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Nueva oposición: entre Jiles y Manouchehri

Cuando la oposición confunde fiscalización con obstrucción, o crítica con espectáculo, pierde de vista lo esencial: contribuir a que el país funcione mejor.

En “Cómo mueren las democracias”, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt postulan que dos normas no escritas sostienen cualquier democracia funcional: la tolerancia mutua y la autocontención institucional. A días de un cambio de mando, conviene preguntarse cómo estamos por casa.

La tolerancia mutua implica algo básico: reconocer al adversario como un competidor legítimo por el poder y aceptar que pueda gobernar. No parece ser el clima actual. En pocas semanas hemos visto llamados a movilizaciones, piedrazos durante el cambio de mando y nuevos episodios de violencia en liceos emblemáticos. Pamela Jiles, quien estuvo a solo tres votos de presidir la Cámara de Diputados, advirtió que si el Presidente “no se mantiene en la línea correcta”, se encargará de “hacerle la vida a cuadritos”. Más que una declaración, una amenaza.

La segunda regla es la autocontención institucional: no llevar al extremo ni abusar de herramientas que la ley otorga, cuando ello desnaturaliza su propósito. Tampoco aquí hay buenas señales. Hemos visto oficios a Contraloría por cuestiones que rozan lo absurdo, como cuestionar el uso del escudo nacional en la banda presidencial. Como si Dorothy no tuviera nada mejor que hacer en una institución clave para el control de los recursos públicos.

En esa misma lógica, el diputado Manouchehri anunció gestiones para que Contraloría se pronuncie sobre la supuesta ilegalidad de la Primera Dama por servir comida sin guantes en La Moneda. Cuesta identificar qué interés público se protege con requerimientos de este tipo. Más bien, se diluye la función fiscalizadora en gestos efectistas que trivializan las instituciones. Lo mismo ocurre con sus querellas en causas judiciales en curso, donde su intervención es, en el mejor de los casos, marginal.

El problema no es solo de estilo, sino de fondo. Cuando la oposición confunde fiscalización con obstrucción, o crítica con espectáculo, pierde de vista lo esencial: contribuir a que el país funcione mejor. Negar “la sal y el agua” no debilita al gobierno, debilita la capacidad del país de avanzar.

El fair play no es patrimonio del fútbol, es una condición de la democracia. En los sistemas consolidados, la oposición entiende el peso de su rol. En el Reino Unido, la democracia moderna más antigua, esto está institucionalizado: la oposición se organiza como la “Leal Oposición de Su Majestad”, con un “gabinete en la sombra” que fiscaliza con rigor, pero también con responsabilidad. Hay confrontación, sí, pero dentro de reglas compartidas, respeto institucional y sentido de Estado.

En Chile, en cambio, la pregunta es ¿qué tipo de oposición se está construyendo? Si sus rostros más visibles serán diputados violentos, que buscan el ruido fácil, la denuncia menor y la exageración permanente, el deterioro no será solo del gobierno, sino del sistema político en su conjunto.

Tanto con Jiles como con Manouchehri, el riesgo no es solo una mala oposición. Es una mala política.

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