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Sones de “ciberguerra” tensan las relaciones entre Estados Unidos y China

“En lugar de matar a los adversarios, las nuevas tecnologías permiten simplemente provocarles una fiebre alta, reducir su capacidad, confundirles o privarles de recursos clave”, consideró David Rothkoph, analista del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos.

Las nuevas revelaciones sobre los ataques informáticos chinos a EE.UU. han amplificado unos tambores de “ciberguerra” que suenan desde hace años, y renovado la tensión en las relaciones justo cuando ambas potencias planeaban revivirlas.

El informe publicado el martes por la consultora Mandiant, que apunta a una unidad del Ejército chino como origen de gran parte de los ciberataques contra EE.UU., ha hecho público lo que muchos funcionarios estadounidenses comentan en privado desde hace un lustro: la supuesta responsabilidad de Pekín en sus descalabros informáticos.

El rechazo del informe por parte del Gobierno chino no ha evitado que Washington responda, casi instantáneamente, con una estrategia para combatir ese tipo de amenazas.

Esa dinámica revela, según expertos, el aumento de la tirantez en unas relaciones que en los últimos años han tratado de revestirse de una apariencia de estabilidad y que ambos países confiaban en estimular tras los cambios en sus respectivas cúpulas.

“China y Estados Unidos necesitan cooperar en muchos asuntos de seguridad internacional, pero eso no ocurrirá si entran en una ciberguerra”, indicó hoy en un editorial el diario New York Times, objeto de varios ataques de piratas informáticos chinos.

Los lazos de defensa entre las dos potencias mejoraron con la llegada al poder del presidente de EE.UU. Barack Obama, pero las recientes tensiones por la soberanía de las islas Diaoyu/Senkaku han irritado a Pekín, que vio cómo Washington se declaraba imparcial en el asunto para luego exhibirse en maniobras militares junto a Japón.

“No hay duda de que las tensiones cibernéticas están creciendo, y crecen al mismo ritmo que las tensiones en los mares cercanos a China”, indicó Patrick Cronin, experto del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, al diario Wall Street Journal.

“En cierta medida, hay una conexión entre China reafirmándose en el dominio marítimo y ahora también en el cibernético“, añadió.

Para Martin Libicki, un analista que investiga para el Pentágono en la corporación Rand, la cuestión no es si China está detrás de los ataques, ya que eso “es algo que el Ejército (estadounidense) ya cree desde hace tiempo”, sino cómo hacer que Pekín deje de negarlo.

“Si trabajamos para que nuestras pruebas sean cada vez más específicas, les costará cada vez más mantener ese punto de vista”, señaló Libicki al mismo rotativo.

Atribuir los ataques a grupos y unidades específicos, como ya intentan hacer funcionarios y empresas privadas en EE.UU., permitirá a Washington “empezar a pensar en sanciones financieras o restricciones de visado a los piratas identificados”, afirmó el experto en ciberseguridad Adam Segal en la revista Foreign Policy.

No obstante, es incierto el impacto que ese tipo de medidas tendrían en las prácticas de ciberespionaje, y también lo es si EE.UU. se decidirá a emprender medidas comerciales severas contra China en un momento en que trata de revitalizar los lazos económicos.

Según David Rothkoph, analista del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS), los juegos de guerra cibernéticos no causarán daños serios a la relación bilateral.

“Todos los que están atentos al tema saben que los chinos están implicados, pero pocos creen que ese tipo de ataques vayan a provocar la clase de ruptura de relaciones que se habría esperado en el pasado”, escribió hoy Rothkopf en Foreign Policy.

“Salvo llamadas de atención periódicas y comentarios indignados de altos funcionarios, es probable que lo único que salga de esto es más negocio para compañías como Mandiant y más recursos para que las unidades cibernéticas en el Pentágono contraataquen contra los ejércitos informáticos rivales”, agregó.

Para Rothkopf, la que acaba de desatarse no es una guerra fría, sino “fresca”, más cálida que la que enfrentó a EE.UU. y Rusia porque “los ataques son constantes” y con el factor “cool” (a la última) de contar con la tecnología más puntera en la recámara.

“En lugar de matar a los adversarios, las nuevas tecnologías permiten simplemente provocarles una fiebre alta, reducir su capacidad, confundirles o privarles de recursos clave”, consideró.

En ese escenario, las herramientas no sólo están en el teclado y los servidores: los aviones no tripulados o “drones” con los que Estados Unidos combate el terrorismo a distancia resultan atractivos también para China, que se planteó utilizarlos para fulminar a un magnate de la droga en Birmania, según revelaron hoy varios medios.

“Es difícil ver el informe de Mandiant y no concluir que estamos en medio de un cambio radical en la forma en que los países proyectan su fuerza”, aseguró Rothkopf.

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