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Cristián Warnken: de orfandades, sueños locos y poesía

En su refugio sureño, entre libros y volcanes, el escritor y profesor reflexiona sobre la pérdida de referentes, la autocrítica pendiente de la izquierda, el vacío del centro político y el rol de la cultura como alma de un país que —dice— se entiende mejor desde la poesía que desde la política.

Al sur del país, en la localidad de Molino Viejo, hay un jardín de bellotos, rododendros y coihues donde el viento sopla siempre poderoso, llevando fragancias de frutas, miel de ulmo, leña encendida y tierra húmeda. El tiempo marcha más lento y, bajo los árboles, medio escondida, envejece una banca de madera que para Cristián Warnken es “el mejor lugar del mundo”. Unos queltehues pasean sin apuro y comparten el territorio con unas bandurrias también aletargadas por la tarde. A lo lejos, en el horizonte, las cumbres de los volcanes Llanquihue y Calbuco son la guinda de la torta para este paraíso terrenal donde transcurren los veranos del profesor W.

Aquí Warnken pasa febrero: leyendo en esa vieja banca, escribiendo en su nada pequeña biblioteca sureña, dando largas caminatas, conversando sobremesas interminables con su familia, poniéndole leña al fuego de la cocina y disfrutando de noches de Pluribus junto a sus hijos.

En su escritorio varios libros esperan su turno: Un descanso verdadero, de Amos Oz; Stoner, de John Williams; Sobre héroes y tumbas, de Sábato; Dignos, de Pablo Ortúzar; Civilización artificial, de José María Lassalle, Le dedico mi silencio, de Vargas Llosa; y Viaje al fondo de un corazón en duelo, de Ziley Mora son algunos.

“Mi utopía en vacaciones es vaciarme mentalmente”, declara de entrada. “Vaciarme lo más posible de tanta información que traigo, llenarme de conocimiento y dejar que la chicharra descanse”.

Y claro, viene saliendo de un año intenso para entrar en otro que, seguramente, también lo será. Acaba de lanzar El pedestal vacío, quizás su libro más íntimo, conduce un programa radial y un podcast, dirige un taller de poesía y hace unos meses se incorporó al centro Faro UDD, donde espera aportar su experiencia pedagógica, literaria y comunicacional. “Creo que es urgente dar más espacio a las humanidades dentro de las universidades, sobre todo en un mundo tan tecnificado. Como civilización, hemos perdido eso que es fundamental y que nos hace humanos”.

“¿Nos hace falta poesía?”, le pregunto.

Warnken guarda unos segundos de silencio y mira su jardín, como si la respuesta tuviera que pasar primero por ahí.

“Sin duda. En Occidente hemos seguido el camino del pensamiento racionalista, pero en el origen de la humanidad hubo una forma de pensamiento más completa, una que incorporaba las emociones, la irracionalidad, el psiquismo, lo onírico, lo humanista… todo eso que el pensamiento racional esconde bajo la alfombra. Eso lo hemos perdido en el camino y es imprescindible recuperarlo. Como seres humanos no estamos completos sin eso. Jung lo explica bien. Él hace una distinción muy interesante entre el ánimo y el ánima, que son dos aspectos complementarios en la naturaleza humana. El ánima es lo que tiene relación con las emociones, los sueños, el inconsciente, el arte. Todo aquello que hoy nos cuesta tanto. Las humanidades y la poesía son la presencia del ánima en la palabra, son la palabra liberada del yugo excesivo de la razón”.

Esa pérdida de poesía, dice Warnken, no es solo un problema estético. Tiene consecuencias culturales y políticas también. “Cuando el lenguaje se empobrece, también se empobrece la forma en que la sociedad se piensa a sí misma. Se empobrece el relato y el país va quedando huérfano”, asegura.

—En tu libro reflexionas mucho sobre la caída de referentes y repites varias veces el concepto de orfandad para referirte a un proceso personal. ¿De qué manera esa sensación íntima dialoga con tu mirada sobre el Chile de hoy?
“Creo que ha habido una decadencia de los liderazgos en todos los sectores. Faltan liderazgos con tonelaje, con visión para tiempos difíciles. La política se ha empobrecido desde el punto de vista intelectual y reflexivo. Se ha convertido en una actividad de pequeñas pymes y han desaparecido los grandes proyectos y sueños de largo plazo. Somos un país que perdió su relato y, cuando no hay un relato que aglutina, lo que aparece es un cúmulo de malestar, odios y desconfianza. Históricamente nos enorgullecíamos de nuestras instituciones, pero lo que hemos visto en los últimos años ha minado también esa solidez y esa seguridad. No hay que olvidar que, en pleno siglo XXI, en un país que se sentía orgulloso de su institucionalidad, hubo un estallido social que puso en riesgo la democracia que tanto nos había costado recuperar. Y, en medio de ello, hubo escasez de voces disidentes que se atrevieran a criticar lo que ocurría. Porque una cosa era la movilización legítima del malestar de un sector del país, pero otra muy distinta era justificar la violencia y la destrucción, y hacer una alabanza a los fuegos artificiales que se lanzaban en Plaza Dignidad. Ahí se vio claramente nuestra orfandad de referentes, de formación cívica, de periodismo serio y de liderazgos contundentes. Hoy en Chile hay un vacío político enorme”.

