Hay algo triste en esta historia. Hay algo que termina mal. Se compone de un hombre de 85 años, su mjer de 83, y un instrumento de cuerdas que, pese a llamarse guitarrón chileno, paradojalmente es uno de los que menos se escucha en Chile. El hombre posee colores pálidos, lentes gruesos de marco oscuro, y calza un elegante sombrero de fieltro verde, que extrañamente, pese a encontrarse bajo el techo de su casa, mantiene puesto. La pequeñísima ventana, desde la que él se asoma para espiar la conversación que entre yo y su mujer llevamos, da al jardín. Y desde ese jardín, el hombre no luce como un espía, sino como una cabeza mutilada y suspendida (sin cuerpo aparente), similar a las cabezas con sombreros que dibujaba el artista belga René Magritte. Cada dos segundos, a través de esa pequeñísima ventana cuadriculada, se asoma solo para saber qué es exactamente lo que está confidenciando su mujer. Su problema no es indagar porqué la gente continúa hablando de su vida como si él no estuviera, sino cuál es el pedazo exacto de su biografía que confidencian.
El hombre, cuya cabeza está suspendida y ausente, no fue al colegio, pero de igual manera entendió cómo dialogar con el instrumento de cuerdas más difícil: el guitarrón chileno. Su nombre es Enrique Segundo Tapia Reyes y es luthier, es decir, una persona que se dedica (casi exclusivamente) al oficio de reparar instrumentos de cuerda como violines, chelos, arpas o guitarras. Es tan oficio de luthier afinar sonidos como dialogar con bocas, cuerpos y cuerdas de cordófonos. Ser luthier es también una forma de darle vida a la madera. Las matemáticas, por otro lado, son madre y padre de las escalas musicales, que resuenan en la madera. Un luthier repara, compone y encauza un instrumento. Y don Enrique, justamente,
se dedicaba a eso: a construir, reparar y afinar a los especímenes de cordófonos más difíciles, que son el violín, el arpa…y el guitarrón chileno. En especial el guitarrón chileno. Nadie entendió al guitarrón como él lo hacía cuando aún podía. La imagen de don Segundo Tapia porfiándole a la bestialidad de esas cuerdas permanece aún intacta en cada uno de los individuos que se cruzó con él. Angélica Muñoz (alías Pepita), fue una. Pepita, quien es una de las payadoras más respetadas y prestigiosas de Pirque y Santiago, constata esa porfía. “Él entendía al guitarrón como nadie. Era uno de los únicos que podía afinarlo o darle vida si estaba roto. Era un hombre de una paciencia increíble. Hay mucho luthier en Chile, pero son los menos (solo eran tres en los mejores tiempos de don Segundo), los que se atreven con el guitarrón chileno. Construir un guitarrón es muy difícil. Tienen su magia, su genio. Cuando quieren suenan y cuando no quieren, no suenan; cuando quieren se afinan y cuando no quieren, no no más. Es muy místico el guitarrón, y don Segundo era parte de esa mística”.
Don Segundo entendía que, tras ese cordófono de veinticinco cuerdas, presunto descendiente de la vihuela española, podían concentrarse casi todos los sonidos, de todos los instrumentos, juntos y al unísono. Como también sabía que todo el patrimonio cultural y artístico que residía en él era “incalculable” y “único” dentro de nuestro territorio. El guitarrón chileno, desde su génesis, es y siempre ha sido, uno de los pocos instrumentos que podría considerarse patrimonio original de nuestro país y don Segundo era él que mejor lo afinaba. “La dimensión espiritual del guitarrón chileno es su aspecto más interesante desde el punto de vista patrimonial. Posee un valor único. En la ruralidad de la zona central, que es la zona donde más se conoce, existe un culto muy profundo a su figura. Pese al acotado y reducido grupo que lo toca, posee una religiosidad muy particular, un público íntimo y una atmósfera de velorio, funeral y también culto a las divinidades”, cuenta Pepita.
