Pensar críticamente es tener la capacidad de examinar una idea —propia o ajena— antes de aceptarla. Preguntarnos por qué algo es como es, qué evidencia lo sustenta y qué otras miradas existen sobre un mismo hecho. Y no se trata solo de una habilidad deseable: los propios resultados de PISA evidencian la dificultad que supone este tipo de competencias. En Chile, solo 2% de los estudiantes de 15 años alcanza los niveles más altos de lectura, que incluyen, entre otras capacidades, distinguir entre hechos y opiniones a partir de la información y sus fuentes. Es un músculo que, como cualquier otro, se fortalece con el uso.
Por eso es tan importante que, desde las escuelas, abramos instancias para desarrollar ese pensamiento crítico, más que enseñarlo como una lección teórica. Una niña puede memorizar que “la diversidad enriquece” sin que esa frase le cambie nada por dentro. Pero cuando esa misma niña comparte sala con compañeros y compañeras de otros países, que hablan otros idiomas, tienen situaciones económicas distintas u otras formas de ver el mundo, la diversidad pasa a ser algo cotidiano. Lo mismo ocurre cuando, además de las asignaturas obligatorias, existe la posibilidad de participar en talleres, cursos extraprogramáticos y talleres que animen a los estudiantes a resolver problemas o superar desacuerdos. Ese intercambio es el terreno donde se entrena el pensamiento crítico, porque nos obliga a salir del marco propio de referencia.
Es cierto que las experiencias escolares importan tanto o más que los contenidos, pero también hay otro ingrediente, menos discutido pero igual de decisivo: la posibilidad de decidir por uno mismo desde temprana edad. Cuando un niño o niña puede elegir sus propios intereses en la lectura o en los talleres que toma, e incluso proponer aquellos que todavía no existen, está practicando el ejercicio completo del juicio al identificar un interés propio, argumentar por qué vale la pena conocerlo, asumir la responsabilidad de sostenerlo y, eventualmente, descubrir si la elección fue acertada o no.
Ese último punto es clave y suele pasarse por alto. Para pensar críticamente hay que probar y equivocarse. Cuando los adultos toman todas las decisiones en nombre de los estudiantes, les están negando el terreno de práctica que requiere el pensamiento crítico. En cambio, si les damos un margen de acción, los beneficios serán visibles tanto en la infancia como en la adultez.
En este mundo donde la información sobra y el criterio escasea, más que nunca necesitamos personas que sepan distinguir qué datos y opiniones son confiables, cuáles conviene cuestionar y cuáles deben elaborar ellos mismos. No es un desafío menor: según la UNESCO, 62% de los creadores de contenido digital no realiza una verificación rigurosa y sistemática de la información antes de compartirla. En este escenario, el pensamiento crítico deja de ser una habilidad deseable y se convierte en una herramienta fundamental para desenvolverse en el mundo.