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El país de los espíritus

En las últimas cinco décadas en Chile aún se discuten los hechos del 73, además del negacionismo previsible, quienes aceptan que hayan sucedido lo hacen con justificaciones que reflejan el odio hacia el otro que vive en la vereda de enfrente. La desconexión con la realidad de la sociedad, es la desconexión con el otro.

Cuando comencé mi experiencia chilena en 1998, el contacto con la realidad del país era a través de las noticias que planteaban su crecimiento económico y su potencial de desarrollo, mucho más que la realidad político-social derivada de hechos relevantes de la historia cercana que, por desconocimiento, suponía resuelta.

Días antes del viaje a Santiago, donde iba a dictar mi primera clase en la universidad, revisé la biblioteca y volví a leer detenidamente “La casa de los espíritus” y “No pasó nada”, tal vez para poder tener inputs sobre el escenario y el lenguaje con el que debía familiarizarme. Isabel Allende y Antonio Skármeta eran en aquel entonces “mis contactos imaginarios” con la vivencia chilena.

Esa primera clase de estrategia y negocios en el MBA fue el 6 de octubre de 1998, fecha que voy a recordar porque una parte de la sociedad estaba muy exaltada arrojando piedras y huevos a las embajadas de España y del Reino Unido. Es que, en esos días de furia, se confirmaba que el juez Baltazar Garzón había decretado la prisión para Augusto Pinochet en Londres.

Recuerdo que, al término de la clase, salimos a cenar con el director del programa, que haciéndome conocer su postura política “de derecha” y sus visiones sobre la realidad, intentaba explicarme la situación que se estaba viviendo, pero haciendo un brutal reconocimiento sobre el pasado.
“Podemos decir todo lo mal que lo hizo Allende, pero su gobierno hizo algo positivo: Puso al obrero de pie”, me dijo en voz muy baja, casi confesándose, y continuó: “Pero Pinochet nos dio el orden necesario”.
Me pareció que su visión tenía equilibrio a pesar de los sesgos ideológicos, pero a su vez esas afirmaciones me permitieron comprender lo poco relevante que significa la palabra democracia en una cultura del “sálvese quien pueda”.

En esos días de octubre de 1998, pude darme cuenta de que habían pasado 25 años de aquellos días de 1973, y todo parecía congelado en el tiempo.

Hoy, en 2023, han pasado 25 años más de aquel octubre de 1998, es decir medio siglo de psicosis dónde nada parece haber cambiado, tal vez por responsabilidad de aquellos que desde el poder nunca promovieron la convivencia como prioridad en la gestión de gobierno.

Desde ese octubre de 1998 pasaron años de concertación, de búsqueda del equilibrio político, de satisfacción por una economía que parecía tapar antagonismos; frustraciones; reclamos y, esencialmente, las diferencias que parecen políticas cuando en realidad son socioculturales. Y esas diferencias se profundizan desenterrando historias contadas desde los lados extremos, cuando sabemos que, si la historia la escriben los que ganan, entonces quiere decir que hay otra historia…

En las últimas cinco décadas en Chile aún se discuten los hechos del 73, además del negacionismo previsible, quienes aceptan que hayan sucedido lo hacen con justificaciones que reflejan el odio hacia el otro que vive en la vereda de enfrente. La desconexión con la realidad de la sociedad, es la desconexión con el otro.

Después de 50 años, daba por sentado que el abrazo cómplice y sincero entre Esteban Trueba y Pedro García en “La casa de los espíritus”, iba a ser el abrazo de Chile dando por terminado el conflicto, pero no fue así.

Ni la muerte de Pinochet, ni la esperanza de convivencia planteada desde la Concertación, ni el dolor del darse cuenta en el estallido de 2019, ni siquiera la coherencia cívica más allá de las diferencias entre Piñera y Bachelet, han podido cicatrizar el pasado.

El pasado y el futuro son los únicos espacios en los que no tenemos capacidad de acción, y como decía Maturana, solo vivimos en un presente continuo.

Se puede vivir el presente sin olvidar, y se puede decidir en el presente con efecto en el futuro aprendiendo y reconociendo el pasado.

Hace 50 años se terminó abrupta y violentamente con un gobierno democrático, más allá que para algunos había dudas sobre su perfil democrático.

Pero hay que acordar que cualquier atentado contra la democracia pone en juego la convivencia cívica y pacífica de una sociedad que aspira progresar. Y eso ya quedó demostrado.

Para evolucionar será imprescindible abandonar los espíritus que están en el aire, esos ángeles y demonios que nos llevan a un pasado del que hay aprender a partir de reconocerlo, y así tener un punto de encuentro que será el eje de las conversaciones sobre el futuro posible.

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