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Arte en el centro de Santiago: el regreso de la mítica Galería Bucci

En el otoño de 1975, dos años después del golpe militar, el italiano Enrico Bucci instaló en el centro de Santiago una galería de arte. Rápidamente el local de calle Huérfanos se convirtió en un núcleo energético, sin otra curatoría que el espíritu experimental de su artífice. Hoy, a 50 años de ese gesto, su hijo Pier —músico que no vive en Chile— volvió a revitalizar el mismo espacio bajo el sello “Bucci”, como indica su elegante letrero. Ahí comercializa obras que heredó de su padre y también ha incorporado preciosos y desconocidos trabajos de Roberto Matta, que adquirió recientemente. Pero, advierte: “esto no es una galería, sino un pop show”.

Pier Bucci (56) no es de ningún lado. Y es de todos. “Hay un solo país, llamado Tierra, y una sola raza, llamada Raza Humana”, dice con una sonrisa suspicaz que le saca chispas de los ojos y un hablar que corre ligero, intentando alcanzar la velocidad del pensamiento. Así, bajo el sol inclemente, lo vemos avanzar —como un duende menudo y saltarín— por las calles del centro de la capital, con sus hawaianas y su sombrero de paja ecuatoriano. Se saluda con conserjes, cuidadores de autos y almaceneros. Lo conocen desde adolescente, cuando vivía en la calle Huérfanos 526, esquina Santa Lucía, en el mismo edificio donde su padre, el italiano Enrico Bucci, instaló en plena dictadura una galería de arte que encendió la luz en medio del apagón.

Ha ido y venido varias veces, desde que en 1991 decidió que la vida era un viaje y, acto seguido, se lanzó a recorrer el mundo. Tenía 22 años y cien dólares en el bolsillo. Partió por un año y medio viajando a dedo por Latinoamérica hasta Brasil, donde abrió un negocio de arte que se llamaba Odisea Art Company. Ahí se dedicaba a pintar y vender lo que le pidieran. Pasado un par de años comenzó a viajar en el velero de unos empresarios neozelandeses que conoció, y que lo adoptaron como experto navegante. Había aprendido el arte de las velas de niño, en el club de yates de Arica, donde pasó su infancia junto a su padre, el otro protagonista de esta historia.

A bordo de un velero Pier navegó hasta Sudáfrica donde estuvo un tiempo entre velas y pinturas. Luego se marchó a Italia, a Cerdeña. Allí, nuevamente, hizo navegaciones y pintó, ofreciendo su trabajo a amigos, muchos de ellos figuras del jet set italiano del momento: actrices, modelos y empresarios millonarios.

Tras un tiempo se cansó de los veleros y el jet set y decidió regresar a Chile. Eso fue hacia finales de los 90. Entonces, junto a su hermano Andrés, comenzaron a ser Djs y a componer música electrónica. Los hermanos Bucci animaron el circuito electrónico noventero y despertaron atención más allá del mar y la cordillera.

A comienzos del 2000 murió su padre y, al poco tiempo, su madre. Entonces Pier y su hermano decidieron dejar definitivamente su residencia en Chile. Se radicaron en Berlín y comenzaron una carrera muy intensa como músicos electrónicos, llegando a los primeros lugares de las revistas especializadas de Europa y Japón. En 2005 Pier debutó en solitario con su álbum Familia, un disco orgánico y melódico que fusiona influencias latinas con el estilo alemán. Uno de sus temas, titulado “Hay Consuelo”, se convirtió en un himno que comenzaron a tocar Djs de todo el mundo, llegando a ser número uno en 2006. Fue entonces cuando su vida se disparó: entrevistas en medios escritos y televisión (como la BBC), rutinas intensas, conciertos permanentes, viajes, trasnoches y mucho dinero.

Pero el ritmo, el nivel de exposición y la superficialidad del ambiente no fueron bien tolerados por este músico de temperamento sensible y profundo. “Me estaba traicionando a mí mismo, en un sistema frívolo, narciso, lleno de gente que está preocupada de lo exterior, que se suicidan por la imagen”, dice Pier. “Hay mucha ansiedad, mucha gente adicta al alcohol, a la ketamina, a la cocaína…. de todo. Yo nunca me sentí parte, nunca tomé copete ni tampoco me dediqué a las mujeres, pero esa era la onda. Viajaba a todos lados, estaba en China, en Japón, en Irán. Tenía sello y agencia en Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania y managers que manejaban mi tiempo. Ganaba como 300 mil euros anuales, durante varios años y eso era rico. Pero no estaba feliz, sentía que no era un ambiente cultural y yo necesitaba hacer algo significativo. Para mí la música ha sido siempre algo personal, íntimo. La fama me llegó de rebote, nunca la busqué”.