El reloj marca las cinco de la tarde en la casa de Puente Alto, donde Don Segundo y su esposa Rosa residen. La señora Rosa continúa lamentándose por el calor. Asegura que las temperaturas altas la matan. Absorbe con dificultad el espesor del aire. Respira a tropezones y sofoques. Don Segundo continúa espiándola desde la ventana. La atmósfera le cae como peso muerto. Le seca la transpiración. Según la señora Rosa el verano es luminoso para algunos y un infierno para otros. “Salgo recién del hospital, después de haber estado hospitalizada del pulmón por meses, y con estos calores, menos respiro, peor me siento”, se lamenta la señora Rosa (83 años), mientras sostiene apenas su cuerpo, afirmada en el umbral de la puerta. Habla con un hilito de voz, mientras sus huesudas manos estrangulan con persistencia un paño de cocina con flores amarillas y verdes. Relata el momento justo en que su marido comenzó a extraviar sus sentidos. “Con el principio del Alzheimer que tiene, es difícil cuidarlo. Se escapa, se pone difícil para comer y grita harto y muy fuerte”, dice.
El vuelo del Angelito
Pese a su importancia patrimonial, son escasísimos los que han escuchado o conocido al guitarrón chileno alguna vez. Solo un puñado de individuos, que aseguran que produce un sonido completamente diferente a cualquier otro. No suena como una guitarra, tampoco como un órgano, y menos aún como un harpa. Podría decirse que, es a la vez, una mezcla de todos ellos y de ninguno. “Un guitarrón chileno es una orquesta completa. No le falta nada. Muchos instrumentos dependen de otros para funcionar, en cambio el guitarrón chileno corre solo. Es tan increíble que llena por completo el espacio”, explica la payadora Angélica Muñoz, quien ha sido acompañada en variadas oportunidades por músicos intérpretes de guitarrón.
Y aunque parezca insólito, más misterioso que su sonido resulta su origen. Es imposible dar con las coordenadas exactas de dónde o cuándo nació. Su historia se alimenta, básicamente, de creencias. Se piensa que derivó de la guitarra renacentista y de la vihuela española que fuera traída por los jesuitas en el siglo XVI para acompañar toda clase de cánticos religiosos y rituales mortuorios. Luego de eso, podría haberse popularizado para acompañar el canto a lo poeta, que es la poesía cantada. “El guitarrón chileno es huérfano. Su sonido no se asemeja a nada. Esta dedicado a lo humano y a lo divino. Imagínate cómo logras mezclar el cielo y la tierra en un único instrumento”, reflexiona Pepita, admitiendo que la atmósfera que habitualmente mejor lo define es más bien mística.
El llanto. Los crujidos y lamentos, los susurros y silencios en medio de la ceremonia de despedida de las almas jóvenes o el “despedimento del angelito”, que es el velorio de los niños, incluyen habitualmente al guitarrón. Las “almitas nuevas” —como les dicen en el campo— se van tan súbitamente como llegaron, acompañadas de las escalas mortuorias del guitarrón. “Adiós leche que mamé desde que fui inmortal, adiós vientre maternal, seno donde me crié. Adiós católica fe del hacedor Unitrino, adiós altar diamantino, digo con gozo y ternura, me voy pa’ la sepultura, adiós mairina y pairino. Ángel glorioso y bendito, clavelito colorado, cuando dentris a la gloria, verís a Cristo enclavado. Lo verís crucificado. Enclavado en un madero quiso morir prisionero, por redimir al cristiano, de pies y manos lo ataron como inocente cordero”, cantan las madres junto al guitarrón, mientras la lluvia no amaina y el dolor se torna cada vez más oscuro.
“No sé cómo explicarlo, pero el guitarrón cuenta con una especie de vida propia, de carácter. Es interesantísimo y único en esta parte del planeta. Tiene mucha simbología. Los diablitos (que son cuerdas laterales que se tocan al aire), entre muchas otras. Además, te entrega una libertad increíble como artesano: hay mucho para innovar”, cuenta Pablo Castañeda, dueño de la lutería Hatra, que se especializa en guitarrones, violines y guitarras.
Pablo es un luthier joven que, junto a otros de su misma generación, aprendió a refaccionar y construir guitarrones chilenos de la mano de los maestros viejos; de don Anselmo Jaramillo y don Segundo Tapia. “Menos mal, porque si no nos hubiéramos quedado sin nadie. Algunos aprendieron mirando y otros, desarmando el instrumento. Antes se confeccionaban con cuerdas sacadas hasta de los mismos cables de la luz. La gente del campo se las ingeniaba…Yo no diría que es una escuela fácil; ni para los guitarroneros ni para el luthier. Los viejos aprendieron de manera oral y práctica. Don Segundo era nuestro luthier. Lo más cercano que teníamos y esa es la magia que dejó aquí en Pirque. Lamentablemente, la curva de los años le anduvo pasando la cuenta y tuvo que dejar al guitarrón. Esto no fue por voluntad propia, porque evidentemente era lo que más quería. Aunque ya no estaba en condiciones de seguir dedicándose a él”.
