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Crisis escolar y el costo de ignorar

Los hechos de violencia que estamos viendo hoy en los colegios no son solo un problema aislado de “mala conducta”; son el aviso de una fractura social más profunda.

Unicef educación parvularia

Por Vicente Cáceres, director general de Desarrollo Estudiantil de la Universidad Andrés Bello

“Los datos nos dicen que la Superintendencia de Educación registró un récord de denuncias por problemas de convivencia. Solo en la primera mitad de 2024, de las más de 7.500 denuncias que recibieron, casi el 70 % tenía que ver con conflictos de convivencia. La Defensoría de la Niñez reportó que 57 menores se quitaron la vida el año pasado. El INE informó que más de 336.000 jóvenes (un 14,2 % de quienes tienen entre 15 y 24 años) hoy son “ninis”: ni estudian ni trabajan. Como si fuera poco, la última encuesta de SENDA muestra una realidad desoladora: uno de cada tres jóvenes siente que es un fracaso y más del 40 % cree que no sirve para nada.

¿Cómo llegamos a esto?

Llevamos más de quince años en un debate educativo que se quedó atrapado en una lógica estructural. Discutimos sobre quién es el dueño del colegio, cómo se financia o cómo se selecciona, pero nos olvidamos de lo que pasa al interior de la sala de clases. En ese afán por rehacer el sistema, terminamos quitándoles el piso a los directivos y profesores. Los jóvenes necesitan referentes que los inspiren y límites claros para sentirse seguros y encontrar lo mejor de sí.

Hoy, las autoridades deben tomar acción urgente para dar condiciones a las comunidades educativas para recuperar la convivencia interna. Necesitamos valorar la disciplina y la exigencia académica, entendiendo que estas no son antagónicas al bienestar, sino sus pilares fundamentales. Un estudiante que sabe lo que se espera de él, que se desenvuelve en un entorno con reglas claras y predecibles, es un estudiante que se siente seguro. La exigencia académica, cuando va acompañada de un cuidado integral que genera las condiciones habilitantes para una buena salud mental, es la mayor muestra de respeto hacia el potencial de un joven que se encuentra en un proceso de desarrollo y formación. Exigirles académicamente, mientras los cuidamos, es la forma más honesta de decirles: “creo en ti”.

Si no actuamos ahora, con sentido de urgencia y previniendo desde temprana edad, el choque será brutal en un mundo lleno de incertidumbre. Este fenómeno de convivencia y salud mental va a llegar inevitablemente a la educación superior. Las universidades, que ya hacen esfuerzos importantes para nivelar las brechas académicas con las que vienen del sistema escolar, no todas están preparadas para recibir a una generación que ha visto cómo se ha normalizado la violencia para resolver sus problemas. Si miramos hacia afuera, la experiencia internacional es clara: cuando estas dinámicas entran a los campus, las consecuencias son fatales, paralizando instituciones enteras y destruyendo el tejido comunitario y académico.

 Por eso, reducir la discusión a si las instituciones educativas pueden o no tener detectores de metales no es muy alentador. El llamado es a generar acuerdos transversales que pongan a los estudiantes en el centro. Dejar de lado el aplauso fácil y entregar a los colegios herramientas y recursos reales para manejar la convivencia. A las universidades: no esperar a que el problema les estalle; fortalecer las redes de relacionamiento preventivo, de apoyo, bienestar integral y salud mental es clave. Y a todos nosotros, como sociedad: volvamos a creer que exigirles a nuestros jóvenes, cuidándolos de verdad, es la única manera de salvarlos de convertirse en futuros “ninis” o profesionales frustrados”.

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