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Futuros lentos y espacio sin medida en Desert X AlUla

Desert X AlUla 2026 no se plantea como conclusión, sino como proyección geográfica y cultural. Desde AlUla, el relato curatorial establece un eco con otros territorios extremos del mundo, y en ese eco Chile aparece con fuerza. El Desierto de Atacama, la Patagonia y los paisajes australes comparten con AlUla una condición límite que obliga a repensar el rol de la arquitectura, el arte y el proyecto.

Desde su llegada a Arabia Saudita en 2020, Desert X AlUla se ha consolidado como una de las plataformas más del arte y la arquitectura contemporánea en paisajes extremos. Derivado del proyecto Desert X nacido en el Valle de Coachella en 2017, el programa AlUla actualmente en su cuarta versión, ha logrado trasladar el enfoque del land art hacia una dimensión crítica, sensible y situada, donde el desierto deja de ser telón de fondo para convertirse en un agente activo.

En un territorio marcado por capas milenarias de historia geológica, arqueológica y cultural, la muestra ha propuesto desde sus primeras ediciones un modelo de intervención no extractivo, basado en la escucha del lugar, la temporalidad y la experiencia perceptiva. Su relevancia radica en haber redefinido la relación
entre arte, arquitectura y paisaje, ofreciendo un contrapunto a la espectacularización global del territorio y posicionando a AlUla como un laboratorio internacional para pensar nuevas éticas de intervención en contextos frágiles y cargados de memoria.

Desde sus primeras ediciones, Desert X AlUla, la primera bienal de arte público de la región, ha desplazado el foco desde el objeto artístico hacia la relación. El paisaje no funciona como escenario espectacular, sino como interlocutor activo que condiciona escala, materialidad y duración. El desierto aparece como una estructura compleja de capas superpuestas —tiempo geológico, historia humana, ritualidad, ecología frágil y presente global—. La historia de la muestra es, en este sentido, una historia de contención: aprender a hacer menos para decir más, aceptar que toda obra es efímera frente a un territorio que la antecede y la sobrevivirá. Ejemplos emblemáticos son las obras Ensueños (2024), de Rana Haddad y Pascal Hashem, que introduce en el desierto una arquitectura de la percepción. La obra no busca representar el paisaje, sino alterar sutilmente la experiencia de quien lo recorre, suspendiendo el tiempo y desdibujando la frontera entre vigilia e imaginación. En El Punto (2024), Faisal Samra propone un gesto mínimo cargado de tensión conceptual. La obra funciona como un acto de concentración extrema: un punto que condensa presencia, límite y origen, invitando a detener la mirada y a pensar el desierto no como extensión infinita, sino como lugar donde toda orientación —física y simbólica— comienza. En su intervención de 2022, Dana Awartani reinterpreta el paisaje desde la geometría y la tradición artesanal, introduciendo un orden preciso y frágil donde patrón, memoria y espiritualidad dialogan con la erosión del tiempo.

Espacio sin medida

Desert X AlUla 2026, curada por Wejdan Reda y Zoé Whitley, bajo de la dirección artística de Neville Wakefield y Raneem Farsi, se presenta hasta el 28 de febrero en AlUla, en el noroeste de Arabia Saudita, como parte del AlUla Arts Festival 2026. La exposición se concibe como una arquitectura expandida, una práctica espacial sin muros ni programa fijo, donde el proyecto no se mide por su huella construida sino por su capacidad de afinar la percepción. AlUla no es un soporte neutral, sino un territorio saturado de tiempo, un archivo geológico y cultural donde cada roca, cada oasis y cada vacío porta memoria. En este contexto, la edición 2026 asume una posición clara: intervenir el desierto no como gesto de ocupación, sino como acto de lectura, escucha y traducción.

