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Diego Vásquez, el chileno que se enamoró de las nubes: “Soy un vigilante del cielo”

En entrevista con El Dínamo, el divulgador conocido como Las Nubes de Diego explica por qué la gente volvió a interesarse por entender el firmamento. “Antes dependían de eso para sembrar; hoy con tanto confort se nos ha olvidado mirar el cielo”, reflexiona.

Su nombre es Diego Vásquez, pero en redes sociales sus seguidores más fieles lo conocen como don Nubes. Él mismo decidió cambiar hace unos años el nombre de su cuenta de Instagram de “Diego a patas” a “Las Nubes de Diego”.

Hoy lo siguen más de 390 mil interesados en interpretar aquellas gotas de agua microscópicas suspendidas en la atmósfera y que tantos estragos causaron estas últimas semanas en la Región Metropolitana.

En sus redes sociales, Diego Vásquez ayuda a leer las nubes en el cielo de forma de saber si conviene colgar la ropa o ir corriendo a descolgarla. También cuando el clima comienza a adquirir ánimo de sopaipillas. De hecho, en los catálogos de nubes disponibles en su sitio web, hay un sopaipillómetro y un lavarómetro, que miden las probabilidades de que llueva según el tipo de nube.

Pese a que su interés por las nubes y la divulgación comenzó a tomar forma cuando comenzó a estudiar su primera carrera universitaria, Diego Vásquez estuvo atento desde su niñez al cielo, influido por un trauma que detalla en esta entrevista con EL DÍNAMO y por la geografía particular de la Región de Valparaíso, de donde es oriundo. “La gente que vive al borde del mar suele tener un mayor conocimiento del clima”, dice.

Tanto vuelo agarró la lectura del cielo que Vásquez ya no se dedica a la arquitectura, sino que a ofrecer tours guiados dentro de la Región de Valparaíso, a la venta de guías de campo, pantoneras temáticas, pluviómetros, accesorios, vestimenta y libros relacionados a la observación de la naturaleza y las nubes. También ha dictado talleres a lo largo de Chile, en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso e incluso repletó el Teatro Municipal de Viña del Mar.

“El ser humano, sin darse cuenta, organiza su vida y su dinero siguiendo los patrones del clima: qué hacer, a dónde ir, si a la playa o a la montaña (…) Más que entender la Tierra, tenemos que volver a entender el aire porque es parte de nuestro diario vivir. Antes dependían de eso para sembrar o viajar; hoy, con tanto confort, a veces llueve fuerte y se nos olvida mirar el cielo”, relata.

—Tú siempre aclaras que no eres meteorólogo, sino arquitecto, pero me preguntaba: ¿cuándo surge este interés por las nubes? ¿Fue antes de ser arquitecto, en tu niñez?

— Sí, siempre lo cuento en mis talleres: esto surge a raíz de un trauma. A los 10 años, junto a mi hermano, casi nos mata un avión. Estábamos viendo un incendio forestal cerca de nuestra casa, en Rodelillo, donde yo vivía, y uno de estos aviones no alcanzó a despegar y explotó. Murió el piloto. Casi nos mata a nosotros, que estábamos afuera mirando el incendio.

A partir de ahí quedamos vigilantes del cielo. Hace como un año llegué a esta conclusión con mi psicóloga: desde ese trauma quedé vigilante del cielo, de las nubes, de las estrellas y de las aves. Así como sé harto de nubes, también sé harto de aves y de estrellas, porque quedé en ese estado de alerta con el cielo.

— ¿Para anticipar los riesgos?

— Sí, pero imagínate a un niño de 10 años. Más que entender del riesgo, quedé traumado. Ahora de grande entiendo por qué miraba tanto el cielo.

— ¿Sientes que le encontraste una vuelta a este trauma?

— Sí, ahora sí. Me gusta harto; de hecho me gusta viajar a otras partes a conocer otras nubes. Le di otro enfoque a ese accidente que casi nos mató.

— ¿Y cómo se llega a ser un experto en nubes? ¿Cómo fue tu camino?

— Creo que lo básico es salir harto de la casa, mirar mucho hacia el cielo y entender que el paisaje moldea las nubes. O sea, cada uno de los cerros de Santiago tiene sus nubes correspondientes formándose arriba. En las charlas a veces digo que el cielo es el reflejo del suelo: si una montaña mide 5.000 metros, la nube va a llegar a esos 5.000 metros. Es algo que siempre se cumple.

— ¿Y a nivel de capacitarte? ¿Cuándo empezó y cómo lo hiciste?

— Eso comenzó cuando estudiaba Ingeniería en Construcción. Como tenía acceso a las bibliotecas de la universidad, empecé a ir a otras facultades a buscar libros de ciencias atmosféricas.

Luego estudié Arquitectura, terminé la carrera y ahí también nos enseñan de eso. Nos enseñan a construir casas siguiendo el viento, el movimiento del sol, las nubes y la lluvia. La arquitectura tiene mucho de clima.

