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PISA y el costo de llegar tarde

Cuando las dificultades lectoras no se detectan ni se abordan a tiempo, cada nuevo curso exige habilidades que el estudiante aún no ha logrado consolidar. El rezago se acumula, las brechas se profundizan y recuperar lo perdido se vuelve cada vez más complejo. Lo que comenzó como una dificultad para comprender un texto puede terminar por limitar toda una trayectoria educativa.

Los resultados de PISA 2025 volvieron a encender una alerta sobre los aprendizajes en Chile. Los estudiantes de 15 años obtuvieron 436 puntos en Lectura y 403 en Matemática, lo que representa una caída de 12 y 9 puntos, respectivamente, frente a la medición de 2022. En Ciencias, el desempeño se mantuvo prácticamente estable, aunque también por debajo del promedio de la OCDE.

Chile continúa entre los países con mejores resultados de América Latina. Pero una buena posición regional no puede ocultar una trayectoria que retrocede. Un 38% de los estudiantes no alcanza el nivel básico en Lectura y un 59% tampoco lo logra en Matemática. Cuando una proporción tan alta de jóvenes llega a los 15 años sin estas competencias, la pregunta no puede limitarse a qué ocurrió durante la enseñanza media.

También debemos preguntarnos en qué momento comenzaron esas dificultades y cuánto tiempo dejamos pasar antes de enfrentarlas.

Los primeros años escolares son una etapa decisiva. Es ahí donde los niños comienzan a desarrollar las habilidades que sostendrán su trayectoria como lectores: aprenden a leer, desarrollan fluidez, amplían su vocabulario y avanzan progresivamente en la comprensión de lo que leen. A medida que llegan a tercero y cuarto básico, la lectura se convierte en una herramienta cada vez más central para acceder a nuevos conocimientos.

Si un niño llega a ese punto sin comprender adecuadamente lo que lee, su dificultad no queda encerrada en la asignatura de Lenguaje. También le cuesta interpretar un problema matemático, seguir instrucciones, entender un fenómeno científico o relacionar información. La comprensión lectora no sustituye los conocimientos propios de cada disciplina ni explica por sí sola los resultados de PISA, pero constituye la base que permite adquirirlos y utilizarlos.

Por eso, el retroceso que hoy observamos a los 15 años nos obliga a mirar mucho antes. PISA ofrece una fotografía de la adolescencia, pero detrás de ella existen trayectorias educativas que comenzaron a definirse casi una década atrás.

El costo de llegar tarde es alto. Cuando las dificultades lectoras no se detectan ni se abordan a tiempo, cada nuevo curso exige habilidades que el estudiante aún no ha logrado consolidar. El rezago se acumula, las brechas se profundizan y recuperar lo perdido se vuelve cada vez más complejo. Lo que comenzó como una dificultad para comprender un texto puede terminar por limitar toda una trayectoria educativa.

Esto tampoco significa que las trayectorias estén determinadas desde los primeros años. Sabemos que los aprendizajes pueden recuperarse. La evidencia y la experiencia de las escuelas muestran que es posible transformar trayectorias cuando existen prácticas pedagógicas efectivas, acompañamiento sostenido y altas expectativas respecto de lo que todos los estudiantes pueden aprender.

Transformar estas trayectorias requiere una respuesta sistémica. Los docentes cumplen un rol fundamental porque son quienes día a día enseñan, observan los avances de sus estudiantes y pueden identificar tempranamente las dificultades. Pero no pueden enfrentar este desafío solos. Necesitan contar con herramientas concretas, formación y acompañamiento, información oportuna sobre los aprendizajes de sus estudiantes y condiciones que les permitan implementar estrategias efectivas.

Y, sobre todo, se necesita continuidad. Mejorar la comprensión lectora no puede depender de iniciativas aisladas, del compromiso excepcional de una comunidad educativa o de las prioridades de un período de gobierno. Requiere una política sostenida en el tiempo, capaz de articular los esfuerzos del Estado, las escuelas, las familias, la sociedad civil y los demás actores que pueden contribuir a mejorar los aprendizajes.

También exige continuidad. La comprensión lectora no puede depender de iniciativas aisladas, del compromiso excepcional de una comunidad educativa o de las prioridades de un período de gobierno.

Debe ocupar un lugar central en la educación chilena y sostenerse como una responsabilidad compartida entre el Estado, las escuelas, las familias, la sociedad civil y todos quienes pueden contribuir a mejorar los aprendizajes.

PISA no entrega una explicación única ni una solución inmediata. Sí nos muestra las consecuencias de permitir que las dificultades se acumulen durante años. Esperar hasta los 15 para preocuparnos por quienes no comprenden lo que leen significa actuar cuando una parte importante de su recorrido escolar ya quedó atrás.

La educación es uno de los principales activos de Chile y la comprensión lectora sostiene toda trayectoria educativa. Si queremos cambiar los resultados que vemos al final del camino, debemos actuar desde sus cimientos.

Los aprendizajes pueden recuperarse y las brechas pueden reducirse. Pero para lograrlo, Chile debe llegar antes.

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Cuando las dificultades lectoras no se detectan ni se abordan a tiempo, cada nuevo curso exige habilidades que el estudiante aún no ha logrado consolidar. El rezago se acumula, las brechas se profundizan y recuperar lo perdido se vuelve cada vez más complejo. Lo que comenzó como una dificultad para comprender un texto puede terminar por limitar toda una trayectoria educativa.

Foto del Columnista Valentina Wagenreld Valentina Wagenreld