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Pelea de escritores, ring y eternidad

¿Por qué pelean tanto los escritores? ¿Por qué su manera de amarse es odiarse? Los escritores de otros países siempre destacan a Chile como un lugar en que es casi imposible cerrar una lista de invitados a cualquier comida sin que uno u otro se ofenda mortalmente. Pero lo cierto es que la historia de la literatura fuera del endogámico panorama chileno no está libre nunca del todo de cachetadas y escupitajos.

El 9 de febrero murió de una meningitis fulminante el poeta Germán Carrasco. Pocos dudaban al morir que era una de las voces esenciales de su generación. Lo sabía más o menos todo el mundo desde su primer libro. Entre las citas de Ruda o de La insidia del sol sobre las cosas que se multiplicaron en internet, nadie pudo dejar de mencionar alguna pelea, polémica, algún insulto que el poeta les dedicó. Así el también poeta Héctor Hernández Montecinos, recordó —como si se tratara de su bautizo— la vez que se agarró a combos con Germán Carrasco en la casa de Diamela Eltit. Se interpuso entre él y el poeta el también escritor Pedro Lemebel.

La posición de pacificador que adoptó esa noche Lemebel era quizás lo más sorprendente de la anécdota. Lemebel era famoso por sus peleas que pocas veces llegaban a los puños pero sí a los insultos de todo tipo y colores. Lo recuerdo en Guadalajara lanzando escupos a través de una bombilla a los visitantes del stand de Chile. Otra polémica lo llevó a pedir para Lafourcade alguna alma bella que “le empuje los mojones”. Lafourcade, que cada cierto tiempo recibía carterazos y combos de lectores furiosos y escritores airados. Famoso Lafourcade por su capacidad de desvelar las intrigas pequeñas, ínfimas, del mundo literario chileno al que le consagró algunas de sus mejores crónicas y libros. En una de ellas, o quizás en una entrevista, contó cómo en casa de Jorge Edwards vio ofenderse a Rivera Letelier porque le servían una sopa visiblemente fría. Su indignación no se calmó incluso cuando le explicaron que lo que le servían era gazpacho, que se come con hielo.

Contar comidas ajenas, develar el menú, publicar conversaciones privadas: otra de las costumbres que los escritores se permiten y que serían imperdonables en cualquier otro ciudadano. Así Roberto Bolaño, que volvió a su patria después de veinte años de ausencia, contando en la revista Ajo Blanco con lujo de detalle una comida que Diamela Eltit y su marido Jorge Arrate dieron en su honor. Comida que dividió las aguas de la literatura chilena hasta la muerte, y posterior beatificación, del propio Bolaño, enemigo declarado de Isabel Allende, Francisco Umbral, y examigo de Javier Cercas y una lista larga y no angosta de nombres que pasaban sin previo aviso de su lista negra a su lista gris.

¿Por qué pelean tanto los escritores? ¿Por qué su manera de amarse es odiarse? Los escritores de otros países siempre destacan a Chile como un lugar en que es casi imposible cerrar una lista de invitados a cualquier comida sin que uno u otro se ofenda mortalmente. Pero lo cierto es que la historia de la literatura fuera del endogámico panorama chileno —en que a falta de lectores se tienen enemigos— no está libre nunca del todo de cachetadas y escupitajos. Peleas por cuernos supuestos o imaginarios como el famoso combo en el ojo que le propinó Vargas Llosa a García Márquez en un cine de México. O el pistoletazo de enamorado con que amenazó Verlaine a Rimbaud en aquella estación de trenes de Bruselas. O el cabezazo que le dio Norman Mailer a Gore Vidal antes de salir al aire en televisión, porque Vidal se había atrevido a comparar a Mailer con Charles Manson.

Peleas todas personales, nacidas de querellas privadas, que trascendieron el cuadro de la vida privada de los escritores para separarlos también estética o políticamente. García Márquez y Vargas Llosa, que se convirtieron después de que el último sospechara que el primero coqueteaba con su esposa (que era también su prima), en dos polos opuestos del boom, estética y políticamente enfrentados (aunque nunca llegaron a despreciar la obra del otro). Lo mismo la pelea hondamente personal entre Gore Vidal y Truman Capote, o entre Hemingway y Faulkner, que es también una pelea de estilo, de formas de ver el mundo.