— ¿Trabajas como arquitecto? Porque vi que también tienes otro proyecto, Valparaíso Trekking

— Como arquitecto ya no trabajo, estoy 100% dedicado a mi empresa, donde fabricamos libros y guías de campo para reconocer aves y hongos, así que no ejerzo tanto en mi área. Alcancé a trabajar un año como arquitecto después de titularme en 2021.

Dejé de trabajar por otro trauma: nos entraron a robar todo a la casa. Estaba recién con mis primeros planos y proyectos, me robaron el computador y no pude seguir con esos trabajos. Tuve que renunciar porque lo perdí todo y me reinventé con este proyecto de trekking y senderismo. Dicen que siempre los emprendedores nacen del trauma.

Al principio era mucho más trekking. Ahora, como estoy con mi recién nacido, estoy un poco más encerrado, pero de a poquito estamos volviendo a las caminatas.

— ¿Y ahí integras también el estudio de las nubes?

— Sí, en las últimas caminatas ha sido algo sumamente etnoclimático: leer todas las señales que nos da el paisaje y el clima. Por ejemplo, leer cómo se mueven los árboles, la posición de las aves o qué tipo de hongos salen en tal fecha; interpretar todo el entorno. Al final, las nubes nos sirven, pero cada una de las pistas del paisaje aporta para leer el clima.

— ¿Por qué crees que la gente se interesó tanto en aprender de las nubes?

— En los últimos 10 años, el clima mata a más personas en Chile que los sismos. Seguimos esperando el gran terremoto, pero lo que más víctimas se cobra últimamente son los eventos climáticos: tornados, lluvias repentinas, inundaciones e incendios.

— Y a gran escala en el mundo también.

— Sí. Más que algo que les guste, es una herramienta que les puede servir para salvarse en caso de una catástrofe. Si no murió nadie en Santiago estos días fue por pura suerte. La cantidad de autos en el agua. La verdad es que la ciudad tuvo suerte.

— ¿Crees que hoy es más importante que nunca leer las nubes, dada la inestabilidad climática y el fenómeno de El Niño?

— Sí, veo la lectura de nubes como el primer paso. Obviamente no nos va a salvar de que ocurra un tornado, pero es el puntapié para que la gente se interese por el clima. El clima siempre se ha visto como algo científico, lleno de fórmulas y aburrido, así que intentamos que sea un poco más divertido.

— Tienes a una comunidad muy interesada en Las Nubes de Diego, por lo que se ve en las interacciones o comentarios

— Sí. La cuenta de “Nube de Diego” la comencé hace un año y un par de meses, en abril de 2025. Antes subía otras cosas más mías, como fotomontajes. Ahí me llamaba “Diego a patas”, porque andaba siempre caminando por los cerros. La gente que me sigue desde hace más tiempo sabe que me llamaba así. Pero hace un tiempo dije: “Tengo que ser el referente de las nubes”. Como suelo enfocarme mucho los temas que me interesan, creo que lo estoy logrando. No sé si habrá otros, no me interesa saber si los hay, pero siento que estamos generando un cambio.

Además, cuando uno ya ha ido al psicólogo y está más terapeado, entiende que la gente se ríe con tu contenido más que de ti. Yo me burlo hasta de cuando me trabo o de mi frente; me burlo de mí mismo porque me interesa que entiendan que soy un ser humano, no un rockstar.

— ¿Hubo algo que te enseñara Valparaíso en tu formación?

— Sí, eso es parte del trauma de mirar el cielo y los aviones. Como en Valparaíso se quema algo todos los años, uno ya entiende qué tipo de viento o temperatura anuncia un incendio, sin necesidad de ver el termómetro.

También se entiende cuándo viene la vaguada costera o cuándo va a llover. Al haber una relación directa con el mar, uno mira hacia el horizonte y ve cierto tipo de nubes que anuncian lluvia. La gente que vive al borde del mar suele tener un mayor conocimiento del clima porque mira hacia mar adentro.

— Yendo a lo práctico que enseñas, ¿cuánto tiempo de anticipación te da una nube para prever lo que va a pasar?

— Depende. En los cursos enseñamos que mientras más alta es la nube, con más días de anticipación se puede hacer un pronóstico. Por ejemplo, los cirrus, que son las nubes más altas, nos avisan con bastantes días cuando se vienen lluvias o jornadas de calor.

En cambio, las nubes más bajas solo me sirven para el día de hoy. Hoy en Santiago tenemos cúmulos, y los cúmulos únicamente entregan información del día presente, no de mañana. Todo depende del tipo de nube y su altitud: a mayor altura, a más días se puede proyectar el pronóstico.

— Vi que hablabas también de las nubes “blancas y bonitas”.

— Sí, desde niños nos enseñan que las nubes negras son las malas, pero antes de verlas negras hay que verlas blancas. Se forman sobre los cerros y uno piensa que son bonitas, pero cuando empiezan a crecer y se posicionan sobre nosotros se ven negras porque la luz del sol ya no puede traspasarlas.

