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Aula (In)Segura

Las dinámicas de violencia anulan la curiosidad intelectual, el avance de toda observación de la realidad y la progresión de las ideas para el bien de la comunidad. Dejar a un lado el uniforme, el respeto a los educadores y la adolescencia llena de asombro es simplemente destruir el futuro, es ahondar en la aporía de patear piedras sin ofrecer oportunidades ni capacidades.

El aula más allá de lo físico sugiere una dimensión simbólica que nos remite al espacio de conocimiento, transformación y desarrollo al interior de una dinámica de compartido aprendizaje. Es un paisaje formativo desde el cual todas las experiencias confluyen, las perspectivas se encuentran y los diálogos se sitúan. Si bien parece llevarnos a contextos académicos y educativos cerrados también posee la dimensión del ágora griega, un espacio de convivencia, persuasión y deliberación. Desde ese repliegue formativo y desde ese despliegue dialogante el aula se ve influida por los vaivenes del entorno sociopolítico. La rebeldía entendida como activo político en la temprana ciudadanía, a la luz del proceso de aprendizaje y maduración de las reciprocidades, no calza y acelera instancias que requieren antes la incubación prudente de valores y actitudes.

La educación escolar en nuestro país es un espacio fundamental para incentivar la civilidad, la ciudadanía responsable y la importancia de la reflexión crítica constructiva. Las manifestaciones prácticas de disenso y deliberación no deben conducir a atajos de violencia, agresividad y cancelación. Desde ahí no se forja educación, no se forja cambio, no se forja sentido colectivo. Siguiendo esa línea directivos y apoderados no están llamados a generar meras reacciones, compasivas, pero no responsables, sino más bien son parte de una cadena multidimensional que hace de la educación un canalizador de valores, actitudes y acciones funcionales a la democracia y a la convivencia pacífica.

Overoles blancos, bombas molotov, violencias militantes y discursos cargados de consignas confrontacionales no forman parte del civismo y tampoco de los márgenes permitidos a toda desobediencia civil. La anomia, la anarquía, el nihilismo y el sinsentido de la irracionalidad no combinan con la educación, con la proyección formativa y con los derechos y deberes que se derivan de la inteligencia y el conocimiento puestos en práctica. Las dinámicas de violencia anulan la curiosidad intelectual, el avance de toda observación de la realidad y la progresión de las ideas para el bien de la comunidad. Dejar a un lado el uniforme, el respeto a los educadores y la adolescencia llena de asombro es simplemente destruir el futuro, es ahondar en la aporía de patear piedras sin ofrecer oportunidades ni capacidades.

El mayor dolor para una sociedad democrática es no tener descendencia, no tener hijos que pujen por un mañana mejor. La educación supera los entornos físicos porque desde un inicio ofrece trascendencia y mutualidad constructiva; encapucharse, esconderse, lanzar piedras o bombas desde la distancia anónima solo acusa falta de argumentos, falta de amor por el país, falta de prudencia y madurez ciudadana. Antes, durante y después se hace necesaria la sinergia, la formación actitudinal, la conciencia educativa comunitaria y social. Somos parte de un todo que se deforma y forma, que requiere definiciones claras y seguras para proteger el cuerpo, la mente, la libertad de pensamiento, ejercicio y asociación. Los procesos no deben teñirse del veneno corrosivo del odio y la polarización y ello porque lo malo trasciende y se hereda, destruyendo de paso el alma de un país.

Convivir es educar y educarse, consentir y tomar conciencia de las realidades sociopolíticas complejas. Tarea primordial para una educación abocada a la formación ciudadana más allá de lo procedimental, una que apunte a la democracia sustantiva. educación que transita desde el aula al ágora, desde el aprendizaje receptivo a la contribución activa. La seguridad es el telón de fondo de toda libertad responsable, los profesores son el soporte de la transmisión comprometida de valores comunes y trascendentes en favor de la democracia, los apoderados son el apoyo y eco de todo lo anterior en nuestros entornos cotidianos, propios y protegidos. Chile visto así es un aula, que congrega diversidades y que replica la energía transformadora que significa educar, energía que plasma cambios significativos, necesarios y graduales. El hábitat y eje de esta dinámica no pueden exponerse a jugar con el fuego de lo que violenta, enajena y destruye porque cuando el juego se haga verdadero no habrá tiempo de encontrar la salida.        

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