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Amelia fue a la tele esta semana

Desalienta entonces que la reforma al sistema de pensiones parezca destinada a destruir las AFP y no a lo que debería ser su foco principal: mejorar la precariedad del mercado laboral chileno para terminar con las lagunas previsionales.

Fue a un matinal. 

Con 79 años, Amelia trabajó haciendo aseo en oficinas hasta hace sólo tres años. Nunca cotizó en una AFP. Jamás tuvo un trabajo formal, donde le impusieran para la vejez y hoy recibe casi 194 mil pesos de pensión garantizada universal (PGU). Hasta hace poco, su jubilación mensual era de “unos 170 mil pesos”, pero con el alza de todo lo que necesita para sobrevivir, “esas veinte lucas más se han notado poco y nada. La  vida está muy cara. Imagínese que el kilo de pan cuesta dos mil pesos y una cebolla, quinientos”. 

Amelia paga 100 mil pesos de arriendo por una pieza con baño compartido en Estación Central. Para ducharse con agua caliente, debe arrastrar un balón de gas hasta el baño y luego volver a guardarlo en su pieza. Este mes no le alcanzó la plata para comprar gas.

En el matinal, dijo entre sollozos que “hace más de un mes que no le pruebo la carne” y confesó que le daba mucha vergüenza “tener que contar estas miserias”. 

Su testimonio se complementó con un estudio de la Universidad San Sebastián, que revela que el Índice de Precios al Consumidor, cuando ese consumidor es adulto mayor, resulta un punto y medio más alto que el IPC de la población menor de 65 años. Y que ese IPAM (Índice de Precios del Adulto Mayor), en el grupo de personas más vulnerables, ha experimentado un alza de 1,8 puntos porcentuales más que el IPC. 

Amelia participa de uno de los programas más interesantes que desarrolla el Hogar de Cristo con este grupo etario: los PADAM, que son atención y soporte domiciliario. Una dupla profesional visita regularmente a personas mayores en situación de pobreza y vulnerabilidad, que están solos y se mantienen autovalentes, y los vincula con las redes de soporte comunal; las acompaña al médico; les organiza actividades recreativas; les resuelve problemas prácticos; y las acompaña, escucha y se interesa por ellas. 

En el matinal, el director ejecutivo de la institución, Juan Cristóbal Romero, fue elocuente cuando dijo: “Estoy convencido de que en unos pocos años más tendremos en materia de adulto mayor una crisis equivalente a la que vivimos hace un tiempo con el SENAME. Creemos que todo se va a resolver con mejores pensiones, pero eso no es así. Es cierto que haber pasado de 170 mil pesos a casi 194 mil con la PGU es algo, pero no resuelve la soledad, la necesidad de compañía, de soporte, que tiene Amelia. La previsión es mucho más que la pensión, y eso nosotros lo comprobamos a diario”. 

Desalienta entonces que la reforma al sistema de pensiones parezca destinada a destruir las AFP y no a lo que debería ser su foco principal: mejorar la precariedad del mercado laboral chileno para terminar con las lagunas previsionales, las diferencias por género, lo que incluye alargar la edad de jubilación de trabajadoras y trabajadores, aunque suene horriblemente impopular. Esos deberían ser los énfasis. Algo de eso hay en la compleja propuesta, pero, al final, todo queda reducido a una cuestión ideológica, que de poco y nada le sirve a Amelia. Lo mismo que los 20 mil pesos, que –inflación mediante– no se han notado para nada en su día a día.  
 

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