Quizás la clave de por qué los escritores pelean tanto tiene que ver con que un escritor lo es todo el día y toda la noche, todo entero, cuerpo y alma. Roberto Bolaño sabía que su cuerpo era frágil, que le quedaban pocos años de vida, y que la mayor parte de esa vida la había pasado haciéndose una idea de qué era la literatura. Muchos años esa idea fue privada, solitaria, clandestina. Su páncreas sufrió en esa clandestinidad. En esa clandestinidad vio a otros que no sabían escribir, ni intentaban saberlo, ganar premios y recibir anticipos que le hubiesen salvado la vida. Se quedó al margen de esos premios con Joyce que perdió los ojos despreciando a todos sus contemporáneos. Lo mismo Borges, que consideraba a García Lorca un pobre andaluz profesional y a Gabriela Mistral una latinoamericana de profesión cuya única gracia era ser profesionalmente mestiza, profesionalmente mujer y profesionalmente mala versificadora.

Odios, los de Borges o Joyce o Hemingway, que tienen que ver con un amor por lo que la literatura puede y debe ser, que trasciende en todos los casos el ámbito profesional, porque la literatura no es una profesión sino un sacerdocio que como cualquier otro sacerdocio administra no esta vida sino la otra. Después de todo, el poeta por antonomasia de la mitología griega no es otro que Orfeo, que visitó el reino de la muerte para llevar de vuelta a Eurídice, que se le quedó a mitad de camino por mirar hacia atrás. Orfeo que como Dante visitó el infierno y el paraíso sin poder arrancar de él sin otro tesoro que los versos para contarlo.

Luchar por la vida

¿Por qué los escritores odian tanto? En gran parte porque sospechan que el vecino ruidoso lo hará por toda la eternidad. Que el mediocre poeta que ganó el concurso que deberías haber ganado seguirá haciendo lo mismo por siglos y siglos. Y porque aunque estés seguro de saber quién va a ser quién en el siglo XXII o XXIII, nadie puede asegurarte que no te conviertas como Salieri en una nota a pie de página de una biografía ajena, o, peor aún, como Enoch Soames de Max Beerbohm en el personaje de un cuento de tu peor enemigo.

Aunque detrás de esta pelea por la eternidad, hay una necesidad más pedestre, más concreta, más realista. David Uclés es un escritor relativamente joven (36 años) que consiguió después de escribirla 15 años y mandarla a cien editoriales, un éxito sorprendente con su segunda novela La península de las casas vacías. El libro cuenta en clave de realismo mágico la historia de su familia, campesinos andaluces que la guerra enfrentó hasta la extinción. Aunque llena de pasajes ingenuos, y otros de más que dudoso ingenio, la novela tiene momentos poderosos y una prosa que no suelta. Un buen editor podría haber guiado a este autor de indudable talento hacia un mayor rigor obligándolo a dejar a un lado los chistes para la galería. Pero la galería sigue ahí, poderosa, indomable, y Uclés, un chico que sufrió de indecibles torturas en mano de sus compañeros de curso, quiere que lo quiera justo esa galería.

Músico ambulante, siempre con una boina en la cabeza, lleno de buenas intenciones, no tuvo problema en convertirse en un personaje de sí mismo. Es algo que todos los escritores, malos, buenos o más o menos, hacemos. Justo al lanzar su tercera novela, La ciudad de las luces muertas, y ganar por ello un premio visiblemente amañado (el Nadal), Uclés se negó a ir a una charla donde asistirían también José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros (fundador de VOX). Su presencia había sido confirmada con meses de anticipación a Arturo Pérez-Reverte, uno de los poderes fácticos de la literatura española y organizador del seminario. Negativa, la de participar en una charla sobre la Guerra Civil que se convirtió en una guerra civil en sí misma, pero sin sangre, perfectamente mediática, totalmente improductiva, pero que logró que se hablara, mal, bien, peor, de Uclés al tiempo de que su novela llegara a las librerías y la crítica se ensañara con ella.

