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María Gabriela Huidobro: “La historia se encargó de registrar los méritos masculinos, pero ignoró los nuestros”

A través de diversas fuentes históricas, la investigadora cuestiona la narrativa oficial de la historia de Chile dominada por figuras masculinas. Desde su experiencia formativa y personal, aborda los vacíos de la memoria nacional, el feminismo y la importancia de derribar roles de género para impulsar el desarrollo personal y profesional.

Desde Ciudad de México conversa con EL DÍNAMO, la profesora de Historia, investigadora y escritora María Gabriela Huidobro en lo que se ve como su sala de lectura o escritorio, por la repisa llena de libros que está a su espalda en donde sobresale el famoso cuadro “We can do it!“.

Gabriela —como le gusta que le digan—, emigró al país de Frida Kahlo por varias razones, entre las cuales destaca un nuevo desafío laboral en el TEC de Monterrey, en donde se desempeña como decana asociada de la Escuela de Humanidad y Educación.

Entre risas, confiesa ser una deportista frustrada, aunque entrenó tenis durante años con Nano Zuleta —el mismo formador de Nicolás Massú— y aún lo practica de manera ocasional.

La autora de Mujeres en la historia de Chile, repasó pasajes de su libro el que asegura nació de su propia ignorancia al entender “que la visión que yo tenía de la historia estaba muy incompleta y que en realidad hay ciertos procesos que si tú no tomas en consideración esa participación femenina no se resuelve del todo la historia”. También habló de feminismo y del rol de las mujeres en la actualidad comparado con las vivencias de aquellas presentes en su libro y desde su vivencia personal y docente.

— Aunque el título presenta una premisa clara, ¿qué significado tiene el libro Mujeres en la Historia de Chile?

— El título está muy intencionado porque eso inmediatamente te marca como una idea de que las mujeres tuvieron una historia paralela a la gran historia de Chile, la que normalmente ha sido relatada desde las perspectivas masculinas.

Optar por poner mujeres en la historia es tratar de incorporar o reconocer la participación femenina en el gran relato de la memoria de Chile y ese es el proceso que hay detrás del libro, tratar de recontar nuestra historia, nuestro pasado desde el siglo XVI hasta el siglo XX, que es el arco temporal que cubre el libro, pero esta vez se contó desde los protagonismos femeninos y la convicción de que no hay ni un proceso histórico ni en Chile ni en el mundo en el que de forma directa o indirecta no haya participado una mujer.

¿Qué la llevó a cuestionar la narrativa histórica tradicional y enfocar su trabajo desde una perspectiva diferente?

— Esto surge de la experiencia personal de la investigación, porque yo estudié historia en escuelas tradicionales, donde siempre te hablan con de una base sostenida sobre protagonistas masculinos. Incluso si tú miras cuadros, por ejemplo de la guerra del Pacífico o la Declaración de Independencia, todas esas representaciones están pobladas de sujetos masculinos y uno no se cuestiona nada.

Resulta que cuando empecé en el ejercicio de la investigación histórica a trabajar con documentos, con fuentes, con archivos, me eencontré con nombres femeninos que a una cierta altura madura de estudio, yo desconocía absolutamente, y que las mujeres que yo conocía de la historia siempre las asumí como excepciones, como ajenas a los procesos que marcaron los ritmos del pasado, entonces me encontré con ellas y otras más conocidas como Javiera Carrera y descubrí que eran mucho más que aquello que queda en el imaginario colectivo.

“Me empecé a sorprender de mi propia ignorancia y entendí que la visión que yo tenía de la historia estaba muy incompleta y que en realidad hay ciertos procesos que si tú no tomas en consideración esa participación femenina no se resuelve del todo la historia”.

— ¿Cree usted que se intentó opacar el rol de las mujeres y por eso existen muy pocos registros de su participación en grande momento de la historia?

— Lo que pasa es que esta definición de los roles de género llevó a que las mujeres nunca fueran consideradas ciudadanas de pleno derecho. Entonces, no podían votar ni participar de manera oficial y con una voz pública en los debates de su época.

Entonces, no se esperaba que estas mujeres por ejemplo estuviesen en el ejército y que se incorporaran a una Escuela Militar, de hecho muchas se enrolaron disfrazadas de hombre, pero cuando las descubrieron, por supuesto que vieron que era super bueno contar con ellas y las dejaban mantenerse. De hecho, algunas ganaron títulos como la Sargento Candelaria , que oficialmente para el Ejército ocupó ese grado y estaba dentro de sus filas.

Hubo otras que llegaron a ser tenientes o subtenientes, entonces por eso hay que matizar estas ideas muy maqueteadas de un presente en donde las mujeres como que prácticamente no tenemos diferencias con los hombres a un pasado donde estábamos absolutamente sometidas.

“La historia se encargó de registrar todos los méritos y los hechos conquistados por los hombres y no hablo de nosotras, pero sí vamos estábamos en roles menos visibles. Quizás no nos llevamos todos los laureles, pero en el fondo sí estábamos ahí”.

Gabriela, si hay tan poco material sobre el rol que tenían las mujeres en la historia del siglo pasado, ¿cómo logró recopilar lo que incluye en su libro?

— Es que hay poca información desde las fuentes más tradicionales. Cuando uno estudia las materias de historia, lo que te hacían era aprenderte normalmente fechas y acontecimientos políticos y militares, y claro uno se sabe presidentes, los grandes conquistadores, etc y ahí efectivamente casi no aparecen mujeres y cuando aparecen es por excepción, como una Cleopatra, que además aparece muy caricaturizada porque la historiografía misma la condena por meterse en un territorio masculino.