La edición 2026 titulada Space Without Measure —inspirada en el poeta libanés-estadounidense Khalil Gibrán— profundiza esta lógica mediante un relato curatorial articulado en torno a la noción de estratificación. Cada intervención se concibe como una capa más en un sistema densamente cargado de significado. No se trata de representar el pasado ni de ilustrar el futuro, sino de activar resonancias entre tiempos distintos que coexisten en AlUla. Frente a la aceleración contemporánea y la urgencia productiva, la curaduría propone imaginar futuros lentos desarrollados a la velocidad del paisaje, donde el proyecto se mide en ciclos largos y no en impactos inmediatos. Las obras dialogan con una genealogía precisa de prácticas artísticas y espaciales que han redefinido la relación entre arte, arquitectura y territorio. Pareciera que la obra de James Turrell funciona como clara referencia estructural: su comprensión de la luz como material constructivo encuentra en AlUla un campo privilegiado, donde cielo, polvo y horizonte actúan como componentes activos del espacio. Varias intervenciones trabajan con aperturas, encuadres y vacíos que no agregan forma, sino que revelan condiciones atmosféricas preexistentes. Lo que se construye, más que un objeto, es una forma de mirar.

Desert X AlUla 2026 reúne a once artistas cuyas prácticas diversas —desde la escultura y el land art hasta el sonido, el gesto performativo y la ecología crítica— configuran un campo expandido de reflexión espacial. Participan en esta edición Sara Abdu, Mohammad Alfaraj, Mohammed AlSaleem, Tarek Atoui, Maria Magdalena Campos-Pons, Agnes Denes, Ibrahim El-Salahi, Basmah Felemban, Vibha Galhotra y Héctor Zamora, conformando un conjunto de obras que no se imponen sobre el territorio, sino que se pliegan a sus ritmos, capas y resonancias.

La obra de Vibha Galhotra se sitúa en el límite entre ecología, política y materialidad. Su intervención trabaja con residuos, sedimentos y huellas de extracción, poniendo en tensión la aparente inmovilidad del desierto con los flujos globales que lo atraviesan. Más que representar una crisis ambiental, Galhotra la inscribe en la materia misma del paisaje, haciendo visible cómo incluso los territorios que parecen intactos están atravesados por sistemas invisibles de explotación, circulación y desgaste. Desde otra dimensión, Agnes Denes, continuando la línea iniciada con Living Pyramid en ediciones anteriores, reafirma una ética del cuidado y la respon-sabilidad intergeneracional, concibiendo el paisaje como organismo vivo y el tiempo como material de proyecto. Basmah Felemban introduce una dimensión íntima y corporal al vasto escenario del desierto, operando desde la fragilidad, la cercanía y la memoria. A través de gestos mínimos, materiales delicados y referencias a la memoria personal y colectiva, su intervención opera como un contrapunto a la escala monumental del paisaje. Por su parte, Tarek Atoui desplaza la experiencia espacial hacia el ámbito del sonido, convirtiendo el paisaje en un instrumento sensible donde vibraciones y resonancias subterráneas y frecuencias inaudibles revelan dimensiones ocultas del territorio.

La referencia a Michael Heizer, opera de manera más crítica y matizada. Si el Land Art histórico propuso gestos monumentales frente al territorio, Desert X AlUla 2026 relee esa tradición desde la cautela. La escala extrema del desierto no invita al exceso, sino a la precisión. Varias obras adoptan gestos mínimo —trazos, marcas, recorridos— que solo se comprenden al desplazarse lentamente por el paisaje, planteando una pregunta central: ¿cómo intervenir un territorio cargado de historia sin repetir una lógica extractiva o colonial?.

En conjunto, estas obras configuran un paisaje relacional donde cada intervención actúa como una capa más en un sistema complejo de tiempos superpuestos. Desert X AlUla 2026 no se plantea como conclusión, sino como proyección geográfica y cultural. Desde AlUla, el relato curatorial establece un eco con otros territorios extremos del mundo, y en ese eco Chile aparece con fuerza. El Desierto de Atacama, la Patagonia y los paisajes australes comparten con AlUla una condición límite que obliga a repensar el rol de la arquitectura, el arte y el proyecto.

Desde el desierto saudí hasta el paisaje chileno, la curaduría traza una línea común especialmente pertinente para la obra chilena contemporánea, donde el proyecto se define menos por la voluntad formal que por la negociación constante con fuerzas mayores —sismicidad, clima extremo, topografía abrupta, escasez de recursos y una memoria territorial densamente estratificada—. En este sentido, Desert X AlUla nos desplaza hacia una lógica de precisión, sensibilidad y economía de medios, reforzando una tradición que concibe una práctica situada que no busca conquistar el territorio, sino aprender a habitarlo desde la atención, asumiendo que, en los paisajes extremos, el verdadero proyecto no es la forma ni la permanencia, sino el tiempo.

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