El chico bueno que todos querían ya no era ni chico ni bueno sino un verdadero maestro en mercadotecnia. Claro, la derecha intelectual aprendió a odiarlo, pero en la literatura el odio es siempre mejor que el olvido. Bolaño usó la misma técnica que Uclés, solo que la idea de qué es ser un escritor y qué es la literatura era distinta. Solo en Blanes con el diagnóstico de su hígado fatalmente enfermo, un hijo, una esposa, Bolaño supo que ser un escritor más de su generación era ser un escritor menos. Supo como Uclés que tenía que hacer ruido y tener enemigos a su altura. Bolaño entonces buscó en cada lugar que lo recibía con los brazos abiertos la estatua del dictador que hay que arrojar al suelo para liberar a los presos. En eso, como en tantas cosas, seguía a Parra, que convirtió a Neruda, antes su amigo y en cierta medida maestro, en el enemigo que hay que abatir para ser.

Escribir es un arte marcial que en el caso de Bolaño coincide perfectamente con su carácter de insomne, de guerrillero sin guerrilla. De haber seguido vivo habría peleado contra los malentendidos que lo hicieron famoso: que era un yonqui, un nostálgico de izquierda, un poeta maldito. Habría tenido que enfrentar el personaje que la muerte le permitió eludir y quizás peleado con casi todos los que hoy forman su legión no habría logrado el consenso que hoy disfruta. ¿Lo habría disfrutado? No creo. Pelear era su vida, ganar era morir un poco.

Los escritores pelean por su vida como lo hizo Bolaño y Germán Carrasco y Germán Marín y Germán Belli (que no polemizaba con nadie) y Germán Arciniegas y Hermann Hesse (que se peleó con los nazis que lo admiraban). Muchos en la pelea pierden justamente años de vida. Comen mal, beben mucho, fuman y dejan de fumar con brutalidad. No se cuidan porque el que pelea no se cuida, se defiende. Viven así, defendiendo un reino invadido, vigilando en la frontera, despertando soldados dormidos para que nadie se tome lo que es suyo. Pero lo que es suyo es de la literatura que es de todos y es de nadie. Entonces ven a un joven más joven, o un recién llegado más recién llegado que tú recibiendo los mismos halagos, las mismas becas, los mismos premios que recibiste tú pero por razones equivocadas. Y a veces también los ves casarse con la mujer a la que le escribías esos versos, y ya no hay paciencia que aguante.

Rabioso o no les dices unas cuantas verdades que son personales, claro, pero que son por eso mismo literarias también. Y eres Vicente Huidobro y ves al hijo de ferroviario ese que te rogaba para que le leyeras sus versos triunfar en la España que antes conquistaste tú. Y eres De Rokha y te llamas también Pablo y eres también torrencial y eres también popular y culto como el hijo del ferroviario que en sus memorias te llamará Perico de los Palotes, para nunca nombrarte. Tres poetas, tres Pablos que son dos —como los cuatro puntos cardinales eran para Huidobro tres, el norte y el sur— condenados a medirse unos contra otros por toda la eternidad. Huidobro, el aristocrático que inventó el creacionismo. Neruda, el hijo del ferroviario que conquistó el mundo. De Rokha, el otro Pablo, el olvidado, el que vivió siempre a la sombra y que en su desesperación escribió panfletos furiosos contra Neruda.

Cada uno de los tres ha encontrado en el otro una sombra en que medirse. Un compañero de curso para la eternidad. Ya nada puede separarlos, han encontrado en su enemigo un hermano. García Márquez y Vargas Llosa, treinta años sin hablarse pero unidos para siempre por ese puñetazo. Más cerca el uno del otro que muchos amigos. Verlaine disparándole a Rimbaud pero después escribiendo sus mejores poemas sobre él. Hemingway burlándose de Fitzgerald pero leyéndolo obsesivamente. Los enemigos literarios son compañeros para la eternidad. Porque los amigos se pierden, se olvidan, se separan. Pero los enemigos permanecen. Los enemigos son para siempre.

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