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Repensando el paisaje formativo de la ciudadanía

Lo central aquí es reconocer la importancia de la ciudadanía; una ciudadanía en ejercicio, inserta en la dinámica social, consciente de su potencial educador y formativo. Para ello, se requiere un trasfondo de significado democrático, comprometido y con sentido de pertenencia.

Muchas veces la sociedad se siente amenazada por la política y otras tantas la amenaza surge al interior de la propia convivencia social. En el segundo caso el espacio de lo público y su potencial formativo queda condicionado a tres procesos que atentan contra la ciudadanía, a saber, despolitización, polarización e impolítica. Estos procesos pueden darse simultáneamente, pero apuntan de manera diversa al mismo problema: la escasa valoración de la política y del consiguiente oficio ciudadano.

Lo central aquí es reconocer la importancia de la ciudadanía; una ciudadanía en ejercicio, inserta en la dinámica social, consciente de su potencial educador y formativo. Para ello, se requiere un trasfondo de significado democrático, comprometido y con sentido de pertenencia. Componentes básicos para este fin son la diversidad ideológica, la deliberación pública y la institucionalidad política.

Dicho de otra forma, si lo que prima es la despolitización habrá una tendencia al aislamiento, al debilitamiento de lo comunitario y transitaremos hacia la inmunidad social. Si el factor adverso a la ciudadanía es la polarización dejaremos de procurar sistemas de cooperación social o de razonamiento conjunto. Aparecerá la visión del otro u otra como un obstáculo, un enemigo a vencer. Para el caso de la impolítica, siguiendo a Rosanvallon, la dificultad reside en que tendremos efervescencia, cierto nivel de dinamismo, pero cero o escaso efecto político; esto es muy recurrente en instancias activistas o meramente movimentistas.

Lo anterior ilumina varias ideas fundamentales, que emergen como virtudes cívicas frente a estas deficiencias. Por un lado y retomando la primera amenaza descrita al comienzo de la columna, se hace necesaria la conexión entre política y sociedad, comprendiendo a la primera como el paraguas democrático de la institucionalidad y los procesos que salvaguarden la construcción y mantención de una sociedad democrática. Esa leve prioridad da cabida a una sociedad cooperativa, constructiva y dialogante. Para no alimentar ni exagerar diferencias la diversidad emerge como recurso social, como ingrediente de futuros consensos.

Finalmente hay que recalcar que la educación cívica, la formación ciudadana y la integración comunitaria tributan a un paisaje societal democrático. Desde allí, la política no destruye, no fragmenta, no retorna hacia una circularidad revolucionaria o reaccionaria. Se abre hacia una reciprocidad no prescriptiva, no anclada en recetas ideológicas, una reciprocidad transformativa que valora lo que no es, lo que no conoce, todo aquello que surge desde la novedad que provee todo actuar conjunto.

Enrique Morales Mery es cientista político.

James Tucker es filósofo.

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