Después de una década girando incómodo en esa máquina, Pier decidió salirse de los sellos, dejar Europa y trabajar en un proyecto personal componiendo sus temas en solitario, viajando y a abocándose a una búsqueda espiritual. Dice que se dio cuenta de que la fama y las constantes alabanzas estaban haciendo que “levantara los talones del suelo” y perdiera contacto con la realidad. “Entendí que eso podía ser un punto de no retorno. Puedes desconectarte tanto de ti mismo que ya no sabes cómo recuperarte. Te has convertido en un servidor del sistema y has perdido totalmente tu libertad”.

Tras esta crisis partió a la Amazonia peruana, donde pasó varios meses haciendo curas de ayahuasca con chamanes. Esa experiencia lo marcó mucho. Por un lado, se desintoxicó de toda la “basura” que había absorbido en su momento de mayor “éxito” y, por el otro, buscó conectarse consigo mismo y con su linaje, especialmente por el lado de su madre, Maruca Astaburuaga. De hecho, su actual proyecto —que integra música, arte, ecología y espiritualidad— se llama Maruca Art.

En el Amazonas peruano decidió invertir sus recursos y creó la fundación Amaru Mayu para proteger 10 mil hectáreas de terreno habitadas por indígenas “no conectados” (que nunca han tenido contacto con el mundo exterior). Estableció una “zona de amortiguamiento” para garantizar que “nada entre ni nada salga” de la zona protegida, evitando enfermedades y la influencia externa que pondría en riesgo a las comunidades indígenas.

En los últimos años ha viajado por toda Latinoamérica, estableciéndose por temporadas en Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia. Ahora, tras la pandemia, se instaló en Costa Rica, donde decidió quedarse definitivamente. Compró un terreno de bosque nativo y ha construido su casa con sus propias manos. “Es todo orgánico”, dice. “He usado piedras, bambú, barro, madera, palos del bosque. Yo ahora vivo en un paraíso, complemente feliz y en paz. Estoy rodeado de millones de microorganismos, plantas, animalitos que viven en armonía. Todos actúan en esto, pero ninguno de ellos pierde su identidad. Por eso no hay conflicto, porque al roble en ningún momento se le ocurre ser buitre o pato, él siempre va a ser roble y está contento con su labor”.

Junto con la casa, comenzó a plantar bananos, así que está ocupado todo el día en lo que llama “meditación activa”. Pero el dinero se acabó y, por ello, volvió a hacer algunas presentaciones musicales más pequeñas en distintos lugares de Latinoamérica y también en Chile. Además, comenzó a buscar acá otras formas de generar recursos. “En Chile hay muchas oportunidades, hay dinero, es un lugar interesante para hacer cosas, pero no volvería a vivir aquí”, dice.

En uno de sus viajes a Santiago, se acordó de que en la bodega del departamento donde se queda en calle Huérfanos —el mismo donde vivió en los 90— había obras de arte que había dejado su padre, pertenecientes a la Galería Bucci, que funcionó en ese lugar entre los 70 y los 90. En ese pensamiento andaba cuando apareció un empresario de Arica que había conocido a su padre y le propuso hacer de nuevo la galería, ver qué piezas faltarían para una colección e invertir en comprar obras. Pier se contactó en Italia con quien fuera en otro tiempo el impresor de los grabados de Roberto Matta y, con el apoyo de su nuevo financista, compró las primeras 12 joyitas de pequeño formato de Matta, que son aguafuertes y collages.

El año recién pasado reabrió el local bajo la marca Bucci, a secas. Pier aclara que no es una galería, sino un “pop show”, ya que no tiene la estructura legal y administrativa de una galería convencional. Lo que hace son eventos esporádicos, para mostrar obras y luego vuelve a cerrar. Ya ha hecho varias muestras, con obras de Matta, otras de su colección personal y también exhibió el trabajo del artista Sebastián Maquieira. Las ventas han sido exitosas y los eventos convocan interés, porque fusionan el mito de un espacio emblemático con obras valiosas a precios accesibles. Además, Pier sumó otras expresiones, como música y audiovisuales producidos por su propio sello, Maruca Art.

El galerista italiano

Enrico Bucci, el padre de Pier, era un italiano aficionado al arte, la cultura, los viajes… y las mujeres. Se movió permanentemente entre Europa y Latinoamérica, y también dentro de Chile. Tuvo 15 hijos de 5 mujeres distintas, “y a todas las dejó sufriendo su abandono”, según cuenta Pier, pues no tardaba mucho en cambiarlas por otra. “Él practicaba el amor a la europea”, me dice Pier. “¿Y cómo es ese amor?”, le pregunto. “Amor sin amor”, resume.

