Hay un dato que incomoda bastante más de lo que parece: los estadounidenses más ricos tienen tasas de supervivencia parecidas a las de los europeos más pobres. El hallazgo viene de un estudio publicado en The New England Journal of Medicine en 2025, que siguió a más de 73 mil personas de entre 50 y 85 años en Estados Unidos y Europa. Dentro de Estados Unidos, por supuesto, ser rico ayuda. Mucho. El problema es que ni siquiera esa enorme ventaja económica logra borrar completamente la brecha frente a Europa. Y eso obliga a preguntarse si hemos exagerado, quizás demasiado, nuestra confianza en que el dinero puede comprar salud.
Un estadounidense con mucho dinero puede hacer prácticamente todo lo que hoy asociamos con una vida saludable. Puede elegir a sus médicos, vivir en un buen barrio, hacerse exámenes antes de necesitarlo, pagar el mejor gimnasio, comer orgánico, tener entrenador, nutricionista y todos los dispositivos imaginables para medir sueño, glucosa, frecuencia cardíaca o recuperación. Si quisiera, podría convertir su cuerpo entero en un tablero de control. Sin embargo, el resultado sigue siendo desconcertante: toda esa capacidad de compra no necesariamente le permite vivir más que una persona con muchos menos recursos al otro lado del Atlántico.
Tal vez el problema es que hemos empezado a pensar la longevidad de la misma manera en que pensamos casi todo lo demás: como algo que se puede optimizar, consumir y personalizar. Ahí aparece el entusiasmo por las vitaminas, los complementos, las inmersiones en agua helada, la luz roja, los suplementos y toda una industria que promete intervenir tal o cual mecanismo del envejecimiento. Algunas de esas líneas de investigación pueden ser perfectamente serias e incluso terminar siendo importantes. Lo cuestionable es la idea, cada vez más instalada, de que basta encontrar el botón biológico correcto y apretarlo.
Y esto, es porque el ser humano es muchísimo más que una suma de factores. Somos sistemas que funcionan al mismo tiempo y se afectan permanentemente entre sí. El metabolismo conversa con el sistema inmune, el sistema cardiovascular con el endocrino, el cerebro con prácticamente todo lo demás. Por eso cuesta creer que podamos someter a una persona durante décadas a estrés, aislamiento, sedentarismo, falta de sueño y presión económica, y luego pretender compensarlo interviniendo una enzima o siguiendo un protocolo de última generación. El cuerpo no separa tan ordenadamente los problemas sociales de los biológicos.
Estados Unidos es quizás el lugar donde esa contradicción queda más expuesta. Tiene algunos de los mejores hospitales del planeta, investigación médica de primer nivel y un gasto sanitario gigantesco, pero sus resultados de salud siguen quedándose atrás frente a otros países desarrollados. La pregunta, entonces, no es si la medicina estadounidense es buena. Claramente lo es. La pregunta es cuánto puede hacer la medicina cuando llega después de décadas de una determinada forma de vida.
Porque hay cosas que un chequeo médico no corrige. No corrige pasar dos horas diarias dentro de un auto. No reemplaza tener amigos. No soluciona el miedo a enfermarse y no poder pagar las cuentas. No compensa dormir mal durante años ni comer siempre apurado frente a una pantalla. Tampoco evita que muchas personas lleguen a viejas después de haber pasado buena parte de su vida persiguiendo una productividad que nunca pareció suficiente.
Ahí Europa ofrece un contraste interesante, aunque sería ridículo convertirla en un paraíso. También hay obesidad, depresión, estrés, desigualdad y sistemas de salud que crujen. Pero en muchas ciudades europeas todavía sobreviven ciertas cosas bastante menos sofisticadas que un protocolo de biohacking: se camina más, hay barrios donde la vida cotidiana ocurre a una distancia razonable, existen redes de protección social más robustas y enfermarse no necesariamente significa preguntarse primero cuánto va a costar. Hay más espacio, al menos en algunas sociedades, para jubilarse, sentarse a comer y mantener una vida fuera del trabajo.
Cosas que parecen demasiado pedestres pero tal vez hemos sofisticado tanto la conversación sobre longevidad, que empezamos a mirar con cierta condescendencia eso que siempre supimos que hacía bien: moverse, dormir, comer razonablemente, tener vínculos, contar con tiempo y vivir sin una sensación permanente de amenaza.
Convendría, además, mirar esta discusión desde Chile, con nuestras tasas aceleradas de envejecimiento. Nuestras ciudades obligan a muchas personas a pasar horas trasladándose, normalizamos jornadas largas, comemos rápido, vemos menos a nuestros amigos y dejamos a demasiados adultos mayores solos.
La medicina de vanguardia importa, y mucho. La investigación sobre envejecimiento también. Sería absurdo reemplazar ciencia por nostalgia y pretender que todo se resuelve caminando a la panadería. Pero quizá la pregunta relevante ya no sea únicamente qué debemos tomar, medir o hackear para vivir cien años, sino qué tipo de vida estamos construyendo para llegar hasta allá. Porque extender la existencia puede ser un triunfo científico extraordinario, pero si para conseguirlo tenemos que pasar décadas estresados, solos y obsesionados con optimizarnos, sería razonable preguntarse qué estamos tratando exactamente de prolongar.