Sólo cinco meses llevaba el gobierno de Gabriel Boric cuando, en agosto de 2022, el por esos días ministro Giorgio Jackson verbalizó públicamente lo que él, y de seguro buena parte del Frente Amplio, pensaban y repetían en privado.
“Nuestra escala de valores y principios en torno a la política no sólo dista del gobierno anterior, sino que creo que frente a una generación que nos antecedió, que podía estar identificada con el mismo rango de espectro político, como la centro izquierda y la izquierda (…) tenemos infinitamente menos conflictos de interés que otros que trenzaban entre la política y el dinero. Son tantos años de administrar el poder que es muy fácil tener el mismo tiempo el poder político y un compromiso con un negocio que pueda estar por fuera. Este tipo de conflictos de interés, que en algunos casos extremos pueden derivar en corrupción derechamente y en otras formas más sofisticadas de corrupción”, proclamó Jackson desde el altar.
Usted lo sabe. Prácticamente desde el mismo instante en que Jackson nos iluminó con su superioridad, el gobierno comenzó una cadena de -voy a usar un lenguaje benigno- errores que lo han llevado a estar terminando como el peor desde el retorno a la democracia, peleando mano a mano con la segunda administración de Michelle Bachelet. Caso Democracia Viva, indultos a delincuentes del estallido, caso Monsalve, caso ProCultura, compra de la casa del ex Presidente Allende, error en los cálculos de la cuenta de la luz, errores en los cálculos de la mejor directora de Presupuestos de la historia, delincuencia, crimen organizado, inmmigración ilegal, bajo crecimiento económico, alto desempleo y, acá me voy a detener, la vergonzosa y casi inextistente reconstrucción en Viña del Mar, luego de los incendios del verano de 2024.
¿Hay algo más inmoral que fallarles a quienes más lo necesitan?
Casi 6 mil familias perdieron sus hogares por la acción del fuego y aunque el gobierno de Boric se comprometió a que nadie pasaría el invierno de 2024 sin un techo, hoy, apenas poco más del 10% de los afectados recuperó su casa.
Esa es una inmoralidad con todas sus letras.
Del show inicial, con la ministra Vallejo como “enlace” del gobierno en terreno, posando para las fotos con puestas en escena muy cuidadas y calculadas, abrazando con aura emotiva a los damnificados, pasamos rápidamente a que poco y nada se ha hecho en 24 meses.
El cuadro es completo: ministro, gobernador regional, alcaldesa y delegada presidencial, todos oficialistas, no hay a nadie de la oposición a quien culpar, de hecho, se culpan entre ellos.
Este verdadero fraude que se ha cometido con las familias de Viña del Mar y localidades aledañas es 100% responsabilidad de los moralmente superiores.
¿Cómo se puede entender tanta torpeza y lentitud?
La Contraloría -otra vez- nos acaba de dar la mejor explicación. Miles de millones gastados sin respaldo, pagados en servicios inexistentes, a empresas recién creadas, con direcciones falsas, sin las maquinarias y equipos para ejecutar las tareas encomendadas.
Eso hizo el gobierno en terreno, eso hizo el municipio. Ahora es responsabilidad del Consejo de Defensa del Estado y del Ministerio Público intentar recuperar los recursos fiscales y de investigar los posibles delitos.
Pero hay algo que ni los fiscales ni los tribunales podrán reparar. El daño moral. La herida profunda que deja un Estado que promete amparo y responde con negligencia, que ofrece reconstrucción y entrega abandono, que se proclama éticamente superior mientras administra el desastre con torpeza y liviandad. Cuando la ideología reemplaza a la competencia y el relato sustituye a la gestión, el resultado no es solo ineficiencia: es crueldad institucional.
Porque aquí no fallaron las planillas Excel ni los procedimientos administrativos. Falló algo mucho más grave. Falló la idea misma de responsabilidad. Falló la capacidad de entender que gobernar no es posar, no es declamar principios ni recitar consignas, sino resolver problemas reales de personas reales, especialmente cuando lo han perdido todo. En Viña del Mar no hubo errores: hubo abandono, desidia y una alarmante indiferencia frente al sufrimiento ajeno.
Y así, el gobierno que llegó prometiendo una nueva forma de hacer política, desde un estatus elevado, se va dejando un país más desconfiado, más escéptico y con miles de familias aún esperando lo mínimo. No fue solo un fracaso de gestión. Fue una traición moral. Y esa traición, esa inmoralidad, a diferencia de las cifras, no se pueden maquillar.