero también el Sillón Verde donde hacías entrevistas buenísimas. ¿Por qué no seguiste?
“Hicimos cosas demasiado entretenidas. Y lo último, hace un par de años, fue precioso. El programa Arte Todo, en Art TV. Una experiencia gloriosa, que de hecho se sigue mostrando. Pero la televisión me angustiaba mucho. Supongo que eso le pasa hasta a Don Francisco. Siempre tengo vértigo en la televisión porque tengo mucha intolerancia a no tener control sobre los resultados. Me pasaba como fotógrafa, creo que le pasa a toda la gente que inventa cosas: el miedo de la tela en blanco. Ya no me aprendo ni me sé los nombres de los ministros como los manejaba antes, hasta recién amaba los cambios de gabinetes, me daban un nervio como me daría una entrega de los Oscar o un partido del mundial. Ahora me dan igual. Antes había un personaje, una clase política en la que al menos conocíamos a alguien. Ahora no conozco a nadie, llegué hasta Boric. En el fondo somos como de la era de la Concertación y morimos con ella, ¿no crees?”.

—Pero uno podría decir que te fuiste de la política a la estética.
“¿Por qué? Nunca estuvieron separados, nunca fueron dos caminos excluyentes. Mientras hacía televisión, al mismo tiempo estaba haciendo fotografía, al mismo tiempo estaba inventando escenografía. Siempre estaban en paralelo”.

—En la televisión hablabas de política desde un punto de vista muy crítico. ¿Hay algo de eso en tu diseño?
“Me interesan las cosas que otros descartan, no me gustan las tendencias que a todo el mundo le gustan. No sé si es tan político como profundamente personal y estructural, pero tiene que ver con eso que yo llamo la hipertransversalidad: un día en un lugar, al otro día en la calle, todo me interesa. Siempre lo que hago tiene esa flexibilidad entre el humor y la alegría y también un lado más sombrío. Esa soy yo y eso le da espesor a lo que hago. Siento que la persona que yo soy es una mujer a la que le gusta estar encerrada en su casa con la tele prendida, escuchando algún buen programa político, mientras estoy en el computador preparando una presentación, y al mismo tiempo bordando o pintando algo, buscando una referencia entre los libros mientras hierve la tetera. El modo “la residencial”, como dicen mis amigas. Un poco síndrome de cabaña: me gusta el encierro, y de ahí bajar a la ciudad. Esa es mi vida ideal”.

—A mí me cuesta tanto manejar la artesanía de mi oficio que no tengo tiempo para pensar en la página en blanco. Pero tú en cambio empiezas a hacer fotografías y te salen perfectas inmediatamente.
“Todo me da un poco de miedo y también padezco de la incertidumbre de lo que significa sentarme a resolver algo creativamente… pero es lo que conozco y en lo que confío. Debe ser porque es lo único que sé hacer bien. No hablo ningún idioma, y el español no del todo bien, pero cualquier cosa creativa es mi territorio”.

Notas relacionadas








Carolina Delpiano: una cabeza múltiple

Carolina Delpiano: una cabeza múltiple

Los que la conocen le dicen “Da Vinci” porque todo lo creativo lo hace bien. Y bonito. Tiene un don, sin duda, lo que le ha permitido ser presentadora de televisión, fotógrafa, entrevistadora, escritora de libros infantiles, diseñadora de interiores (de restaurantes y hoteles), de revistas (ella inventó, entre otras cosas, la imagen de la Zona de Contacto) y ahora de una particular línea de ropa. Aquí conversa con nuestro columnista —su amigo Rafael— para intentar definir, si es que fuera posible, en qué están hoy sus múltiples intereses. “Supongo que todos somos neurodivergentes; pero yo parece que mucho más. Me aburro cuando no hay novedad, me gusta el movimiento”, asegura convencida.

Rafael Gumucio
¿Es de ultraderecha el actual gobierno?

¿Es de ultraderecha el actual gobierno?

Vaya tontería, contesta nuestro columnista, en las antípodas de ese discurso. Es más: asegura que, en un grave error de análisis, la izquierda pretende instalar un concepto peligroso y equivocado sobre Kast que, una vez más, los terminará perjudicando a ellos mismos el actual gobierno?

Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio



Cambio de ciclo

Cambio de ciclo

La reforma traerá más inversión y más crecimiento, y de manera más gradual, recuperación de empleos. Paso a paso cambiará la tendencia de una economía con resultados mediocres a una economía más dinámica, más abierta y sana.

Foto del Columnista Alejandro Weber Alejandro Weber