En períodos de instalación de un nuevo gobierno es natural que se produzcan cambios en los equipos profesionales y directivos, basándose en la confianza política y personal que buscan las autoridades entrantes. Marzo nos prodigó varios casos, algunos justificados bajo la premisa anterior, y otros donde la falta de empatía se hizo patente y genera otros efectos no deseados de quienes la ejecutaron.
En este último grupo podemos colocar el caso de la directora del Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género, SERNAMEG, Priscilla Carrasco, enferma de un agresivo cáncer de mama, donde la torpeza de quienes tomaron la decisión de exonerarla, sin medir los costos, sobre todo humanos, generó una crisis política y comunicacional innecesaria de un Gobierno que pocos días antes instauraba una “emergencia oncológica”.
No voy a ahondar en los detalles, por todos conocidos, sino que quiero tomar este ejemplo para relevar la gentileza que deben tener las decisiones y conductas que asumimos, tanto en el sector público como privado, entendiendo este concepto como un “término que reúne los otros comportamientos positivos, como la bondad, el optimismo, la empatía o la compasión”, como bien lo resume la Dra. Immaculata De Vivo, profesora de Medicina en la Harvard Medical School.
Ella, junto con el biólogo italiano Daniel Lumera, escribió el libro “Biología de la gentileza” (Editorial Diana, 2023), donde explora cómo determinadas decisiones cotidianas pueden influir positivamente no sólo a nivel emocional, sino que también genético, de las personas en entornos familiares y laborales, permitiendo enfrentar situaciones complejas como el cáncer. En otras palabras, es menester ponerse en el lugar del otro y no ser un despiadado que según la RAE es un adjetivo que define a una persona como cruel y sin piedad caracterizado por la falta absoluta de compasión.
¿Tenían que leerse las autoridades entrantes este libro de De Vivo y Lumera antes de actuar como lo hicieron con Carrasco? Obvio que no. Lo que ambos autores plantean es algo que debería estar en nuestro ADN, lo que nos diferencia de los animales y las máquinas, que es la posibilidad de razonar, tener sensibilidad y compasión. Y si nos remitimos a la biografía de quienes han hablado del tema, un Presidente que adhiere al movimiento schoenstatiano y una ministra cristiana evangélica, bastaba con que pusieran en práctica lo relatado en Juan 10:25-37: La parábola del buen samaritano.
Ahora bien, aquí no se trata de justificar o evitar que no existan tales cambios directivos. No es patrimonio de este Gobierno ni mucho menos. Ha ocurrido desde 1990 a la fecha, con diversos matices y profundidades. De hecho, la propia directora de SERNAMEG tuvo que hacer un abrupto cambio con una directora regional hace un par de años, un caso que se lo han enrostrado, como una forma -espuria, a mi juicio- de empatar ese hecho con su despido.
Lo cierto es que la gentileza, este cúmulo de actitudes positivas, debiera ser una práctica cotidiana, al momento de liderar equipos, enfrentar una crisis, celebrar los triunfos e incluso cuando se toman decisiones tan difíciles e inexorables como desvincular a un trabajador o trabajadora, al margen de las fundadas y evidentes que sean las razones. Podríamos haber esperado un “despido con gentileza”, aunque me temo que, en este caso, ya es demasiado tarde para ponerlo en práctica.