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Arquitectura y onda: la pose Kul

Luciano Kulczewski García, nacido en Temuco hacia fines del siglo XIX, hijo de un francés miembro de la Legión Extranjera y una chica de Concepción, fue una suerte de prócer que logró varias cosas: ser audaz, ir contra la corriente, ser odiado, crear comunidad y apostar por los barrios, además de construir edificios y espacios públicos icónicos. Pero eso es poco al lado de haber alcanzado algo más importante: volverse de culto, deseado, inimitable y, lo que no es nada trivial, haber ayudado a darle onda a esta capital que se tenía tan poca fe.

Se ha escrito bastante, en esta misma revista, de arquitectura. ¡Bien! En tiempos de desparramo y descalabro, hilvanar un discurso sobre algo que es poético y a la vez concreto me parece sanador. No todo es contingencia penca y bastarda. Los edificios bien hechos (e incluso los malos) inevitablemente configuran el futuro sin por eso dejar de estar presentes y conectados al pasado. Es imposible mirar un edificio que provoca algo (positivo, negativo) sin pensar en que seguirá ahí hasta que algo grave suceda: un terremoto o un deseo despiadado de arrasar todo. Los edificios, las casas y las salas de conciertos quedan. O al menos lo hacen por mucho tiempo. Y a diferencia de otras artes, se pueden usar de manera tangible: ingresar en ellos, trabajar, vivir y comer y dormir y soñar y…

Jeannette Plaut se ha vuelto una de mis plumas favoritas de la plaza y el júbilo con que celebramos nuestro segundo premio Pritzker solo me alegra. Smiljan Radić Clarke se mereció la portada de Revista D. Me gusta su origin story. Me parece tan bizarra la mezcla de dos inmigrantes (croata, británica) que se conocen acá, en este recoveco del mundo, que, si se piensa un poco, no resulta tan raro que su obra sea impactante, práctica y bella. Habla tanto de donde viene como lo que quiere ser: un chileno, pero no uno cualquiera, sino uno del siglo veintiuno.

Me recuerda a otro arquitecto un poco freak, que no obtuvo un premio internacional, pero algo me dice que ha inspirado tanto a Radić como a Aravena y, de paso, a casi todos los arquitectos nacionales. Una suerte de prócer que logró varias cosas: ser audaz, ir contra la corriente, ser odiado, crear comunidad y apostar por los barrios, además de construir edificios y espacios públicos icónicos. Pero eso es poco al lado de haber alcanzado algo acaso más importante: volverse de culto, deseado, inimitable y, lo que no es nada trivial, haber ayudado a darle onda a esta capital que se tenía tan poca fe.

Me refiero a Luciano Kulczewski García, nacido en Temuco hacia fines del siglo XIX, hijo de un francés de Argelia, de origen polaco y miembro de la Legión Extranjera, y una chica de Concepción. Esta amalgama imposible lo transformó en lo que fue: un excéntrico. Y como tal, participó de las movidas locales del siglo XX: fue uno de los fundadores del Partido Socialista, brilló al diseñar las ideas del Frente Popular de Pedro Aguirre Cerda y, para no caer en populismos, se fascinó con el aspecto obrero y la vivienda social, con la posibilidad de materializar la fantasía de vivir “de otra forma”, ya sea de modo privado (sus sensuales edificios frente al Forestal) o público (la piscina de la Universidad de Chile, el funicular del San Cristóbal).
En ese sentido, Kulczewski es nuestro primer Pritzker.

Este verano me tocó presentar un libro que celebra su obra con fotos y planos, incluyendo aquellas edificaciones que no se construyeron y las que se demolieron sin piedad para construir bestialidades. Se trata de La obra de Luciano Kulczewski, de Ronald Harris, Elvira Pérez y Francisco Prado, editada por ARQ (el Taschen de la arquitectura nacional). A pesar de ser un libro visual, tiene algo que pocas novelas chilenas poseen: huele a espíritu metropolitano (sabe a martinis extra secos) y te hace palpitar el corazón.

La presentación fue en la terraza rosada del Hotel Luciano K, algo propicio, porque una foto tomada del edificio (cuando era residencial y uno de los rascacielos más altos de Santiago) es la que ilustra la portada. Este hotel gótico y curioso, antes llamado La Gárgola, en algún momento fue la dirección más envidiada de la burguesía capitalina (emplazado frente a la Fuente Alemana del parque Forestal, con vista a la cordillera y al cerro San Cristóbal).

