Hace veinte años decidí cambiar completamente mi vida. Dejé lo que había construido en Chile y me fui a Barcelona para especializarme en comunicación científica. No tenía garantías de que ese camino funcionaría. Solo tenía una convicción: la ciencia debía salir de los laboratorios y llegar a las personas.
En ese momento, el periodismo científico en Chile no ocupaba el espacio que tiene hoy. Existían grandes referentes, como Hernán Olguín, Nicolás Luco y Sergio Prenafeta, quienes habían abierto una ruta mucho antes. También existía la Asociación Chilena de Periodistas y Profesionales para la Comunicación de la Ciencia, ACHIPEC, que este año cumple cincuenta años y es la asociación de este tipo más antigua de Latinoamérica.
Hernán Olguín fue mi primer gran referente. Cuando tenía nueve años veía su programa “Mundo” y pensaba que algún día quería ser como él. Por eso creo profundamente en la importancia de tener personas a quienes admirar. Cuando vemos que alguien pudo hacerlo, comenzamos a imaginar que nosotras también podemos.
Durante mis primeros años, además, me tocó moverme en espacios donde predominaban los hombres, especialmente en áreas relacionadas con la tecnología. Éramos pocas mujeres y muchas veces sentí que había que prepararse más, demostrar más y hablar con mayor seguridad para ser tomadas en serio. Con el tiempo entendí que ser mujer también podía convertirse en una fortaleza. Me permitió construir una forma distinta de comunicar, liderar y acercarme a las personas. También me hizo más consciente de la importancia de que niñas y jóvenes puedan ver a mujeres investigando, creando, dirigiendo laboratorios, explicando ciencia y ocupando espacios de decisión.
Cuando decidí dedicarme a este camino de la comunicación científica, gran parte de mi trabajo consistió en tocar puertas y tratar de convencer a editores, directores, canales de televisión, radios e instituciones de que la ciencia no era un tema de nicho. Muchas veces me dijeron que necesitaban contenidos “más masivos”. La respuesta siempre me frustraba, porque hablar de salud, medioambiente, tecnología, astronomía o del futuro del planeta es hablar de la vida de todas las personas. Muchas puertas se cerraron. Yo seguí insistiendo y creyendo que esto era importante.
De a poco logré abrir espacios en televisión, radio, libros, podcasts, exposiciones y proyectos educativos. Pero nadie construye una trayectoria completamente solo. En mi vida ha sido fundamental encontrar personas que creyeron en mí y que me dieron una oportunidad cuando todavía no había resultados que mostrar. Cuando alguien confía en una idea, el camino se abre. Y cuando una mujer encuentra apoyo, redes y colaboración, puede avanzar con mucha más fuerza.
Y al parecer, el tiempo me dio la razón. Porque veinte años después, la ciencia está en el centro de la conversación pública. Vivimos una pandemia, enfrentamos una crisis climática, intentamos comprender el impacto de la inteligencia artificial y estamos expuestos a una enorme cantidad de información falsa o manipulada. Aquello que durante años fue considerado secundario, hoy resulta indispensable para tomar decisiones.
La desinformación es uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Por eso creo firmemente en la profesionalización de la comunicación científica. No solo entre periodistas, sino también entre investigadoras e investigadores de las ciencias naturales, aplicadas, sociales y de las humanidades.
Publicar un estudio no es suficiente. El conocimiento debe salir del papel y del laboratorio para dialogar con la sociedad. Las universidades, los centros de investigación y los institutos profesionales deben formar a sus investigadores en comunicación y comprender que explicar la ciencia también es parte de su responsabilidad pública.
Necesitamos más científicos y científicas capaces de participar en medios, redes sociales y espacios educativos, que sean parte de la conversación. Necesitamos referentes que puedan disputar el territorio que hoy ocupan la desinformación, las teorías conspirativas y los contenidos sin evidencia.
También debemos preguntarnos a quiénes estamos dejando fuera. Los niños y las niñas son una audiencia profundamente curiosa. También lo son las personas mayores, las personas con discapacidad y quienes viven lejos de los grandes centros urbanos. Comunicar ciencia implica crear lenguajes y formatos que permitan que el conocimiento llegue a todos.
Mi maternidad también transformó mi manera de mirar este trabajo. Soy madre de dos niños maravillosos. La independencia laboral me ha permitido sostener mi carrera, pero también ha tenido un costo. Muchas mujeres, incluso cuando parecen estar acompañadas, siguen estando solas frente a la crianza y las tareas de cuidado. No basta con decirles a las mujeres que perseveren. Como sociedad, debemos generar condiciones para que puedan hacerlo.
Muchas científicas, periodistas y profesionales abandonan o frenan sus carreras porque no cuentan con tiempo, corresponsabilidad ni redes de apoyo. El talento no desaparece: muchas veces queda atrapado bajo una carga de cuidados que sigue siendo invisible.
Las mujeres solemos esperar sentirnos completamente preparadas antes de avanzar. Dudamos, nos exigimos y convivimos con el síndrome de la impostora. Mi experiencia me ha enseñado que la seguridad absoluta probablemente nunca llega. Lo importante es prepararse, trabajar con rigor y atreverse de todas maneras.
Sin embargo, todavía queda mucho por hacer: reducir las brechas de género, inspirar a más niñas a estudiar carreras STEM, apoyar a las mujeres que investigan y comunican, fortalecer el periodismo científico y construir una comunidad cada vez más colaborativa.
Hace veinte años dejé todo por una convicción. Hoy sigo creyendo en ella con la misma fuerza: la ciencia necesita ser contada y todas las personas tienen derecho a comprenderla. La comunicación científica no tiene límites. Hay mucho por hacer. Esto recién comienza.