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Réquiem para un mentor

Con los años, el profesor se convirtió en maestro, y el maestro, en amigo. Ese vínculo resultó un privilegio que no pedí y que pocas veces supe merecer.

Hoy falleció Raúl Lecaros Zegers, y el foro chileno perdió a uno de sus referentes más íntegros.

Nacido en Santiago en 1948, se formó en la Universidad Católica, casa que jamás abandonó. Allí enseñó Derecho Civil durante cuatro décadas, fue Secretario General y, después, decano de su Facultad.

Ocupó también un sillón como abogado integrante de la Corte Suprema, y escribió sobre el acto jurídico con envidiable claridad.

Ningún currículum, sin embargo, explica lo que significó para quienes fuimos sus alumnos. Tenía un sentido de la justicia innegociable: lo exigía en el aula, ante los tribunales y fuera de ellos.

Era generoso sin alardes, con su tiempo, su saber y sus consejos, pedidos o no. Pese a tantos cargos, conservó una sencillez rara: nunca confundió prestigio con importancia.

Su humor negro, afilado y oportuno, desarmaba cualquier solemnidad antes de que se volviera vanidad.

Sostenía que las leyes no son fórmulas, sino una forma rigurosa de respetar a los demás.

Con los años, el profesor se convirtió en maestro, y el maestro, en amigo. Ese vínculo resultó un privilegio que no pedí y que pocas veces supe merecer.

Ahora, lo mínimo que le debo es decirlo llanamente: gracias, maestro.

Por su paciencia, su honestidad y aquellas incalculables cantidades de carcajadas.

Seguramente se burlaría de este réquiem y le encontraría algún error de redacción. Descanse en paz.

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Rafael Gumucio