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Jorge León, experto en gestión de desastres: “Estamos recién en la etapa inicial del aprendizaje necesario para lidiar con incendios”

En medio de la emergencia climática preventiva bajo la que se encuentra más de la mitad del país por las lluvias, el especialista advierte sobre la próxima amenaza: los incendios forestales que, al igual que las precipitaciones, El Niño promete intensificar.

Santiago experimentó el octubre más lluvioso desde que se tenga registro y ya superó el promedio de precipitaciones de todo el año. Los estragos de la lluvia fueron notorios: un aluvión en Las Condes, buses de la red de transporte público siendo arrastrados por la corriente, anegamientos en los puntos neurálgicos de la ciudad e incluso un tornado en Estación Central son algunas de las postales de las últimas dos semanas.

Entre este domingo y el 23 de octubre, más del 70% de la población del país estará bajo emergencia climática preventiva ante las posibles remociones en masa y la lluvia que se dejará sentir entre las regiones de Coquimbo y Biobío. Los climatólogos han situado a El Niño y al cambio climático como los potenciadores de los sistemas frontales. Se prevé que este fenómeno climático tenga a Chile en los meses de verano bajo calor extremo y un riesgo crítico de incendios forestales.

Con el verano a la vuelta de la esquina, EL DÍNAMO conversó con Jorge León, director alterno del Centro de Investigación Interdisciplinaria en Riesgo, Resiliencia y Recuperación ante Desastres (Cigiden R+) y académico de la Universidad Técnica Federico Santa María. El experto en gestión del riesgo de desastres y planificación urbana es crítico: Chile no está lo suficientemente preparado para enfrentar los incendios.

“Nosotros ahora estamos súper orgullosos de nuestra capacidad o manera de gestionar los terremotos”, ejemplifica León. “Pero esa preparación se ha pagado con miles de vidas humanas, no ha sido gratuita”.

“En el caso del incendio, creo que estamos como estábamos en el caso sísmico hace muchas décadas”, diagnostica.

— Hablando de los veranos calurosos que se vienen, ¿qué tan preparadas están las ciudades, sobre todo en la interfaz urbano-forestal, para los incendios que probablemente vienen?

— Ahí el diagnóstico, a mi juicio, no puede ser sino negativo. Primero, tenemos cerca de un cuarto de la población urbana de Chile central o sur-central viviendo en zonas de interfaz urbano-forestal. Ya tienes a un montón de población expuesta a esa amenaza, y los procesos o capacidades que gestionan esa amenaza tampoco son muy altos.

Nosotros no tenemos un ambiente construido ni edificaciones diseñadas con estándares de resistencia al fuego, a diferencia de lo que se hace en Australia. Todo lo contrario: muchas veces tenemos construcción liviana altamente inflamable, sin control de la vegetación e inclusive con las casas en contacto directo con la vegetación dentro de los predios.

Tampoco tenemos un sistema adecuado de vías de evacuación en muchos lugares, como se vio en Viña del Mar en 2024, ni hacemos simulacros de evacuación por incendio. Además, hemos tenido problemas con las alertas de evacuación durante la emergencia misma.

Soy bastante pesimista en términos de ese diagnóstico y preparación general. Hay algunos esfuerzos interesantes de comunidades que se han ido organizando para gestionar esto mejor, pero a nivel general, para esos cientos de miles de personas potencialmente expuestas, la capacidad de contener un incendio todavía es muy baja.

— Como especialista en evacuación, ¿qué tan evacuables son ciudades como Valparaíso o Viña del Mar ante amenazas como incendios o tsunamis?

— La respuesta depende de para qué amenaza. Hay que distinguir: la evacuación por tsunami tiene la gran diferencia de que sabes de dónde viene la amenaza; el tsunami viene desde el mar y va subiendo. Algo tan simple como eso permite al menos dar múltiples opciones de evacuación: la gente sabe que tiene que subir a una cota segura.

Hay partes de Valparaíso, Viña, Iquique o de cualquier ciudad costera de Chile donde la evacuación es muy difícil porque la zona alta está muy lejos, y ahí uno debería entrar a pensar en estrategias como la evacuación vertical. Pero hay cierta claridad y planificación: SENAPRED entrena periódicamente, hay mapas con rutas de evacuación y entrenamiento de la población.

