Si le preguntas a la IA quién es Miranda July, es probable que ésta se quede momentáneamente en blanco o al menos meditando. A veces la describe como cineasta, artista y escritora. Otras, como escritora, artista y cineasta. En algunas notas agrega “performer y actriz” —en otras, “actriz y performer”—, de 51 años y habitante de Los Ángeles, California.
Con July es un asunto de matemáticas o de alquimia: el orden de los factores no altera lo que hace, ya sean videos caseros o novelas que se leen sin aliento, como su reciente A cuatro patas (Random House). El libro —cuyo título All fours es una cita a la postura sexual— resultó finalista del prestigioso National Book Award y elegido el 2024 como el mejor del año por la revista The New Yorker y por el New York Times nada menos. Para el NYT, Miranda July había escrito “la primera gran novela de la perimenopausia”, un epíteto tan fino, provocador y contemporáneo como la misma novela.
A cuatro patas narra, como ninguna otra ficción que yo recuerde, un “tema femenino” que suele navegar en las aguas clichés de la autoayuda. Lo hace con honestidad y humor, también con mucha belleza y sensibilidad, manteniéndose al resguardo de los lugares comunes, los estereotipos, los consejos y las moralinas que pululan en torno a los cambios hormonales. La novela se fue gestando en su cuerpo y en su cabeza, cuando Miranda July cumplió 45 y se preguntó: “he sido joven casi toda mi vida ¿qué viene ahora?”.
La llamada “crisis de la mediana edad” era una frase demasiado pequeña como para no ser ahondada en una ficción, pensó. No quería más paradigmas, sino poesía, emoción, vértigo, riesgo. La historia le surgió conversando con una amiga. ¿Qué ocurre cuando una mujer curiosa, creativa y sexualmente activa llega esta nueva etapa y se resiste a “morir” de menopausia? ¿Cómo aprovechar lo que queda de deseo antes de que el matrimonio lo extinga y el cuerpo se declare en modo avión? ¿Y si en lugar de sobrellevar la caída de las hormonas con dietas, pesas y estabilizadores del ánimo, la vivo libremente, la dejo fluir y aprovecho la montaña rusa de emociones que experimento para “inventarme una vida”?
De vuelta a su escritorio, en Los Ángeles, imaginó el personaje de una mujer artista, casada y con un hijo no binario. Una mujer que era y no era ella. Una familia no tradicional que se asemejaba demasiado a la suya. Un día la mujer le dice a su marido que desea emprender un viaje de trabajo a solas y manejar de costa a costa, hasta Nueva York, donde tiene un compromiso laboral. A pocos kilómetros se detiene y arrienda indefinidamente la habitación de un motel. Conoce a un chico y se obsesiona con él tanto como con la idea de ser deseada. Y con, en palabras de la narradora, “reencontrase con esa sensación de droga que se siente al tener a alguien bajo la piel”. El sexo o su fantasía le permite suspender el tiempo lineal de la rutina, convertir su cuerpo en un lenguaje ficticio, ser otra o dejar de ser, en su caso, Miranda July.
* * *
Lo primero que querrán saber sobre Miranda July es donde nació (en el estado de Vermont el año 1974), si está casada (lo estuvo con el cineasta indie Mike Mills), y si tiene hijos (es mamá de un preadolescente en transición de género). Hace poco ella también dio un giro y está emparejada con una mujer. Lo segundo que habría que aclarar es que no es la típica escritora reclusa en una casa en las afueras. Tampoco es una figura pública que da charlas en YouTube. Desde que era una estudiante de cine en Berkeley, July ha habitado todas las esferas posibles de la creación artística, mutando de lenguaje como quien se cambia de ropa. En el mundo del arte la conocen por sus videos y performances, todas piezas de culto que empezó a hacer en los años 90 y que recientemente formaron parte de una retrospectiva en la Fundación Prada de Milán. Los cinéfilos la descubrieron el 2005 cuando vieron su ópera prima Me and You and Everyone We Know (Cámara de Oro en Cannes y Gran Premio del Jurado en Sundance).
Sin el auspicio de Netflix y el algoritmo de las redes sociales, Miranda July ya era conocida a los 30 años. Y tenía una obra. Su imagen sofisticada, naturalmente vintage, terminó por confundir su persona con su personaje e hizo de ella un ícono de la cultura hípster. Recuerdo haberme cruzado con sus ojos turquesas en revistas que ya no existen (Village Voice, por ejemplo). Estos miraban a la cámara como si estuvieran a punto de llorar, semiocultos en su característico casco de rulos cortos. Su cara era clásica y transparente igual que un papel de mantequilla al sol. Recuerdo también haber leído la fotocopia de uno de sus primeros cuentos, “Roy Spivey”, publicado en The New Yorker sobre una chica nerviosa y soñadora que conoce a una estrella de cine durante un vuelo y termina —a petición de él— mordiéndole el hombro.