Identificar las “blancas y bonitas” es anticiparse una fase antes de que llegue la zona negra, al menos una hora antes, para que la gente tenga herramientas para visualizarlas.

— Hablando de tipos de nubes, ¿te gustan esas que adquieren un tono rojizo o anaranjado? Te lo pregunto porque cada vez que pasa, las redes sociales se llenan de fotos. ¿O prefieres observar otras?

— A la gente le encantan, y siempre dicen que en Chile están los mejores atardeceres. Tiene sentido porque tenemos vista despejada hacia el Océano Pacífico. Son muy lindos, pero mis favoritas son las nubes de tormenta, con rayos. Son las más destructivas, pero son las que más me atraen.

— ¿Como las nubes verdes que anticipan granizo?

— No, eso ya es demasiado, hay que salir de ahí. Me refiero a cuando se ven antes de la tormenta, como la “blanca y bonita”. Cuando ya se pone negro, hay que salir rápido de la zona.

— ¿Y cómo es eso de cazar tormentas que comentabas en Instagram?

— Hemos ido a Argentina con mi familia, y al sur fuimos el año pasado a lugares donde hubo muchos rayos y tormentas. Este año también fuimos a seguir la tormenta que dejó la embarrada en Maipú. Vamos siguiendo las grandes tormentas por Chile cuando se puede.

Siempre mantenemos el respeto por el clima, porque nuestro auto no está preparado para recibir granizo ni vientos fuertes, así que intentamos no estar tan cerca.

— Vi que fuiste a hacer un taller de nubes a Rapa Nui y que también estuviste aprendiendo de nubes en Hawái. ¿Me puedes contar sobre eso?

— He ido a hartas partes de Chile, como Torres del Paine, Copiapó y Caldera, pero soy fanático de la Polinesia. Si fuera millonario, iría a conocer todas las cientos de islas que hay allá.

La cultura polinesia es la que más sabe actualmente sobre nubes. Para navegar y descubrir todas esas islas tenían que guiarse por las estrellas, las aves y las nubes. El año pasado, cuando me casé, fuimos de luna de miel a Hawái y estuvimos un mes allá. Es hermoso, caro, pero muy bonito.

— Imagino que no lo quieres adelantar, pero ¿tu próximo destino tiene que ver con algo así o es más inesperado?

— El próximo viaje es el 1 de noviembre y es un sueño que vengo esperando desde niño. Es dentro de Chile, en la isla Juan Fernández. Si el clima me lo permite, ahí estaremos. Me da susto volar porque sufro harto en el avión, pero hay que ir. Lloro y lo paso mal, pero es parte de crecer como ser humano y autoexponerse a los traumas.

— En tus guías y en redes sociales hablas de cosas prácticas, como cuándo colgar la ropa o saber cuándo lloverá. ¿Qué otras cosas se pueden identificar observando las nubes?

— En la guía impresa que tenemos incluye un nivel por cada nube que llamamos el “sopaipillómetro”, que indica qué tan factible es hacer sopaipillas o qué tan cerca está la lluvia según el tipo de nube.

Se puede saber de todo: cuándo ir a acampar o qué actividades planificar. El ser humano, sin darse cuenta, organiza su vida y su dinero siguiendo los patrones del clima: qué hacer, a dónde ir, si a la playa o a la montaña. Va a llegar el día en que se sepa cuándo viene un temblor antes de saber exactamente cómo estará el tiempo mañana. El clima es mucho más difícil de predecir que los terremotos.

— Y esa inquietud por saberlo, ¿la vinculas con algo ancestral?

— Sí, yo siempre digo que más que vivir en la Tierra, el ser humano vive en el aire. Estamos rodeados de vientos, temperaturas y frío. Más que entender la Tierra, tenemos que volver a entender el aire porque es parte de nuestro diario vivir. Antes dependían de eso para sembrar o viajar; hoy, con tanto confort, a veces llueve fuerte y se nos olvida mirar el cielo.

— Por último, vi que estuviste en el Teatro Municipal de Viña en una especie de bote. ¿Cómo planificaste esa puesta en escena?

— Quisimos simular que éramos navegantes del Océano Pacífico. En el escenario nos fuimos deteniendo en distintas “islas” para adquirir conocimientos de las nubes y del cielo. Fue un recorrido narrativo, con niebla y un show completo. Duró dos horas.

— ¿Y cómo sentiste la recepción de la gente? Vi que estabas nervioso, pero al final salió todo muy bien.

— Sí. Algo que no dije es que hace cinco años tenía varios problemas con el habla; todavía me cuesta un poco y me trabo, pero me expongo a hacer charlas cada vez más grandes para superar eso. ¡Y qué mejor que el Teatro de Viña para 1.200 personas! Salió todo bien. Mi señora y mi mamá me dijeron que se sintió tan natural como estar conversando con amigos.

— Todavía falta Santiago…

— Sí, de hecho este domingo haré una caminata en Santiago, pero todavía falta un espacio grande. Hemos buscado por todos lados, aunque aún no sale.

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