El caso del incendio es mucho más complejo, porque no sabemos a priori desde dónde va a venir el fuego. Sabemos más o menos dónde están las zonas boscosas que rodean el área urbana, pero el desarrollo mismo del fenómeno es muy complejo desde el punto de vista físico: tiene una mecánica de fluidos muy variable y súper dependiente de condiciones puntuales y dinámicas como la topografía, la vegetación, el viento o la humedad del aire.

Por eso, el dilema es cómo prepararse para la evacuación frente a una amenaza que no sabes cómo te va a atacar. Ahí la única respuesta es pensar la ciudad con sistemas redundantes: que tenga múltiples rutas de evacuación y opciones de salida, garantizando que estén disponibles en caso de incendio. Si el fuego te ataca desde el suroeste, tú tienes disponible siempre una salida hacia el noreste.

En Viña del Mar, en 2024, hubo un problema severo de evacuación por el colapso vial de rutas al no haber redundancia: todo un barrio completo de varios miles de habitantes tenía como dos rutas de escape hacia vías principales y se colapsaron cuando toda la gente trató de salir al mismo tiempo.

— ¿Falta que Chile tenga una cultura de prevención y actuación en materia de incendios, así como la tiene a nivel sísmico?

— Es una muy buena pregunta. Siempre respondo con una analogía al tema sísmico. Nosotros ahora estamos súper orgullosos de nuestra capacidad o manera de gestionar los terremotos. Hay esos videos en Instagram o YouTube de los chilenos tomando once mientras la casa se mueve y todos los extranjeros asombrados porque al chileno no le da miedo.

Efectivamente, hemos logrado que gran parte de la población sepa gestionar esa amenaza y sepa cómo reaccionar. Pero esa preparación se ha pagado con miles de vidas humanas, no ha sido gratuita. Si uno ve desde el terremoto de Talca en 1928, pasando por Chillán en 1939, Valdivia en 1960, los de la zona central en el 71, el 85 y el 2010, ha habido decenas de miles de personas fallecidas, y eso ha ido generando un cambio normativo evolutivo, paso a paso, con una norma que ha ido aprendiendo de los terremotos.

Es una norma súper estricta, de las mejores del mundo —fácil en el top 5 mundial—, que garantiza que un edificio moderno muy probablemente no se va a caer. Y eso hace que la gente esté tranquila; es una cultura creada en base al aprendizaje, la resiliencia y, lamentablemente, las pérdidas materiales y humanas.

En el caso del incendio, creo que estamos como estábamos en el caso sísmico hace muchas décadas. Si bien el incendio siempre ha existido en Chile, como en todos los países de clima mediterráneo, nunca había tenido impactos urbanos tan grandes como los que está teniendo desde la década de 2010, a partir de Santa Olga. Estamos recién en la etapa inicial del aprendizaje necesario para lidiar con este tipo de amenazas.

— Pasando a la gestión del riesgo a nivel institucional, ¿cómo evalúas el sistema que tiene Chile para prepararse ante desastres? ¿Cuáles son sus fortalezas y debilidades?

— Mirando el vaso medio lleno, el avance desde el 2010 a la fecha ha sido notable. El terremoto y tsunami del 2010 fue claramente un punto de inflexión, en el sentido de que nos evidenció de manera bastante fatal lo poco preparados que estábamos: la ONEMI, la ciudadanía y la gobernanza en general del país estábamos muy mal preparados para lidiar con desastres.

Creo que se inició en ese momento un proceso bastante robusto de mejora institucional, de preparación e inclusive un cambio cultural en la población. Tenemos la Ley 21.364 del año 2021, que cubre la mayoría de los aspectos más relevantes para organizar un sistema robusto, y se ha mejorado mucho en ciencia con centros de investigación como CIGIDEN, CEDEUS o el CR2.

Sin embargo, creo que lo que nos falta es lo que se llama en la literatura la «última milla»: es decir, la implementación final de esto en el territorio, que tiene que ver con recursos, responsabilidades, preparación técnica de los organismos ejecutores y tecnología. Como dicen los gringos, entregar o implementar la gestión del riesgo de desastre en el territorio todavía tiene mucho por avanzar.