Se cierra el taller
Don Segundo Tapia cerró su taller cuando se quedó sordo. Para un luthier la sordera es lo mismo que un túnel. Equivale a quedarse extraviado en una habitación oscura. Nacen con la virtud de entender los sonidos y, cuando esta virtud se esfuma, ya no queda nada. “Mi marido cerró su taller y no lo abrió más desde que se quedó sordo. Él no sabía tocar, no tocaba ningún instrumento, pero sabía perfectamente dónde estaba el mal ruido. Le escuchaba la falla al instrumento. De repente comenzó a ponerse un poquito sordo y cuando empezó con los lavados de oídos ya no escuchó ni una cosa más”, cuenta la señora Rosa, mientras don Segundo continúa espiándola a través de esa pequeñísima ventana cuadriculada que da al jardín.
Poco después de que perdió el oído, fue el momento en que don Segundo comenzó a extraviarse, a huir desde su propia casa y a gritar cuando algo le dolía o molestaba. En ocasiones en que no le dolía nada, veía tanta oscuridad en el túnel que también gritaba. El dolor de no escuchar lo llevaba a perder sus recuerdos; su memoria. “Su taller quedó intacto con toda la maquinaria y todos los guitarrones que quedaron allí. Ya no se abre más, porque solamente él tenía la llave y nunca ha dicho dónde está”, cuenta su hija Pilar Tapia.
Don Segundo no nació con el designio de ser luthier. Ni siquiera nació con la idea de vivir en una casa verde en Puente Alto. Don Segundo nació en un hábitat muy distinto, en medio de un fundo de la ciudad de Los Ángeles donde, tanto su madre como su padre, eran inquilinos. No recibió educación porque la escuela quedaba lejos y su familia necesitaba de sus manos para trabajar la tierra. En ese tiempo (más de sesenta años atrás), le pagaban entre diez y doce pesos que no le alcanzaba para mucho. Luego, cuando finalmente se casó, se vino a Santiago al igual que muchos en busca de nuevas oportunidades. “Cuando llegamos, estaban mis niños chicos. No había nada. Era un peladero total aquí en Puente Alto. Después llegó el agua, pero al comienzo mandábamos a los niños con tarros a buscarla”, recuerda la señora Rosa, que eleva los ojos al cielo añorando esa vida pasada, tan distinta. Entra y sale de la casa acarreando retratos de don Segundo, partituras enmarcadas, versos. Ella aún no se explica cómo don Segundo, que aprendió a construir guitarrones solo, sin ningún tipo de educación o escolaridad, pueda haber caído en un pozo tan oscuro. “Mi marido trabajaba en una Copec y fue un amigo suyo él que le dijo que ese trabajo no era para él y le propuso comenzar a construir y reparar guitarrones. Segundo solito aprendió. Nadie podía creer que supiera hacer algo tan difícil, tan matemático, sin ningún tipo de educación”, explica la señora Rosa.
El cierre del taller de don Segundo es la metáfora más nítida del fin de su legado. Tanto su esposa como su hija aseguran que no traspasó sus conocimientos porque era muy celoso y reservado. No le gustaba hablar de lo que sabía, de lo que había aprendido solo. “Lamentablemente ninguno de sus nietos continuó con su legado, porque era algo muy propio y privado de él. Nosotros, sus hijos, lo ayudábamos, mi mamá igual, pero nunca nos enseñó la técnica, era muy pa adentro con esas cosas”, cuenta su hija Pilar.
Solo la señora Rosa entraba de tanto en tanto a su taller para ayudarle. Le barnizaba las maderas, pero jamás se metía con las cuentas o los temas musicales de los cordófonos. “Cuando uno tiene al lado al maestro, aprende. Él tenía mucha paciencia. Era increíble mirarlo. Nos quedaban lindos los guitarrones”, relata.
“Fueron años muy lindos. Nos traían los guitarrones pa acá y los dejábamos re encachados. Era una alegría tan grande cuando veíamos que los clientes quedaban felices”, rememora la señora Rosa, lamentándose de que la herencia de ese tiempo no fue del todo positiva: tantos años de exposición al barniz y al neoprén terminó por dejarle daños irreversibles en ambos pulmones. “Me hospitalizan a cada momento ahora. Nunca volveré a estar sana otra vez”, concluye cuando el día está a punto de llegar a su ocaso y el silencio es lo único que queda en la casa verde de Puente Alto.