Buscar su primer libro de cuentos, Nadie es más de aquí que tú (2009) fue un paso natural que di con el mismo entusiasmo con que vi sus siguientes películas, El futuro (2011, coprotagonizada por ella misma) y la entrañable, bizarra y semi autobiográfica Kajillionaire (2020). Entre una filmación y otra, publicó su primera novela: El primer hombre malo (2015), que me decepcionó, pero no lo suficiente para olvidarme de ella. En ese entonces Miranda July no sólo era amada sino también cuestionada. Para algunos, se trataba de una irritante hípster, el tipo de artistas demasiado cool para ser creíbles. En más de una ocasión me sorprendí defendiendo la sinceridad de su trabajo y su genuino talento para contar historias al límite protagonizadas por personajes vulnerables y desadaptados. La misma July lo era. A diferencia de lo que su imagen proyectaba, no provenía de una élite intelectual ni artística, sino de una América asoleada y profunda y algo bizarra.
Sus padres eran escritores hippies de clase media que tenían una editorial new age especializada en temas pseudocientíficos, aliens y asuntos holísticos (se parecían mucho a los padres excéntricos de Kajillionaire). Miranda y su hermano Robin habían sido educados en la regla del Do it yourself, se cortaban el pelo solos frente al espejo y participaban del negocio editorial de su casa empaquetando libros después del colegio. Por muchos años, July usó un parche de lona recortado de una cortina en uno de sus ojos con estrabismo y soñó con ser una niña normal y tener una pieza estilo Laura Ashley. Después de hacerse punk y vagar con su cámara Super-8 por Portland, encontró su cuarto propio en un pequeño estudio en el barrio Echopark de Los Ángeles. Allí trabaja hace 30 años. El espacio es pequeño, caótico, sin estilo, atiborrado de ropa de segunda mano, fotos, objetos personales y libros. Lo único glamoroso del lugar es ella. Las performances y bailes que realiza en su Instagram, a veces en calzones o pantys, jamás nos harían suponer que Miranda July es una persona tímida y reservada. Pero lo es.
Como muchos artistas es un poco distraída y torpe y consume su tiempo entre el taller y la crianza. Ha dicho que se siente más escritora que otra cosa, pero que necesita hacer cosas con las manos y con el cuerpo. Tras el fenómeno de All fours, vino el show de Oprah Daily, la expansión de clubes de lecturas, los debates online y la IA empezó a hablar de Miranda July como “una aclamada escritora americana conocida por su singular, a ratos quirky (peculiar) exploraciones de nuestras relaciones humanas, intimidad y vidas…”.
Una cadena de televisión compró hace poco los derechos para una miniserie, pero a pesar de su creciente popularidad, no parece interesada en llevar una vida de rica y famosa. Sus hábitats naturales son internet, las bienales y galerías de arte, los festivales de cine independiente y las librerías de barrio, lugares a los que llega manejando su vieja camioneta. Es probable que frecuente la escena artística más cool de California, pero nunca lo sabremos: mantiene su vida privada y social off cámara. A diferencia de su generación —la X— no es irónica ni sarcástica, sino vulnerable. Su voz, de hecho, vibra al ritmo de su corazón al hablar de su obra en los podcasts a los que la invitan. Cree —probablemente por su educación hippie— en la literatura como una posibilidad para armar comunidad afuera del sistema. En la plataforma de Substack, postea fragmentos de sí misma y conversa con regularidad con sus lectores. Tengo una alumna escritora que es adicta a su cuenta de Instagram y hace poco me confesó que dejó de seguirla porque a “ratos sentía que quería ser ella”. No es la única. La Navidad pasada pasé por la librería de un mall con la intención de llevarme unas cuantas copias de la novela de July para regalar y me encontré con que el libro estaba agotado.
* * *
Cuando en un popular matinal estadounidense le pidieron a Miranda July que resumiera la historia su novela, respondió con una pregunta: “¿Ustedes tienen algún deseo secreto? (siiiii, contestó la gente). Bueno, el libro es para cualquier mujer que está envejeciendo y tiene deseos secretos y ansiedades sobre esos deseos” (aplausos).
A veces escribimos libros sobre esos deseos. Otras, las más raras, vivimos los deseos que hemos escrito. Durante los cuatro años en que July pasó encerrada escribiendo A cuatro patas su matrimonio, al igual que el de su protagonista, se acabó. Ahora vive sola en su estudio y tiene una novia. Es subversivo que una mujer en sus 50 años se transforme, escribe en Substack, pero sería más raro no hacerlo y permanecer siempre fijos en el mismo lugar. “Quiero decir: aunque tu mente esté tan calcificada y nunca vayas a cambiar, y sé que hay gente así, igual envejeces. De verdad sigues cambiando, y lo mejor creo que es cuando esas dos cosas pueden alinearse y el envejecimiento puede impulsar tu mente y tu espíritu”.
Recuerdo haberla visto llorar online, el día en que puso la palabra fin a su novela. Vengo de terminar una novela, dijo, y ésta va directo al hueso. Hay formas y formas de llorar cuando algo se acaba —un libro, las hormonas de la juventud, una relación amorosa— y empezamos a mirar hacia atrás. Y el llanto de Miranda July era compasivo y sobre todo sincero.