—¿La disolución del centro político —con la caída de la DC, Amarillos y Demócratas— tiene que ver con eso también? ¿Qué pasó con ese centro político y su capacidad de generar sentido y articular acuerdos?
“La palabra centro está muy manoseada. El centro no es la suma de la derecha más la izquierda, dividida en dos. Eso produce una jalea que no puede entusiasmar a nadie. En lo personal, siempre he creído que el centro es algo que tiene que ser audaz, tiene que poder sorprender, ser una tercera alternativa que realmente haga sentido y sea convocante. No se trata solo de ser una alternativa a la lucha eterna entre la izquierda y la derecha, se requiere originalidad, imaginación, riesgo, coraje y un relato potente. Y eso es precisamente lo que falta a nuestros líderes políticos hoy. En Amarillos no fuimos capaces de levantar un relato atractivo, interesante y de largo plazo. Y a Demócratas le pasó lo mismo. El centro desapareció porque perdió su identidad y no tuvo la valentía de constituirse en una alternativa real a los polos. Se convirtió en un vagón de cola de la izquierda más radical, sobre todo en los momentos más relevantes, como fueron el estallido y el proceso constituyente. Y luego reapareció de la peor manera, en una versión populista encarnada por Parisi. Él tuvo la intuición certera de encontrar un eslogan fácil de entender y de convocar a muchos, pero en una versión populista del centro. Hoy en Chile hay un vacío político enorme, precisamente por la falta de un centro”.

—¿Ves posible la reconstrucción de ese centro?
“No veo líderes capaces, lúcidos y con el coraje necesario para constituirlo. Tengo fe en que nazca un centro socialdemócrata que por fin pueda romper el cordón umbilical con la izquierda más dura, cortar la dependencia emocional y política para levantarse con fuerza. La esperanza está, pero no creo llegar a verlo”.

—¿Te parece que el nuevo gobierno tiene lo necesario para ejercer un liderazgo a la altura de lo que el país necesita?
“Me declaro en estado de observación. En principio, da la impresión de que Kast optó por dar señales más bien de moderación en la construcción de su gabinete. No armó un equipo ideológico ni parece traer una retroexcavadora, por lo que creo que desistió —a lo menos de momento— de instalar un proyecto refundacional de derecha y más bien optó por armar una suerte de coalición de facto, donde hay personas que están lejos del pensamiento de derecha conservadora”.

—¿Cuáles son los grandes desafíos del nuevo gobierno en términos de recuperar relato y reconstruir cohesión social?
“La educación. Ésa es la gran herida de Chile. Es un desafío central que ha estado ausente, no solo en el discurso del gobierno, sino también en el de la oposición. Porque la seguridad y la economía son muy importantes, sin duda, pero limitarse a ello sería muy pobre. La educación debe estar en el centro de todo, y es algo que requiere visión, inteligencia, conversaciones profundas y acuerdos. Hemos ido de reforma en reforma, intentando copiar sistemas de otros, pero quizás es tiempo de buscar los brotes verdes, cuidarlos y replicarlos. Y, sobre todo, sacar la educación y la cultura de la discusión política partidista. Ni la educación ni la cultura son botines políticos de ningún sector. Ambos tienen que estar en la base y ser terreno para un gran acuerdo nacional, donde no haya cabida para los gustitos ideológicos que nos han hecho perder tiempo y recursos millonarios”.

—¿Qué esperas de la oposición en este nuevo escenario?
“La izquierda tiene que hacer un descenso, una catarsis griega, un proceso profundo de autocrítica y revisión. En marzo le entregarán la banda presidencial a lo opuesto de lo que ellos plantearon al país, eso tiene que ponerlos a pensar. Preguntarse en qué fallaron y por qué fracasaron. Después del golpe de Estado, hubo un proceso de revisión profunda de parte de los sectores de izquierda, que fue lo que finalmente les permitió participar en la transición democrática como un actor fundamental. Pero esta izquierda no me parece que esté en ese ánimo ni veo quién va a encabezar esa renovación. Alguien que se pare y diga aprovechemos estos cuatro años para revisar quiénes somos y a dónde vamos, cómo aportamos de verdad a Chile. Noam Titelman es una figura interesante que se ha mostrado capaz de hacer esa reflexión, pero no veo al mundo intelectual de izquierda haciendo autocrítica, ni mucho menos al mundo político de izquierda. Me temo que esperan la lógica de que cada cuatro años la gente vota en contra del gobierno de turno y vuelvan sin haber hecho una renovación. El problema es que, si la izquierda no se renueva, estamos en un problema. Porque la democracia requiere actores comprometidos con la democracia y la izquierda que vimos durante el estallido y el proceso constituyente fue una izquierda que no pareció consciente del daño que le estaban haciendo a la democracia en las calles”.

