—¿Quién mató al Comendador?
—Fuenteovejuna, señor.
Es el famoso diálogo donde Lope de Vega disuelve en el colectivo la culpa del asesinato de una autoridad abusiva. En la obra, el pueblo se defiende de una infamia de la que se siente orgulloso de vengarse. El rey, incapaz de averiguar quién fue el culpable, termina por perdonar a todos, aunque el delito fue grave, y todo termina con una apoteósica alabanza a la forma de reinar de los Reyes Católicos.
No sucede lo mismo con el 18 de octubre, del que ¿se celebran? ¿conmemoran? Siete años este domingo. Como en Fuenteovejuna, aún no somos capaces de decir qué persona o grupo quemó el Metro, quiénes fueron parte de la primera línea, qué organización o grupo planeó lo que tampoco sabemos si fue planeado o no. Hubo 25 estaciones incendiadas, siete de ellas por completo, y apenas un puñado de condenados; en la mayoría de las causas la Fiscalía decidió no perseverar. Ante todas esas preguntas, y otras, la respuesta es: “Fuenteovejuna, señor”. Pero este Fuenteovejuna chileno no se siente particularmente orgulloso de lo que hizo. O más bien tiende a pensar que no lo hizo él, que él solo participó en la gran marcha pacífica, que él solo fue víctima del saqueo, que desde el principio tuvo dudas y escrúpulos.
Y en cierto sentido tiene razón. Aunque miles y miles de personas pasaron por Plaza Italia y otras plazas similares del país destrozando mobiliario urbano, picoteando veredas para arrojárselas a los carabineros, nadie lo hizo ni dejó de hacerlo. No hubo dirigentes, que es de lo que más se enorgullecía el movimiento, pero de alguna manera tampoco hubo militantes.
Las capuchas y los disfraces de Spiderman, Nalcaman o el Joker reforzaban la idea de que el que iba a protestar era otra forma de ti mismo. Otra expresión de tu personalidad alterna. Que podías en la mañana lanzarles peñascazos a los carabineros y en la noche llamar para que acudieran a proteger tu negocio. Racistas y pro mapuches, antineoliberales y pymes, de ultraizquierda y de ultraderecha al mismo tiempo.
Octubre no era un lugar sino un tiempo: el del vencimiento de las tarjetas de crédito, justo después del Dieciocho y justo antes de los balances de fin de año, un año en que la falta de circulante, ese que esperábamos de Piñera como de nadie, golpeó de lleno el bolsillo de los chilenos.
Nadie fue y fuimos todos. Movimientos similares al chileno ocurrieron en Francia, en Colombia, en Ecuador o en el Líbano, y al año siguiente en Estados Unidos con Black Lives Matter. Lo único que tenían en común es quizás lo que explica mejor que nada el movimiento: teléfonos móviles que permiten organizar en nada grandes protestas, como también funas, rumores, memes, sin que ninguna organización ni particular quede asociado a ellos. La única organización que la Fiscalía logró detectar en los incendios del metro fue un grupo de la Garra Blanca que se coordinó por WhatsApp.
También tenían en común al usuario de esa tecnología, porque el proletario no tiene iPhone y el dueño de la empresa tiene más de uno. Es el dueño del teléfono que lo paga en cuotas, como todo en su vida, el que se siente atrapado en una ciudad que lo ha apartado del centro, que le ha quitado la impresión de que decide nada, que lo trata como el borrego que es, y que al mismo tiempo le recalca los beneficios de invertir, de empoderarse, de emprender. Ese empresario que nunca lo será del todo y ese empleado que ya no está contento con serlo es el que encontró en octubre la ocasión de decirle al mundo que ya no quería más.
Se le unió una generación de nativos digitales sedienta de una épica que el mundo le negó, y cuyo combate se enfrenta ante todo al horizonte de lo posible. No eran las injusticias del Chile de hoy, sino la idea de Chile la que se rechazó, haciendo flamear sobre todas las cabezas una bandera con el dibujo de la bandera chilena, pero donde todos los colores habían sido reemplazados por el negro. El negro del luto, pero también del anarquismo, a mi juicio el único movimiento político que tuvo real y efectivo poder de maniobra durante el estallido. Lo que no contradice la ausencia de militantes, sino que la explica: buena parte de las organizaciones estudiantiles y varias sindicales estaban en manos del anarquismo, que las disolvió porque ese era justamente su programa. El único movimiento que supo maniobrar fue el que se dedicó a que no hubiera movimiento, ni dirigentes, ni nadie a quien preguntarle quién fue: Fuenteovejuna, señor.
¿Es posible que algo así se repita? El trauma de la pandemia que vino después y los años de penurias en que nos subsumió la suma de estos dos acontecimientos impiden ese retorno. El estallido es una posibilidad que nos dimos de hacer que todo volara por los aires, basada en la confianza de que a la larga todo iba a volver a su lugar. No sucedió y aprendimos la lección.
¿La aprendimos del todo? Esta semana granizó en la zona oriente. El caos fue total. Repetía un caos parecido al que ocasionó el aluvión del jueves pasado. De pronto, la estrecha sensación de orden y regularidad que nos permite seguir adelante se esfumó. Cada uno sintió que tenía que salvarse con sus propias uñas. La cesantía que roza los dos dígitos, la pérdida millonaria de los fondos de las AFP, la parafina de Quiroz, todo empezó a mezclarse en una misma juguera.
Y empecé a escuchar a gente que a propósito del clima se quejaba de la economía, que a propósito de la economía se quejaba de nuestra política exterior, gente que quejándose del gobierno maldecía también a Boric, y gente, mucha gente, que resignada y feliz quería más lluvia, granizos, sapos, ríos de sangre, las diez plagas de Egipto, y que se abriera el mar Rojo y se volviera a cerrar sobre el faraón y sus tropas.
Estamos a dos lluvias, a dos IPC, a dos Imacec, a dos guerras de Irán de que todos piensen que ya da lo mismo esperar o reclamar, que hay que abandonar el barco y nadar muy lejos. Por el momento esto solo se manifiesta en las encuestas, donde el Presidente cayó a 34% de aprobación en septiembre. Pero vimos con el estallido justamente que la continua desafección de las personas con las instituciones, que puede ser solo números y gráficos, alguna vez se hace calle.
Por supuesto, estamos a tiempo de detenerlo, de entenderlo, de preocuparnos, de buscar respuestas. Pero el trueno, pero los rayos, pero las nubes negras…