Han pasado casi diez años desde que Alexandria Ocasio-Cortez irrumpió en la política estadounidense y hoy, otra vez, ocupa el centro de la conversación pública, fiel al mismo libreto: contar una decisión personal en primera persona, frente a los casi 10 millones de seguidores que suma sólo en Instagram. Esta vez la noticia viene de su decisión de congelar sus óvulos, y basta para confirmar algo que sus rivales llevan años subestimando: que AOC está lejos del ocaso y sigue dictando cómo se hace política en tiempos digitales.
En 2018, Ocasio-Cortez derrotó a Joe Crowley, demócrata con diez períodos en el Congreso y, en ese entonces, el cuarto hombre más poderoso de su partido. Lo hizo sin consultores caros ni campañas millonarias, le bastó un video de apenas 90 segundos, The Courage to Change, donde se mostraba tal cual era: una hija del Bronx, de origen puertorriqueño, que había limpiado casas junto a su madre y trabajado de mesera tras la muerte de su padre. Esa historia, resumida en la frase “es momento para uno de nosotros”, dejó de ser anécdota personal y se volvió material de estudio para consultores de comunicación en medio mundo.
Ocasio-Cortez entendió antes que sus colegas que la presencia política ya no depende de las apariciones en prensa: depende de los lugares donde la gente conversa todos los días. Mientras otros subían comunicados, ella subía historias cocinando o armando un mueble en su departamento, y de paso explicaba algún proyecto de ley. En 2020. Hizo un streaming para movilizar el voto joven en 2020: la audiencia, según trascendió en su momento, habría superado la suma de las de todos los candidatos presidenciales en esa plataforma, según un artículo publicado en la Revista de la Asociación de Comunicación Política de España.
¿Y en qué anda Alexandria hoy? Otra vez en el centro de un debate nada simple ni barato: congelar sus óvulos y, fiel a su estilo, ha ido mostrando cada etapa del proceso en redes, las inyecciones de hormonas, la convalecencia después de la extracción de los ovocitos, todo mientras graba entrevistas de televisión o hace tareas de la casa. La pregunta que reabre no es nueva, la persigue desde 2018: ¿dónde termina la convicción y dónde empieza el cálculo?
La determinación de Ocasio-Cortez abre una discusión valórica que conecta con otras conquistas progresistas y roza también el tema, más incómodo, del embarazo subrogado. Pero hay algo más práctico de fondo: la decisión de postergar la maternidad depende solo del momento profesional y personal de cada mujer, sin que la presencia de una pareja entre en la ecuación, porque no hay embriones ya fecundados de por medio. Nadie ignora, tampoco, que AOC tiene casi asegurada su reelección en los comicios de midterms de noviembre, y que, según el resultado, podría perfilarse como candidata presidencial demócrata en 2028, antes de cumplir los 40. Eso explicaría, en parte, el momento elegido, aunque ella nunca ha dicho que esas sean sus razones.
Con este gesto instala lo que podría convertirse en una nueva bandera: el derecho de las mujeres a congelar sus óvulos. El “pero”, porque siempre hay un “pero”, es que sigue siendo un procedimiento caro: en Chile puede llegar a los 4,5 millones de pesos, sin cobertura en el sistema público, y con ISAPRES que cubren, según el plan, apenas una fracción del total, que suele no superar el 30%, según reveló el año pasado Radio Biobío.
¿Es una motivación personal de Alexandria, camino a la Casa Blanca, o es una causa progresista más, en la línea de lo que ya impulsó con el New Green Deal o Medicare para Todos, pensada esta vez para masificar el derecho a congelar óvulos e incorporarlo a la salud pública?
Sean cuales sean sus verdaderas razones, Ocasio-Cortez lo hizo otra vez: a casi diez años de su irrupción, sigue lejos del ocaso, marcando el paso de cómo se hace política en el siglo XXI.