Hay países donde casi no hay basureros y, sin embargo, las calles están limpias. El metro avanza en silencio, sin necesidad de carteles que lo recuerden; en los espacios públicos, simplemente, no se habla fuerte. En una cafetería se puede dejar el computador o la cartera sobre la mesa mientras uno se levanta a pedir un café, con la tranquilidad de que seguirá ahí al volver. Y cuando ocurre una catástrofe, lo que aparece no son saqueos ni desorden, sino filas de personas esperando su turno para recibir ayuda.
Las sociedades funcionan como una escuela silenciosa. No transmiten conocimientos solo en las salas de clase; educan todos los días a través de los comportamientos que se repiten y de aquello que se considera aceptable. En la vida diaria se aprende qué merece respeto, qué límites no se cruzan y cómo convivir con otros.
Algo de esto observó Alexis de Tocqueville hace casi dos siglos: las democracias no se sostienen solo en sus leyes, sino en sus costumbres. Requieren ciudadanos con autocontrol, respeto por lo común y cierta disposición a limitarse. Ese entramado invisible —de expectativas y prácticas cotidianas— es la arquitectura moral que afirma la vida común.
En algunos países la práctica diaria soporta esa arquitectura. No es que sus ciudadanos sean moralmente superiores; sino que viven en entornos que estimulan las conductas cívicas.
Pero también ocurre lo contrario.
Hay sociedades que terminan enseñando exactamente la lección opuesta. Cuando los muros rayados se vuelven parte del paisaje urbano, cuando evadir el transporte público se celebra como un gesto de astucia o cuando la destrucción de espacios comunes se normaliza como forma de protesta, el mensaje que recibe quien observa es distinto. Pero no se trata solo de episodios de violencia. También ocurre cuando la basura se acumula en plazas y veredas, cuando se arrojan papeles al suelo sin pensarlo, cuando el trato cotidiano se vuelve áspero o indiferente, cuando la relación con las normas se vive la defensiva, como si cumplirlas fuera una ingenuidad frente a la viveza de otros. En esos gestos cotidianos se transmite una lección silenciosa: lo común importa poco y cuidarlo parece tarea de nadie. Las sociedades también deseducan.
Chile, lamentablemente, parece haberse acostumbrado a la pedagogía del deterioro. No solo en la forma en que se trata el espacio público, sino también en el tono de la vida política.
El reciente desencuentro protagonizado por el presidente en ejercicio y el presidente electo es un buen ejemplo. Más allá de quién dijo exactamente qué, o de quién terminó corrigiendo su versión, lo que quedó expuesto fue una escena marcada por acusaciones cruzadas, versiones contradictorias y la sensación de que la verdad pasa a segundo plano frente a la disputa por el relato.
¿Qué aprende la ciudadanía cuando observa episodios así?
Aprende que la responsabilidad siempre puede desplazarse, que las versiones cambian según la conveniencia y que la política puede transformarse fácilmente en un intercambio de reproches donde nadie parece hacerse cargo del fondo del problema.
La pregunta, entonces, es qué estamos enseñando todos los días a quienes observan cómo funciona nuestro país. Y esto es fundamental. Las democracias también colapsan cuando dejan de formar el tipo de ciudadano que sus leyes presuponen. Y ese ciudadano no se moldea en los textos constitucionales, sino en los hábitos cotidianos de la vida común.