— ¿Y esa «última milla» tiene la capacidad de adaptarse a lo rápido que se están intensificando los fenómenos por el tema del cambio climático?

— Esa última milla justamente debiera contemplar la capacidad de tener un sistema que sea fácilmente adaptable o modificable. Hay cosas tan básicas como la asignación de recursos. Por ejemplo, ¿cuántos recursos destinas a los equipos transitorios que se van a hacer cargo de una amenaza, como las brigadas de incendios forestales?

¿Cómo se logra tener una arquitectura que permita, si se presenta una temporada totalmente diferente a lo esperado, mover rápidamente recursos materiales, humanos y monetarios para atender una amenaza en desarrollo que supera los parámetros previstos?

Esa flexibilidad final a veces choca con nuestra arquitectura de gobernanza, que resulta burocrática y tiene mecanismos de control de la ejecución y de probidad —los cuales hacen todo el sentido—, pero cuando se está respondiendo a una emergencia, uno no puede estar preocupándose de si la Contraloría te va a hacer una auditoría después. A veces hay que responder con todo lo que se tiene, por lo que tener la flexibilidad para atender esas contingencias es una parte importante de esta última milla.

— Respecto a lo ocurrido en Santiago y en Las Condes con las lluvias, ¿hay alguna explicación desde el diseño urbano para el colapso que se genera? ¿Por dónde se puede avanzar en soluciones?

— Hay que separar las causas. Hubo factores ambientales: concentración de lluvia intensa en poco tiempo, lluvia hasta una cota muy alta y la capacidad de retención del suelo mermada por incendios forestales anteriores.

Pero eso se topó con un contexto urbano que no ayudó. Lo que ha ocurrido en las últimas tres o cuatro décadas ha sido un proceso de urbanización sistemática que impermeabiliza gran parte del suelo: la pavimentación hace que el agua que antes se absorbía naturalmente ahora corra por la superficie. Además, los colectores de agua lluvia fueron proyectados para otros estándares y no fueron capaces de conducir ese caudal.

Respecto a soluciones, más allá de mejorar la infraestructura técnica —que es muy compleja de modificar—, hay que mirar la planificación territorial. Hay experiencias muy exitosas en Chile, como el Parque Víctor Jara (antiguo Zanjón de la Aguada) en la zona sur de Santiago. Hasta hace tres o cuatro décadas, se desbordaba el zanjón e inundaba todo. Esa obra de mitigación regaló un parque hermoso a la ciudad y resolvió en gran parte el problema del agua lluvia en el sector.

Otro ejemplo es el Parque Caucari en el río Copiapó, diseñado con estándares hidráulicos basados en gestión natural con agua al aire libre, el cual aguantó perfectamente las últimas lluvias intensas sin desbordarse. Esa estrategia, que llaman la «ciudad esponja» —recuperar la capacidad de infiltración natural del suelo que perdemos al pavimentar—, es el camino para complementar la infraestructura técnica.

— Siempre se dice que vivimos en un «país de catástrofes». ¿Qué tendría que pasar para que eso deje de ser algo a lo que tengamos que resignarnos y avancemos en prevención?

— Los fenómenos naturales van a existir siempre; siempre hemos tenido terremotos y tsunamis, y nuestro paisaje es resultante de esos procesos. Ahora además estamos sumando los incendios, las olas de calor o pulsos de lluvia inesperados agravados por el cambio climático.

La clave aquí es no enfrentarse al fenómeno con resignación. Es verdad que somos un país de amenazas naturales, pero para que una amenaza se transforme en catástrofe se tiene que cruzar con un entorno vulnerable y expuesto. Jamás vamos a eliminar que haya terremotos; lo único que podemos hacer es ser menos vulnerables y estar mejor preparados.

Esa cultura de prevención tiene que ver con entender cuáles son nuestras áreas expuestas y vulnerables, y cómo gestionar esa vulnerabilidad frente a amenazas que nos van a afectar seguro. La pregunta no es si nos van a afectar: nos van a afectar. El punto es cómo estar mejor preparados cuando ocurran para evitar que terminen en un desastre.

No podemos ser negacionistas ni hacer como que el terremoto no va a ocurrir. Va a ocurrir. Y como dice un colega mío, no importa tanto saber cuándo va a ocurrir, sino estar preparados para cuando suceda.

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