Lo femenino y lo literario ha tenido una ascendencia fundamental en la vida de Warnken. Figuras como su madre, su mujer, su abuela, la revolución y la poesía aparecen una y otra vez en El pedestal vacío y se conectan con el pensamiento del profesor en diferentes ámbitos, siempre con una profundidad entrañable. Su abuela paterna, con quien era muy cercano, fue poetisa y protectora de poetas. Su madre, una intelectual comunista que le enseñó todo sobre la revolución. De su señora se enamoró entre libros y junto a ella ha transitado desde la izquierda al centro.

En El pedestal vacío aparecen varias figuras femeninas muy poderosas y profundizas mucho en la relación con tu madre, como en un paralelo entre ella y el pensamiento político. Dices que tu desgarro con la izquierda implicó también un ajuste de cuentas y un corte de cordón con ella.

“La relación con mi madre fue decisiva en mi formación. Ella fue una madre muy especial, que estaba en un estado de permanente asombro. Vivía todo con una intensidad fuera de lo común y eso yo lo vi desde muy chico. Ella fue quien me abrió al mundo de la sensibilidad, la estética, la literatura, la cultura, el sentido social y también del interés por la política. Nos quedábamos hasta tarde escuchando la radio Magallanes durante la dictadura y ella, que era una especie de ‘filocomunista’ —en el sentido de que era una comunista de la antigua escuela, más intelectual y moderada— me acompañó en ese despertar político, fue mi guía y mi cómplice. Por eso, cuando yo inicio mi proceso de crisis en cuanto a lo político y hago un ajuste de cuentas con la izquierda, ese ajuste no es solo intelectual. Es también afectivo y tiene que ver con la idealización de la figura de ella”.

—¿Alguna vez se enfrentaron al respecto?
“No, porque ella no fue nunca una madre dominante, era respetuosa y afectuosa. Solo tengo infinita gratitud hacia ella, por toda la maravilla que me entregó. Ella solo me mostró aquello en lo que creía, pero no me impuso nada. Nuestra relación se basaba en la libertad y en la convicción de una izquierda que se jugaba en el terreno de lo emocional. La izquierda, para nosotros, era la música de Inti Illimani, Quilapayún, Violeta Parra. Era una potencia espiritual, cultural, mística. No era lo que es hoy. Por eso yo no siento que traicioné a la izquierda, más bien fue ella la que me traicionó a mí”.

—¿Cómo te defines hoy en lo político? ¿De izquierda, liberal, de centro?
“Te diría que no tengo eso resuelto. Me considero un patriota cuyas fuentes están en nuestros poetas. En Gabriela Mistral, Neruda, Zurita. Quizás me convertí en un socialdemócrata o tal vez siempre lo fui. Pero soy un socialdemócrata sin tribu. También he estudiado mucho el pensamiento liberal y hay valores liberales que me identifican, pero no me considero un liberal ortodoxo ni un liberal sustantivo. Creo que el liberalismo ha aportado mucho, pero tiene dificultades para dar respuesta a grandes preguntas que está planteando la modernidad. Y también soy conservador en algunos aspectos: descreo de todos aquellos que vienen a hacer grandes revoluciones, sean del lado que sean. Descreo de la revolución marxista y también de un Milei. Me he vuelto muy desconfiado del entusiasmo progresista, veo que la cultura woke nos va dejando sin nada. El mundo tiene que cambiar, no hay duda, y no hay que aferrarnos a moralismos anticuados, pero no podemos destruir todo lo que nos hemos demorado cientos de años en construir. Creo que la familia y la comunidad son fundamentales, y aun siendo agnóstico, considero que la iglesia es muy importante en nuestro país y en Occidente en general. Son fuentes que dan ciertos límites a un mundo que hoy está completamente deconstruido, en el que cada vez tenemos menos a qué aferrarnos. No puedo ponerme una etiqueta, estoy en un estado de orfandad y perplejidad, todavía con muchas interrogantes. El mundo está muy agitado, nos faltan referentes y las placas tectónicas del pensamiento aún tienen que moverse más. La sensación de sinsentido es tremenda y se está comiendo a Occidente”.

