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Sabemos que viene la tormenta pero, ¿sabemos dónde golpeará?

Los acontecimientos de las últimas semanas han evidenciado un desafío. Podemos anticipar fenómenos meteorológicos extremos e identificar zonas de riesgo, pero todavía es difícil determinar con precisión qué quebrada se activará, qué ladera podría ceder o dónde se concentrarán los mayores daños.

Mientras diez comunas de la Región Metropolitana se encuentran bajo Alerta Roja por riesgo de aluviones y remociones en masa, surge la pregunta… ¿Estamos aprovechando la tecnología disponible para anticiparnos a los desastres naturales?

Los acontecimientos de las últimas semanas han evidenciado un desafío. Podemos anticipar fenómenos meteorológicos extremos e identificar zonas de riesgo, pero todavía es difícil determinar con precisión qué quebrada se activará, qué ladera podría ceder o dónde se concentrarán los mayores daños.

Y es precisamente aquí donde la inteligencia artificial abre una oportunidad.

Según la Organización Meteorológica Mundial, 24 horas de alerta temprana pueden reducir hasta un 30% los daños provocados por tormentas y olas de calor. Además, los países con buenos sistemas de alerta registran una mortalidad por desastres al menos seis veces menor.

La tecnología está avanzando hacia pronósticos cada vez más localizados. En Japón, el sistema Kikikuru permite visualizar riesgos de deslizamientos e inundaciones mediante mapas de alta resolución, actualizados periódicamente. Por su parte, Google utiliza inteligencia artificial para anticipar inundaciones fluviales hasta siete días antes. Aunque predecir inundaciones no equivale a anticipar aluviones, estas experiencias muestran el potencial de combinar datos territoriales, modelos científicos y tecnología para mejorar las decisiones preventivas.

En Chile contamos con capacidades científicas, sistemas de monitoreo y organismos especializados. El desafío es seguir integrando inteligencia artificial, imágenes satelitales, sensores y datos históricos para avanzar hacia alertas más precisas y decisiones oportunas.

El cambio climático nos exige una nueva manera de entender la innovación. No basta con innovar para aumentar la productividad o mejorar la competitividad. También debemos hacerlo para proteger vidas y construir territorios más resilientes.

Porque el verdadero desafío ya no es solamente anticipar que viene una tormenta, sino identificar con mayor precisión dónde debemos actuar antes de que se transforme en una tragedia.

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