Pero cuando uno ya entiende que la historia no se resuelve solamente en las dimensiones políticas y militares, ni en esos grandes protagonistas te abres a considerar otras fuentes que no son esas más oficiales o las más conocidas y ahí uno empieza a trabajar con diarios de vida, con cartas personales de la vida privada, con periódicos de algunas épocas, con documentos y archivos judiciales, etc. No es que yo lo haga desde cero, hay muchas historiadores que han buscado mujeres del pasado y que ya te van dando las pistas, entonces uno después va a revisar ese tipo de archivo y te vas encontrando con estas lucecitas como Verónica Durraga que ha trabajado muchísimos documentos de archivos judiciales o María José Correa, que también ha trabajado archivos judiciales de la colonia del siglo XIX sobre mujeres.

¿Qué tan vanguardista fueron las mujeres chilenas del siglo XIX?

— El país fue muy vanguardista. De partida, Chile fue uno de los primeros países en el mundo que le dio derecho a las mujeres a rendir exámenes para poder ser admitidas en la universidad con el Decreto Amunátegui en 1877.

Las primeras universitarias que fueron Eloísa Díaz y Ernestina Pérez entraron a a la a la carrera medicina, y cuando se cumplieron 50 años de decreto, Díaz dijo que el primer día que llegó a clases y entró a la sala, sus compañeros hombres la aplaudieron, aunque sí debían ir acompañadas de la mamá porque para la sociedad no se veía bien que fueran solas.

En el caso de Pérez, ella se fue a hacer una especialidad a Alemania, y decía que ahí sí la hicieron estudiar detrás de un biombo, separada de los compañeros. Por eso, nuestra educación era más vanguardista que la educación europea.

Fuimos pioneros en aprobar el derecho a sufragio universal y en hacer que no solo las mujeres tuvieran derecho a votar, sino también a ser votadas, o sea, a ser elegidas en cargos públicos. Entonces, en ese sentido, estuvimos muy en la avanzada en algún minuto.

A lo largo de la entrevista Gabriela, enfatiza en la falta de reconocimiento que se atribuyó a la labor femenina que hasta ahora permanece desconocida en diferentes roles sociales en los que participó, de hecho, asegura que creer que las mujeres tuvieron un rol pasivo en el pasado es hacerse trampa, porque “estamos asumiendo que la sociedad prescindió de nosotras, no nos necesitó y aún así progresó en muchas cosas sin nosotras”.

— ¿Cree que esa falta de reconocimiento llevó a que se generara el feminismo?

— En parte sí, pero creo que no mucho. De hecho las primeras feministas, incluso aquellas que todavía no se autodenominaban así, establecen luchas que no tienen que ver con el reconocimiento, sino más bien tienen relación con las oportunidades y los derechos. Eran mujeres que sabiendo que tenían capacidades, que tenían talentos, querían desplegarlos y contribuir a la sociedad.

Y por eso también los primeros feminismos muestran que todo esto fue súper progresivo y que las primeras mujeres que se esforzaron por conquistar los derechos educativos, y lo hacían negociando porque ellas no querían rehusarse o negar su condición de madres o su rol de madres, sino que querían ampliarse desde la base de los roles que ellas asumían que eran los más propios de las mujeres de su época a otros espacios.

— ¿Y cree que el feminismo de ahora es diferente al de antes?

— Es difícil decir si es que el feminismo de ahora es distinto al de antes. Las causas van cambiando, por ejemplo tenemos derecho a voto, pero de fondo siempre ha tenido una misma inquietud y ha ido viendo como frente a las circunstancias de cada época resolver esas inquietudes.

Hace poco más de un año la profesora de Historia emigró a México, hasta donde llegó con su marido e hijos para instalarse en un nuevo rol profesional en el TEC de Monterrey en donde reconoce que no ha tenido que luchar contra diferencias en el mundo profesional del ámbito académico, pero que sí a veces las ha experimentado en otras áreas.

—¿Ha tenido que enfrentar resistencias o barreras estructurales para hacer avanzar su carrera profesional?

— Cuando uno tiene que hacer ver la opinión o que te escuchen una opinión, yo diría que sí, pero creo que se da más en el mundo más empresarial. Ahí veo que los cambios caminan más lento que en el mundo académico. Acá se está estudiando esto y hay una apertura a que la participación femenina y masculina sea similar o igual.

En la cultura universitaria yo veo que hay ciertos espacios donde se valora, se reconoce y se impulsan las trayectorias femeninas, pero también tiene que ver con que oportunidades o que posibilidades tiene uno con su biografía particular de tener apoyo de hombres que no son para nada machistas.

— Muchas profesionales se cuestionan dar saltos internacionales por el peso que recae en la maternidad. En su caso, ¿cómo articularon con su pareja el cuidado de los hijos y el desarrollo profesional de ambos?

— En mi caso tuve la suerte de elegir bien, de tener un marido que tiene esa disposición de ver oportunidades, y de sentirse realizado y pleno cuando una se realiza también y yo creo que también es muy bonito al contrario que uno tenga la posibilidad de confiar en parte y permitir abrirte a que la crianza de los hijos no sea un monopolio de una como madre, sino que el papá también se sienta igual de comprometido y y participante en el proceso de la crianza.

Creo que pasa también por el hecho de no definirnos como hombre y como mujer en el sentido de que porque tú eres hombre te toca esto y porque yo soy mujer me toca lo otro. Más bien es ir reconociendo el talento de cada uno, independiente del género y dar ese espacio para que lo despliegue de la mejor manera.

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María José Crespo