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El mito de octubre

¿Qué se conmemora, exactamente, cuando se conmemora el 18 de octubre? ¿El dolor de un país o la oportunidad que ese dolor les ofreció y les puede ofrecer a algunos?

Lo que ocurrió hace siete años no fue un malentendido ni una fiesta que se desbordó. Durante semanas, Chile vivió algo inédito para varias generaciones: que lo obvio dejara de serlo. Quemar la red del Metro podía ser un mensaje, una barricada podía ser una opinión, derrumbar edificios una reivindicación e impedirle el paso a un vecino podía ser una forma de justicia. La tragedia de octubre no se mide sólo en incendios y comercios tapiados. Se mide en esa suspensión del sentido común, en el miedo de quienes volvían a casa sin saber si llegarían, en la rapidez con que la palabra dignidad pasó a significar exactamente lo contrario.

Y hubo algo más grave que el desorden. Hubo un propósito. Los golpes del siglo pasado traían uniforme y tanques, y en esta parte del mundo terminaron casi siempre en dictaduras que nadie debiera olvidar. Los de este siglo son más elegantes. No necesitan bando militar porque les basta una pancarta, ni ocupar el palacio porque les basta rodearlo. Interrumpir un mandato democrático en nombre del pueblo tiene la ventaja de que nadie parece estar haciéndolo. Se pide la renuncia de un presidente electo antes de que se apaguen los incendios, se ensaya su destitución por la vía constitucional, se le sugiere gobernar en segunda línea mientras otros gobiernan desde la primera, y se trata a la policía como al enemigo que hay que desarmar.

Pieza a pieza, la arquitectura institucional fue desmontada con la paciencia de quien sabe que no hace falta derribar el edificio, que basta con dejarlo sin vigas. Si la democracia chilena sobrevivió, no fue gracias a quienes la amenazaban. Fue gracias a márgenes estrechos y a unos pocos que no perdieron la cabeza.

Lo inquietante es lo que vino después. Buena parte de la izquierda, en especial el Partido Comunista y sectores relevantes del Frente Amplio, no sólo no ha hecho la más mínima autocrítica sobre su papel en esos días. Lo reivindican. Para ellos octubre no es una herida sino una epopeya, no un riesgo del que el país escapó sino una promesa que el país traicionó. Se entiende. Pocas veces un sector político ha cobrado tan rápido los dividendos de una catástrofe, y nadie reniega del ascensor que lo dejó en el último piso, sobre todo si sospecha que lo necesitará para volver ahí

Como en 2020 y 2021 estábamos en pandemia y la euforia se vio obligada a contenerse, este aniversario es distinto. Por primera vez, la izquierda que validó la violencia lo enfrenta desde la oposición, sin restricciones sanitarias, con el poder perdido en las urnas y la calle otra vez a mano. Las señales de estas últimas semanas, con estudiantes agredidos por pensar distinto y marchas que vuelven a terminar en barricadas, todavía no son una reedición. Pero tienen el aire de un ensayo, más aún cuando el PC, a través de su panfleto de cabecera, El Siglo, difunde la convocatoria “a la gran marcha de Chile, bajo una consigna de tono casi bíblico, “Nos están quitando todo, es la hora de levantarnos”.

¿Entonces, qué se conmemora, exactamente, cuando se conmemora el 18 de octubre? ¿El dolor de un país o la oportunidad que ese dolor les ofreció y les puede ofrecer a algunos?

Este domingo, el 18 de octubre llega a un país con problemas, pero en normalidad. Una sociedad puede convertir una herida en memoria o en mito, y esa izquierda ya eligió el mito. El problema de los mitos es que no se recuerdan. Se repiten.

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