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El problema no está en el Transantiago, sino en nosotros

Porque pocos, o casi nadie para ser realista, cree que entre sus metas no está comprarse un auto y salir el fin de semana con la familia a comprar a un mall. No hay alternativas.

Entre las propuestas presentadas por el precandidato de Chile Vamos, Sebastián Piñera, está la eliminación del Transantiago como sistema de transporte público. Si bien no ha dicho cómo lo va a reemplazar, el anuncio no fue indiferente, más aún en un país en el que esta creación de Ricardo Lagos ha sido sinónimo de malestar, o más bien de una idea de lo que es la incomodad. Es cierto, el sistema sufre grave insuficiencias. Pero sería bueno preguntarse si es que causa molestia solamente por la forma en que fue implementado y sus consecuencias diarias, o por lo que representa el concepto mismo de transporte público.

Según parece, hay mucho de lo segundo. Y eso sucede porque estamos en la capital de Chile, un lugar en el que al individuo le fue extirpado todo resto de ciudadanía que corría por su sangre. Es cosa de subirse en la mañana a una micro y desviar la mirada hacia la gran cantidad de automóviles que circulan por las angostas calles de Santiago, piloteados por sus solitarios conductores, los que van protegidos en esas costosas corazas que se costean con costosos créditos. Esto, debido a que el sueldo que ganan es bastante menor que las ansias que tienen por ser otros y lucir su soledad aspiracional con cierto desdén hacia todo el que ose pasar cerca suyo.

Preferimos gastar millones y ocupar las calles de manera prepotente antes de codearnos con el otro. Los olores, las transpiraciones o los simples roces nos son molestos y atentan contra esa burbuja en la que hemos crecido en los últimos años. Esa en las que nos enseñaron a ser automovilistas o potenciales compradores de automóviles antes que integrantes de una ciudad. Por lo mismo pareciera que, independientemente de quién lo implemente, el transporte público en la principal ciudad del país necesita, antes que todo, gente que se quiera subir; que quiera ser parte de un lugar en el que se deba compartir con otra gente. Con otras personas.

Por lo tanto es claro que el problema es cultural. O incluso iría más allá: es ideológico. Es la evidencia-nuevamente- de que acá hay una batalla que la izquierda, o incluso el republicanismo clásico, perdió en todos los frentes, ya que su adversario convirtió sus ideas en la realidad, en lo concreto, en lo que hay que hacer. Porque pocos, o casi nadie para ser realista, cree que entre sus metas no está comprarse un auto y salir el fin de semana con la familia a comprar a un mall. No hay alternativas. Ya que, aunque hoy se saque más provecho al espacio público que en años décadas anteriores, no hay duda que que todavía queda mucho por hacer, pero sobre todo muchas batallas que dar en contra de nosotros mismos y nuestra comodidad ideológica, esa que solamente enriquece y nutre a ese modelo que se dice querer cambiar.

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