Pier es el tercer hijo, y comparte la misma madre con Juan Pablo y Andrés. Admira a su padre, con quien se crio, ya que su mamá tenía problemas psicológicos que le impidieron estar todo el tiempo con los hijos. Y en el último tiempo, dentro de su proceso de sanación, ha recuperado el hilo de su memoria y de su quehacer en Chile. Pero confiesa que siempre se sintió lejano afectivamente, que no supo de abrazos ni de contención emocional pues su padre era fiel representante del “narciso cultural” de primera mitad del siglo pasado. Derrochaba buen gusto, curiosidad intelectual, guapura, energía y simpatía; gozaba de cierto poder económico y, cómo no, era un seductor empedernido.

Enrico Bucci desembarcó en Chile en 1953, a sus 24 años, para dedicarse a negocios que resultaron exitosos en Arica. Lo cautivó este paisaje donde se mezclaba el desierto y el mar pero, sobre todo, quiso descubrir los misterios que escondía el pasado indígena. Visionario y energético, en mayo de 1975 instaló en Santiago la Galería Bucci. Su gesto fue una osadía en un país que acababa de sufrir un golpe militar y que estaba en un momento de castigo a la libertad de expresión. Su espacio fue un pulmón que permitió respirar a diversas manifestaciones creativas y le dio lugar a trabajos experimentales y provocativos. La primera exhibición que hizo en la galería Bucci, en 1975, se llamó “Homenaje al Norte Grande”. En ella combinaba obras de pintores tradicionales con piezas de culturas originarias facilitadas por el padre Le Paige, quien llevaba el museo arqueológico de San Pedro de Atacama. Durante la década de los ochenta, su galería mostró arte geométrico y cinético, revalorando el aporte de figuras notables que aún entonces no tenían todo el reconocimiento que merecían, como Matilde Pérez y Ramón Vergara Grez. En ese interés se conectó con gente de otros lugares, como el argentino Julio Le Parc, artista de la luz y el movimiento. También, a finales de esa década, se interesó en el arte político, por los autores que estaban en el exilio y por la escena crítico-experimental, mostrando la obra de artistas como Francisco Brugnoli, Virginia Errázuriz, Eugenio Dittborn y Guillermo Núñez. Incluso mostró la performance “Las dos Fridas”, del colectivo formado por Pedro Lemebel y Francisco Casas, las Yeguas del Apocalipsis (una obra fotográfica de gran reconocimiento internacional que hoy está en el Moma de Nueva York, en el Reina Sofía de Madrid, en México y Argentina y que este mes acaba de ser instalada en el Museo de Bellas Artes de Santiago en la exposición retrospectiva “Desbocadas”).

A finales de los ochenta, Enrico dejó de vivir en Santiago para instalar otra sede de Galería Bucci en Arica. Tras eso, realizó la instalación “Flores del Desierto”. Se trataba de 250 cuadros con imágenes de flores que apelaban al fenómeno del desierto florido en Atacama. Esta obra se mostró también en el Estadio Nacional a finales de los 90, como un modo de contrastar la vitalidad floreciente con la memoria de la muerte, inundando de color es espacio marcado por la detención y tortura de miles de personas tras el golpe militar. En el documental “Estadio Nacional”, de Carmen Luz Parot, hay una escena con la esperanzadora imagen de esa instalación.

En 2001, Enrico Bucci falleció y sus hijos heredaron su colección de pinturas. Pier y sus hermanos directos, Andrés y Juan Pablo, se quedaron con su correspondiente parte. La colección incluye obras de artistas de los años 70 y 80, internacionales y chilenos. Hay pinturas del cinético argentino Horacio García Rossi y de uno de los precursores del arte abstracto español, Luis Gordillo, pero también de nacionales influenciados por el exilio, como Gracia Barrios.

“Mi padre y su galería han sido el único lugar en la historia de Chile donde convergieron variadas expresiones artísticas. Era una época en que Chile estaba en un cambio y los sucesos de ese momento le dieron la oportunidad a un empresario para crear un lugar de acogida para las artes sin fines de lucro. El aporte que realizó es solo para los que entienden de arte con una visión global, para los que experimentan el arte como una forma de vivir profundamente”, remata Pier.

Lo que hace Pier Bucci son eventos esporádicos, para mostrar obras y luego vuelve a cerrar. Ya ha hecho varias muestras, con obras de Matta, otras de su colección personal y también exhibió el trabajo del artista Sebastián Maquieira. Las ventas han sido exitosas y los eventos convocan interés, porque fusionan el mito de un espacio emblemático con obras valiosas a precios accesibles.

La primera exhibición que hizo en la galería Bucci, en 1975, se llamó “Homenaje al Norte Grande”. En ella combinaba obras de pintores tradicionales con piezas de culturas originarias facilitadas por el padre Le Paige, quien llevaba el museo arqueológico de San Pedro de Atacama. Durante la década de los ochenta, su galería mostró arte geométrico y cinético, revalorando el aporte de figuras notables que aún entonces no tenían todo el reconocimiento que merecían, como Matilde Pérez y Ramón Vergara Grez. En las fotos, de barba, Enrico Bucci, el gestor y primer dueño de la galería.

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