Pocos hoteles se llaman como su arquitecto. Y es que LK, hiciera lo que hiciera, desde el elefantiásico y hoy paralizado-en-obra-gruesa hotel para tuberculosos en las Termas del Flaco, allá en la cordillera de San Fernando casi rozando el cielo, hasta el perfecto y habitable barrio Keller o el conjunto de casas blancas Virginia Opazo, pasando por el Colegio de Arquitectos, en plena Alameda, a su célebre casa en la calle Estados Unidos, todo siempre lo hizo suyo.

Se le critica lo eclético, que fue cambiando, que su locura por el art déco terminó depurándose en un modernismo brutalista, como los alucinantes edificios para obreros en Iquique, Antofagasta y Tocopilla. Pero eso es parte de su encanto: fue reflejando el siglo. Aun así, fue cayendo en desgracia, por lo que las dos últimas décadas de su vida (murió el 72) casi no hizo nada. En ese sentido, si LK es para algunos un poco loco es porque, en efecto, casi toda su obra es joven, arriesgada, un poco “demasiado intensa”. No alcanzó a madurar y, por eso, cada edificación tiene algo de peinado nuevo, de amor instantáneo, secreto y pasajero.

Fue pop antes de saber lo que era y la ciudad es lo que es, en parte, gracias a él. Quiso hacer una capital amigable y rara en el fin del mundo. Él pensaba que, al no contar con tanta historia, Santiago podía darse ciertos lujos, como experimentar y no pedir permiso.

Merece ser un adjetivo. Merece una calle mejor que la que tiene: media cuadra sin salida. Merece una ciudad que lo venere. Porque él quiso hacer una más humana, más en sintonía con quienes viven adentro, pero también con los que pasan por fuera, miran sus casas o edificios y dicen: Wow, qué ganas de entrar. O quizás piensan: la vida puede ser mejor.

LK fue audaz y excedido. Tan así que firmaba sus obras con esas características letras medio ilegibles en relieve y metal. Este capricho en un principio no cayó del todo bien (“y este quién se cree”). Tampoco ayudaba su look, sus trajes y capas, su pelo engominado, sus auto descapotable. Pero lo que una vez pareció “demasiado” ahora es visto como “adelantado” y “cool”. Es por eso que (quizás) empezaron a robar sus firmas (estudiantes de arquitectura, dicen) y, según he reporteado a lo largo de los años, surgió el rito mechón de invitarse entre estudiantes de primero a caminar por la ciudad, mirar los edificios de Luciano K. y esbozarlos, cada quien en su croquera, como una ceremonia de cortejo, de engrupimiento, o como guiones imaginados de remakes de Antes de amanecer. Hay varios espacios diseñados por Kulczewski, pero sin duda su obra maestra fue creer en la idea de barrio bohemio. Muchas de sus mejores obras estaban y están cerca o al costado del Forestal y del parque Bustamante y, si hoy Lastarria es “el centro cultural” (tal como lo ha sido desde los 30), lo es también por la locura y obstinación de LK.

Ese arquitecto que la gente más joven ama, porque les parece “súper Tim Burton” o “muy onda Edward Gorey”, pero se olvidan de que todos esos edificios, esas casas de la calle Madrid por avenida Matta o la población Los Castaños de Independencia, se hicieron mucho antes.

Soy fan de LK (qué rico se siente ser fan, mucho mejor que ser hater). He rodado sus edificios, los he mencionado en mis novelas y, de hacer un documental, lo haría sobre sus creaciones.

Me voy a citar: disculpen. Esto es de un cuento llamado “Santiago”, sobre alguien llamado Santiago al que le molesta que todos odien Santiago. “Kulczewski no aceptó que esta ciudad estaba al fin del mundo, o que era horrible, o que solo servía para escapar de ella. Kulczewski, a diferencia de sus compañeros de generación, no soñaba con viajar a Europa o vivir lejos. Kulczewski se la jugó por Santiago, Santiago. Y eso, no sé, eso me conmueve. Me da lata que todos sepan quién es Gaudí y nadie sepa quién es Kulczewski… Yo lo reconozco, no sabía quién era, pero recorriendo la ciudad con mi hermano, mientras el sol se pone y la llamada hora mágica ilumina los góticos edificios de este señor, me doy cuenta de que siempre me gustaron, aunque nunca se me ocurrió preguntar quién era el autor”.

Era Luciano Kulczewski.

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