—Has escrito que la poesía y la tierra pueden ser antídotos a ese sinsentido. ¿De qué manera?
“Vivimos en un determinado planeta, en un territorio preciso de un momento específico. Y estamos marcados por todo eso. Una de las variables más importantes es nuestra relación con el terruño y lo que ocurre en él tiene consecuencias inevitables en nosotros. Hay una relación profunda del ser humano con la tierra y en Chile eso es muy palpable. Los poetas lo han entendido como nadie. Algo hay en el hecho de que vivamos en este extremo del mundo, tan frágil y potente a la vez. Pero ocurre que, la mayoría de las veces, nuestras reflexiones políticas se abstraen de la tierra, se elaboran como teorías de academia, sin ningún vínculo real con la tierra y con la gente común. En el proceso constitucional eso fue muy patente: quienes lideraron, cometieron el error garrafal de tratar de deconstruir el país. Y ahí tocaron un nervio, algo muy profundo nuestro. Fue un error gigantesco de falta de visión, ignorancia y desconexión total”.

—¿Están desconectados nuestros líderes y élites de la realidad del país?
“No solo los líderes y élites. Hay un desarraigo y una desconexión tremendos, que son amplificados por las pantallas. Ellas nos acercan a muchas cosas, pero también nos separan de la tierra y mediatizan todos nuestros contactos. Y sin duda que las élites están desconectadas, tanto las de derecha como las que izquierda. Necesitamos una mejor élite, una que esté más conectada con la realidad, más en contacto con la gente y la tierra, capaz de hacer una reflexión profunda de lo que somos como país”.

—¡Una élite más humanista!
“Exacto. Este país fue construido desde las humanidades. Es la base de todo. Uno de los grandes padres de la patria, Andrés Bello, fue un pensador humanista. Debemos volver a esa raíz y no intentar copiar todo de afuera. Tenemos el defecto de idealizar lo que viene de otros países, de creer que las respuestas están afuera. Pero es que esos países primer hicieron el ejercicio de mirarse a sí mismos, de construir sobre la base de esa identidad. Las preguntas que debemos hacernos nacen de las humanidades y requieren un esfuerzo intelectual mayor: ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿Dónde está nuestra riqueza? ¿Qué tan alto podemos soñar? A mí me gustó mucho lo que planteó Pablo Ortúzar, a propósito de los países que se han pegado un salto en educación: todos ellos son países que se han propuesto objetivos ambiciosos y locos”.

—¿Cuál podría ser ese sueño loco de Chile?
“Convertirnos en la capital del libro, por ejemplo. Perfectamente podríamos ser el centro mundial del libro si nos lo propusiéramos y tuviéramos ministros de Cultura, Educación y Hacienda trabajando para hacer realidad ese sueño. Porque en la cultura está nuestra riqueza. Creo que el arte, la poesía, la literatura, el teatro… son fundamentales, sobre todo en momentos de crisis. La cultura es el alma de un pueblo”.

—Sin embargo, suele ocurrir que los gobiernos no le dan tanta relevancia…
“Lo que pasa es que no es posible solucionar todo desde la estructura ministerial. El Ministerio de Cultura debe hacer lo que puede, dentro de los límites que tiene y los fondos de que dispone. Se debe cautelar la diversidad, la libertad, la independencia y la excelencia. Y eso obviamente no ha ocurrido en un ministerio que financia un festival de cine pornográfico, habiendo tanta creación de calidad que relevar en el país”.

—¿Cuál es la esperanza de Chile?
“Su gente y la delicadeza de ella. El alma de Chile es profundamente delicada, pero en algún punto perdimos un poco de esa delicadeza. Nos empezamos a creer los jaguares de Latinoamérica y nos pusimos individualistas, sin embargo, la delicadeza persiste. Chile es un país misterioso, difícil de colocar en el concepto regional, un país que no es lector, sin embargo, un país de muchos y grandes poetas. A veces le damos la espalda a la poesía, a esa delicadeza nuestra, pero es ahí donde mejor nos expresamos y donde está nuestra identidad”.

La tarde empieza a enfriarse en Molino Viejo, a la cocina le falta leña. Los queltehues levantan un grito breve, antes de perderse entre los rododendros. El profesor W. se distrae con el paisaje y comienza a despedirse. Seguro ansía ponerse el poncho y sentarse en su vieja banca de madera a contemplar la caída del sol. Antes de levantarse para partir, hace una última reflexión. “Yo no sé si vamos a encontrar pronto las respuestas ni sé si estaré vivo para verlo, pero sí creo que hay que encontrarnos. Hemos vivido desencuentro tras desencuentro y nos debemos la posibilidad de hacer un reencuentro con nosotros mismos, con el ser más profundo de Chile, con la integración armónica de los opuestos. Ese encuentro está pendiente y es una inmensa tarea cultural, educacional y espiritual de la que todos debemos hacernos parte”.

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