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Gonzalo Arenas: el volcán y el sosiego

Arenas sabe comunicar, sabe pensar, sabe de política y sobre todo sabe de historia. Nada de eso es innecesario. Es lo que este gobierno necesita con urgencia.

Gonzalo Arenas siempre viste de oscuro. O al menos vestía así cuando venía a la radio donde trabajaba. Serio, concentrado, muy articulado, no había en él rastro de farándula. Aunque dos hechos desentonaban con su tono de hombre en eterno duelo. O más bien tres. El primero era su juventud, que le era imposible disimular aunque trataba de todas las maneras posibles de hacerlo. Lo segundo era ser hijo de Pamela Hodar, la presentadora del noticiero central de TVN en la época de la dictadura, varias veces coanimadora del Festival de Viña y pariente del general Pedro Ewing Hodar, secretario de la Junta y ministro de la Segegob en los años más duros del régimen. El tercero era el famoso incidente que protagonizó en el Parlamento en agosto de 2009, cuando en plena interpelación al ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, por la violencia en La Araucanía, lo increpó por un indulto concedido en el gobierno de Bachelet y terminaron lanzándose papeles a la cara. Un momento bochornoso, que le valió sanciones de la Mesa de la Cámara, y que hacía adivinar que debajo de ese hombre tranquilo yacía un volcán siempre dispuesto a irrumpir.

En la radio nunca se pasaba de largo. Las habilidades comunicacionales de su madre eran en él notorias sin que las hiciera notar. Su conocimiento de los medios desde chico era parte de su tesoro, aunque nunca hacía referencia a ningún famoso que conoció en esa época. Por lo visto, entre la madre animadora y el padre, Juan Arenas, que era militar, los niños se salvaron de ese mundo del pecado, aunque no de la Escuela Militar, donde estudió Arenas antes de hacerse abogado en la Católica. Y miembro de la Fundación Jaime Guzmán, y gremialista y UDI. Todo el recorrido más o menos programado en que algo, sin embargo, empezó a desentonar. Diputado por uno de los distritos de La Araucanía, empezó a ver, y aún peor, a decir, que la solución del problema mapuche no pasaba solo por la seguridad policial o militar, sino por un acuerdo político que tomara en cuenta todas las diferencias culturales de los distintos pueblos de la zona.

Arenas y su parquedad, Arenas y su dureza, empezó a mostrar otro lado, que es quizás el más esencial de su carácter. Con una seriedad que nadie espera de un parlamentario en ejercicio, se puso a estudiar la historia del distrito que representaba, uno en que no necesitaba hacer nada para ganar por amplia mayoría. Al hacerlo no dejó del todo contentos ni a las forestales, ni a los descendientes de inmigrantes, ni a las organizaciones mapuches más militantes y aguerridas. Esto no alteró su rumbo. Estudió, conversó, diagnosticó y, sin dejar de ser un dirigente del sector más duro de la UDI, empezó a sentir que los eslóganes y las alarmas no eran suficientes, que había que abrirse a los otros, entenderlos sin darles necesariamente la razón: dialogar.

No sé cuánto de eso contribuyó a que dejara el escaño en 2014. Puede que la política, con su ritmo desenfrenado, lo haya cansado. O puede que la historia, la de Diego Portales y su mundo, que incluye a Antonio Varas y su mundo, haya sido más fuerte que la votación interna, o la externa. Se convirtió en un hombre de universidad, en un académico, doctor en Historia por la Autónoma de Madrid, autor de libros sobre Portales y Varas y decano de Derecho en la San Sebastián, aunque mantuvo la seriedad completa de su vestimenta y la parquedad de sus palabras. Desde afuera criticó a su propio partido por la forma en que enfrentó el caso Penta. En el segundo gobierno de Piñera volvió a La Araucanía por otra puerta, como asesor especial de Asuntos Indígenas. Mantuvo también su cercanía a José Antonio Kast, el líder de su sección de la UDI, partido que terminó dejando en 2022, sin descartar al mismo tiempo su cercanía con Pablo Longueira.

Que lo hayan nombrado solo subsecretario para que la vocería en parte la siga ejerciendo Alvarado, que no da pie con bola con el cargo, habla de que los problemas no se han alejado del gobierno.

Todo el asunto del ministro Rabat y la rebaja de condena a 56 abusadores y violadores de menores vuelve a probar que quienes desprecian al Estado son luego por el Estado despreciados. Que ningún asesor haya advertido que los otros gobiernos alegaban en los tribunales contra esas rebajas de pena habla de un desierto infinito de cerebros capaces. Que el propio Arenas haya tenido que calificar la polémica de “malintencionada” en su primera vocería muestra el tamaño de la tarea que le espera. Arenas es sin duda un cerebro capaz, y su nombramiento en este sentido solo puede alegrar a los que queremos que a Chile le vaya un poco mejor, o un poco menos peor, de lo que le está yendo. Es también una persona de personalidad fuerte, testarudo y llevado a su idea, alguien que desprecia la tontera ajena y sigue adelante con lo que piensa más allá de lo que la prudencia indica.

Pero sabe comunicar, y sabe pensar, y sabe de política, y sobre todo sabe de historia. Nada de eso es innecesario. Diría que todo eso es lo que este gobierno necesita con urgencia. Sabemos que en los hechos es ministro y no subsecretario, y que conoce a Alvarado al revés y al derecho, pero el caos administrativo que deja el armazón de gabinete es tan torpe como evitable. En lo que ya se sabe no es necesario innovar. En lo que ya funciona no hay que agregarle funciones. Llega además, ironías de la historia, a la misma Segegob que dirigió el general Ewing Hodar. Arenas, el hombre de negro que viene a arreglar los desaguisados de una gestión para el olvido, tendrá que armarse de una paciencia que le es difícil para habitar el crucial papel que le toca asumir.

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