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Saber escuchar

Resulta iluminador y oportuno, a 35 años de su asesinato, recordar a Jaime Guzmán Errázuriz, quien en el Senado señalaba en 1990 que “ningún sector político postula hoy en Chile que el mejoramiento del nivel de vida de los más pobres excluya la labor redistributiva del Estado”.

A semanas de iniciado el Gobierno del presidente José Antonio Kast, la contingencia ya ha impuesto su primera gran prueba: gobernar en medio de una crisis internacional que tensiona la economía doméstica. El alza de los combustibles, impulsada por la guerra en Irán, ha dejado en evidencia una verdad incómoda pero central: no hay margen para la rigidez ideológica cuando la realidad apremia.

Gobernar —conviene recordarlo— no es el arte de la mera coherencia doctrinaria, sino el de la conducción efectiva en contextos adversos. Y esa conducción comienza, inevitablemente, por la capacidad de escuchar. No como gesto retórico, sino como disposición real a incorporar las demandas y urgencias de la ciudadanía en la toma de decisiones.

En este punto, la experiencia reciente es elocuente. El gobierno del presidente Gabriel Boric mostró, en múltiples ocasiones, las limitaciones de una lógica donde la convicción se impone por sobre la realidad. Reformas mal calibradas, prioridades desalineadas y una persistente dificultad para leer el clima social terminaron por erosionar su capacidad de gobernar. No fue solo un problema de gestión, sino de enfoque: gobernar desde la ideología antes que desde la realidad.

Por eso, la señal más relevante en estas primeras semanas no está únicamente en las medidas adoptadas, sino en la disposición del Ejecutivo a ajustarlas. Evaluar mecanismos de estabilización de precios, revisar cargas y priorizar alivios inmediatos no son solo decisiones técnicas; son, sobre todo, decisiones políticas que reflejan una comprensión adecuada del momento.

En esa línea, resulta iluminador y oportuno, a 35 años de su asesinato, recordar a Jaime Guzmán Errázuriz, quien en el Senado señalaba en 1990 que “ningún sector político postula hoy en Chile que el mejoramiento del nivel de vida de los más pobres excluya la labor redistributiva del Estado”. La afirmación no es menor: porque refleja muy bien que incluso desde posiciones ideológicas definidas y antagónicas, la política reconoce límites que impone la propia realidad social.

El propio senador Guzmán lo formuló también en términos más generales, al recordar siempre que la autoridad debe ejercerse con sentido de realidad, atendiendo a las circunstancias concretas en que se desenvuelve la vida social. En otras palabras, gobernar no es imponer, sino convencer; no es perseverar solo en la pureza de las ideas, de manera testimonial, sino darle oportunidad a la eficacia de las respuestas y soluciones que terminan siendo ejemplos concretos de los propios ideales y su capacidad de transformar la vida de las personas.

Ese es, precisamente, el desafío del actual gobierno. En un contexto de incertidumbre económica, donde el alza de los combustibles impacta directamente en el costo de la vida, la ciudadanía no espera solo coherencia ideológica, sino soluciones concretas. La política, en estos casos, se mide menos por sus principios meramente declarados que por su capacidad de mitigar impactos reales.

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